lunes 21 de abril de 2008
sábado 21 de abril de 2007
Los Cistercienses
Historia institucional cisterciense
Monjes y sociedad
Aunque los cistercienses del siglo XII no deseaban más que la soledad de los «desiertos» que ellos mismos habían elegido, el éxito rotundo de la Orden puede explicarse únicamente por la interacción fructífera entre aquellas abadías del desierto y el medio ambiente. Los ideales ascéticos y religiosos de los monjes hicieron resonar un eco latente en cada elemento de la sociedad contemporánea. Nobles, clérigos seculares, estudiosos y burgueses se sintieron atraídos por las primitivas casas cistercienses, con la misma intensidad que gran número de campesinos engrosaron las filas de los conversos. Los que no tuvieron el valor ni la oportunidad de unírseles siguieron la heroica vida de los monjes con profundo interés, y contribuyeron materialmente al crecimiento de la Orden.
El hecho de que las abadías de clausura albergaran a los hijos, y en algunos casos a los padres, de aquellos que aún permanecían fuera, constituyó un enlace vital entre los monasterios y el medio ambiente secular. Con frecuencia, la aceptación como novicio estaba estipulada en actas de donación, haciendo caso omiso de la clase o valor del regalo. De esta forma, el donante y su familia deben haber experimentado un sentimiento de identificación con los monjes, mientras que éstos respondían con un sentido de responsabilidad hacia aquellos que los habían ayudado. Los numerosos casos posteriores de donaciones compensadas, que obligaron a las abadías a asegurar la subsistencia del donante mediante anualidades, pensiones, comida o ropa, no deben ser considerados como una simple transacción comercial. Reflejaban la atmósfera envolvente de confianza e interdependencia mutuas.
También era frecuente que aquellos que necesitaran algo más que una ayuda económica fueran aceptados dentro de la comunidad monástica brindándoseles amparo, e incluso prestándoseles servicios personales. Hacia el año 1200, un hombre al que le habían sacado los ojos siendo rehén, otorgó sus tierras a los monjes de Margam, en Gales, después de lo cuál, fue aceptado como hermano lego en el monasterio, donde «vivió con mayor seguridad todos los días de su vida». Otros fueron recibidos como «corrodians», caso éste el de Juan Nichol, admitido en Margam en 1325. Donó sus tierras a los monjes, y a su vez, fue empleado como «escudero libre», con derecho a tres hogazas de pan, un galón diario de la «cerveza fuerte» de los monjes y otros beneficios, mientras viviera.
En la abadía catalana de Poblet, la clase de pequeños donantes o benefactores, los donats, constituyeron un grupo especial dentro de la misma. Vivían en casas aparte, fuera de la clausura. Después de la muerte de sus esposas, podían optar a ingresar como hermanos conversos. Si el donat fallecía antes, el monasterio mantenía a su esposa e hijos.
Estos donati, familiares, en ocasiones oblati, aparecen en tantos cartularios, que su número y papel debió haber sido importante en la mayoría de las abadías. Las referencias que se encuentran en las primeras crónicas de los Capítulos Generales son algo ambiguas, pero se desprende con facilidad, por la legislación posterior (1213, 1233), que su admisión se transformó pronto en un acto de cierta solemnidad. Renunciaban ante el abad al derecho de retener cualquier propiedad, prometían obediencia y, a cambio, se les prometía la misma comida, bebida y ropa de los monjes y se los acomodaba en un dormitorio separado. Debían ayudar a los hermanos en los trabajos manuales o en el cuidado de las fincas del monasterio. Llevaban una vestimenta distintiva, y hasta alguna forma de tonsura.
La importancia de los familiares creció proporcionalmente con la desaparición de los conversos, hacia fines del siglo XIII, su número había aumentado tanto, que llegaron a crear problemas disciplinarios en varias comunidades. El Capítulo General de 1293 ordenó que, «debido a la confusión que causaba frecuentemente el excesivo número de tales personas… no se les debe permitir en modo alguno (a los familiares) el uso del hábito y la participación de los bienes materiales, sin el permiso especial del susodicho Capítulo». La institución sobrevivió a la Edad Media, aunque con frecuencia se los designó como «prebendados».
A pesar de que los cistercienses no desearon desempeñar ningún papel en las instituciones feudales, parece que, en algunos casos en que era evidente el bien de los campesinos vecinos, algunos abades asumieron la responsabilidad de protector o abogado. El caso de Acey, fundado por Cherlieu en 1136 en el Franco Condado, es interesante. Poco después, un tal Girard de Rossillon dio su casa, con el resto de su propiedad, a la abadía, pero simplemente siguió el ejemplo de otros catorce miembros de la misma comunidad rural, quienes ofrecieron todo lo que tenían al abad Guido de Cherlieu en un acto aparente de «encomienda», este último devolvió de inmediato la tierra a sus donantes, con su promesa de protección. Es evidente que esto constituía un procedimiento de rutina feudal, por el cual propietarios libres de tierra alodial reconocían el señorío del abad aunque se desconocen las razones que motivaron tal acto, y las verdaderas obligaciones derivadas del mismo. Sin embargo, parece cierto que la comunidad campesina actuó libremente, como una expresión de preferencia por un protector monástico, y de aprecio hacia la abadía recién fundada.
Después de la virtual desaparición de los conversos y de la gran reducción en el número de monjes, las abadías dependieron cada vez más de la ayuda de los seglares, ya sea como trabajadores o encargados. Las estadísticas que nos han llegado, relacionadas con nueve casas cistercienses inglesas en vísperas de la Disolución, muestran que, mientras el número total de los monjes profesos era solamente de 108, empleaban a casi 300 laicos. Entre las nueve abadías, Biddlesden sola tenía cincuenta y un sirvientes, y Stoneleigh daba trabajo a cuarenta y seis. En la mayoría de los casos, la lealtad de los empleados seglares siguió inquebrantable hasta el final. Cuando el Conde de Sussex investigaba el grado de intervención de la abadía de Whalley en la «Peregrinación de la gracia», se quejaba de que no le era posible reunir pruebas, debido al «gran número de hombres mantenidos por el abad».
En Inglaterra, como en el resto de Europa, al finalizar el medioevo, el personal del monasterio se reclutaba en las ciudades vecinas, y entre la clase media local que conservaba un agudo interés por los asuntos de los monjes, especialmente cuando se realizaban elecciones abaciales. Las dos últimas elecciones en Furness antes de la Disolución, por ejemplo, fueron decididas por la vigorosa intervención laica. Décadas de intrigas sucedieron a la elección de Alejandro Banke en 1497, y sus oponentes trataron de despojarlo de su cargo. En un momento dado, dicho abad se vio obligado a defender su posición con un ejército privado de trescientos partidarios. No es de extrañar, que haya dejado como estela una deuda importante, agravada por pensiones, anualidades o sobornos manifiestos, dados a un cierto número de oficiales reales y potentados locales.
La hospitalidad, tradicional servicio monástico, constituyó otro eslabón entre las abadías cistercienses y la sociedad. La primitiva legislación de la Orden recalcaba esta virtud, especialmente en beneficio de los monjes y clérigos de viaje, aunque a los viajeros laicos se les ofrecía comida y albergue con la misma generosidad. Muchas abadías tenían una hospedería para visitantes, algo apartada de los edificios conventuales. De acuerdo con los libros de cuentas de la casa inglesa de Beaulieu, era raro que ésta no tuviera huéspedes. Estaba cuidadosamente especificada la calidad y cantidad de la comida que se les servía, así como las tareas de los hermanos encargados de atenderles. A los familiares de los monjes se les permitía realizar tres o cuatro visitas al año, de dos días cada una. El gasto para alimentarlos debió haber sido elevado, porque se estableció que si los huéspedes quisieran permanecer por más tiempo, debían alimentarse por sí mismos.
Las visitas de los reyes o de otros potentados de la sociedad civil o religiosa resultaban particularmente gravosas. En tales ocasiones, se servía comida y bebida con liberalidad, aunque, por lo menos hasta mediados del siglo XV, los huéspedes, cualesquiera que fuera su posición, debían observar la regla de abstinencia perpetua. A petición del abad de Maulbronn, en Alemania, el Capítulo General de 1493 le permitió específicamente servir carne «sin escrúpulos de conciencia, porque, como establecía el Capítulo, la abadía recibía con frecuencia huéspedes distinguidos, hombres de letras, nobles y magnates, que no sólo honraban al susodicho monasterio, sino a toda la Orden». Es fácil comprender, por estas observaciones, que los visitantes de rango y posición social elevada recibían mayor atención y mejor aposento que los caminantes ordinarios.
Se hicieron regalos o se otorgaron fondos para las hospederías, como reconocimiento de los servicios y de los sacrificios económicos que significaban. En 1269, el obispo Hermann de Schwerin otorgó cuarenta días de indulgencia a todos aquellos que hicieran donaciones para mantener la casa de huéspedes de la abadía de Doberan, «dado que los monjes llevan una carga muy pesada de gastos a causa de los huéspedes y viajeros». En 1233, la abadía de Saint Mary, en Dublín, separó algunas rentas eclesiásticas «para uso de los pobres y para la manutención de los huéspedes». El abad de Basingwerk, en Gales, se excusaba en 1346 ante Eduardo III, por no haber pagado un subsidio exigido, refiriéndose a la situación del monasterio cerca de un camino muy transitado, circunstancia que determinaba grandes gastos en concepto de hospitalidad. En vísperas de la Disolución, se apeló a Enrique VIII por parte de la abadía de Quarr que, de acuerdo con la petición, debía ser conservada como hospedería para viajeros y marineros pobres. Al mismo tiempo, se decía de la abadía irlandesa de Saint Mary que era como «un albergue común» de todos los que buscaban hospitalidad, mientras que se referían a los monjes «como administradores» de beneficios, «que ayudaban a muchos pobres, estudiantes y huérfanos».
Además de la buena acogida habitual, muchas abadías cistercienses mantenían hospitales, en especial para los enfermos pobres de la vecindad, aunque normalmente los monjes no practicaran la medicina más allá de administrar los remedios caseros comunes. Ya por el año 1197 Zwettl, en Austria, sostenía un «hospital para pobres». En 1218, el establecimiento se mudó a un edificio espacioso, cerca de la portería de la abadía, que contaba con una capilla. El hospital estaba espléndidamente dotado, con capacidad para albergar a treinta enfermos necesitados, bajo el cuidado de diez empleados. El conde Sigfrido de Blankenburg instituyó un fondo para el hospital de la abadía alemana de Michaelstein en 1208. El Capítulo General de 1218, no sólo aprobó el hospital «para el cuidado de los pobres», sino que insistió también en que debía permanecer bajo la administración del propio personal de la abadía. Himmerod mantenía en 1259 un «hospital para pobres», financiado con fondos y donaciones especiales. Además de los aldeanos y peregrinos enfermos eran aceptadas también algunas personas ancianas, como un viejo soldado, a quien el abad invitó a pasar allí el resto de sus días, por el año 1300. De acuerdo con los datos recopilados por Franz Winter, en un cierto número de abadías cistercienses alemanas, entre ellas Pforta, Altzelle, Chorin, Volkenrode, Kamp, Reifenstein y Walderbach, funcionaron instituciones similares durante el siglo XIII.
Un número similar de abadías inglesas se ocuparon de cuidar a los enfermos y desamparados. El libro de cuentas de Beaulieu hacía referencias, hacia fines del siglo XIII, a una enfermería, donde se atendía, entre otros, a los servidores enfermos de la abadía. Los pobres que fallecían eran enterrados por los monjes, que disponían también de sus magras pertenencias. Meaux, durante el abadiato de Michael Brun (1235-1249), recibió una donación importante para «el mantenimiento de un hospital para seglares», aunque el benefactor exigía que se le regalara un par de guantes blancos cada Pascua, sumados a cierta compensación monetaria. El hospital de Newminster recibió una cierta cantidad de donaciones importantes, algunas específicamente «a fin de conservar la lámpara que está ardiendo en la enfermería de los seglares, para comodidad de los pobres de Cristo allí internados». Otras abadías de Inglaterra, tales como Fountains, Furness, Holmcultram, Pipewell, Rieval, Robertsbridge, Sawley, Sibton y Waverley, mantuvieron hospitales similares.
En Escocia, Melrose, Cupar y Kinlos regentaron hospitales que podían albergar entre ocho y diez internados. En el siglo XIII, la abadía galesa de Strata Florida tenía una hospedería bajo el cuidado de los monjes, en «las zonas de los leprosos». El cartulario de la casa francesa de Gimont nombraba en 1187 a un monje, Arnaldo, enfermero en la hospedería de la abadía. En 1206, otro monje, Guillermo, ejercía como «enfermero de los pobres». En 1222, un tal Antonio de la Crose hizo una donación, mientras se encontraba enfermo «en el hospital de la abadía de Gimont». Villers, en Brabante, tenía un bien provisto «hospital para pobres», bajo la dirección de un converso, en el siglo XIII.
Entre los estatutos del Capítulo General de 1490, se encuentra una referencia muy posterior a un hospital. La abadía sajona de Buch anunciaba que el hospital regentado por los monjes atravesaba graves dificultades económicas, porque los fondos que habían sido destinados «para mantener a cierto número de pobres» ya no era suficiente, a la vez que las reducciones provocaban las ruidosas quejas de los pacientes necesitados. En respuesta, el Capítulo nombró para una investigación a tres abades de monasterios vecinos, quienes tenían amplios poderes para adoptar las medidas que juzgaran convenientes.
Por último, la posibilidad de recibir atención médica en las ciudades en desarrollo disminuyó la importancia de los hospitales monásticos, aunque algunas abadías continuaron regentando centros sanitarios hasta la Revolución Francesa.
La antigua enfermería de la próspera Orval (después de 1715 bajo el régimen austríaco) fue reemplazada en 1761 por una estructura espaciosa, con tres salas: una para los monjes profesos, otra para los conversos y la tercera para los numerosos servidores y empleados seglares de la casa. Tenía capilla y cocina propias, un clínico residente y dos asistentes proporcionaban atención médica, y podía cubrir las necesidades de unas ciento veinte personas.
Sin embargo, Orval debe su reputación como centro de salud a su famosa farmacia, atendida por el legendario Hno. Antonio Périn (1738-1788), médico profesional que estudió en París; sus servicios alcanzaron a personas que vivían mucho más allá de los límites de la propiedad abacial. Cultivaba un jardín de hierbas medicinales, y seleccionaba personalmente muchas de las raíces, hierbas y flores que necesitaba; otras las adquiría, generalmente en Lieja. Todo se preparaba en su laboratorio; sus productos más divulgados eran pociones y tinturas, entre ellas el «agua de Orval», que se suponía efectiva en un número prodigioso de enfermedades, tanto mentales como físicas. Su fama creció extraordinariamente, gracias a su éxito en 1777, cuando luchaba contra una epidemia de fiebre tifoidea muy difundida. Los negocios de la farmacia eran muy prósperos. Solamente en el año 1788, se vendieron a personas de fuera 5.638 florines en concepto de medicinas, mientras 506 florines de remedios se repartieron gratuitamente entre los pobres.
Durante toda la Edad Media, la ayuda a los pobres fue una tarea reconocida de la Iglesia, y de acuerdo con todas las indicaciones, la Orden cisterciense aceptó gran parte del peso que significaba aliviar a los que sufrían necesidades materiales. La distribución de limosnas se realizaba en la portería de cada abadía, bajo la mirada vigilante del portero. Siempre tenía a su disposición pan y otros comestibles con tal fin, pero, de acuerdo con el Capítulo General de 1185, también se distribuía entre los necesitados ropa y calzado usados. Hasta Gerardo de Gales, crítico acerbo de los cistercienses, reconoció la generosidad de la Orden con los pobres. Decía que «los monjes, aunque sean de lo más sobrio para sí mismos, exceden a todos los demás en su caridad desbordante hacia los pobres y los viajeros». Citaba como ejemplo a la abadía galesa de Margam, que en 1189 envió un buque a Bristol en procura de trigo «para una gran multitud de mendigos».
El formulario de Pontigny del siglo XIII, que ofrece ejemplos de cartas de visita, insistía en que el portero debía tener siempre a mano limosnas para distribuirlas entre los pobres, incluyendo ropa usada y, por lo menos, cien hogazas de pan, que la panadería de la abadía enviaba diariamente. El mismo documento exigía que, en un edificio separado, hubiera siempre un cierto número de camas disponibles para los pobres que necesitaran alojarse allí.
El libro de cuentas de Beaulieu de fines del siglo XIII detallaba las obligaciones del portero, relativas a la distribución de las limosnas. Parece que la atención de los pobres estaba bien organizada, y que los necesitados sabían de antemano no sólo el horario, sino también la clase de ayuda que podían esperar. La distribución de alimentos tenía lugar tres veces por semana y, todas las noches, trece pobres eran acomodados para pernoctar en la hospedería de la abadía, mientras otros tres eran tratados como huéspedes del abad. El Jueves Santo se agregaba un penique a las limosnas acostumbradas. Durante la cosecha, se hacía trabajar en los campos a todos los pobres que estuvieran en condiciones de ganar su pan. El monje a cargo del guardarropa de la abadía tenía la misión de reunir la ropa usada para los necesitados.
En Meaux, durante los siglos XIII y XIV, varios talleres de la abadía contribuían regularmente al alivio de los pobres. El maestro de la tenería debía proporcionar cada año veinte cueros de buey o de vaca, bien curtidos, para su calzado. En el taller donde se trabajaba la lana se separaba tela completamente terminada por valor de 18 chelines, con propósito similar, mientras que, diariamente, se distribuía entre ellos la décima parte del queso recibido de la vaquería de Felsa.
Aunque no parece haber sido una excepción la contribución de las abadías inglesas para mantener a los necesitados, Whalley, en 1535, distribuyó en limosnas un total asombroso de 122 £, que significaban el 22% de los ingresos de los monjes. De esta cifra, se gastaron 41 £ para mantener a veinticuatro menesterosos dentro del monasterio, 63 £ se separaban para la distribución semanal de granos, y 18 £ se repartían por Navidad y jueves Santo. Por el mismo tiempo, Furness cuidaba a trece necesitados y otorgaba limosnas semanales a ocho viudas pobres; Stanley albergaba a siete mendigos; y Garendon mantenía a seis personas incapacitadas. Un documento sin fecha del cartulario de Newminster combinaba una donación con la obligación de que los monjes dieran limosnas anualmente a los pobres para la fiesta de Santa Catalina, repartiendo a cada uno «dos tortas de avena y dos arenques».
Villers era muy notable por su generosidad, que se veía facilitada por las abundantes donaciones que recibía a tal fin. Durante el siglo XIII, el panadero de la abadía proveyó semanalmente de 2.100 hogazas de pan, que se distribuían diariamente entre los necesitados, congregados en gran cantidad en torno a la portería. Muchas donaciones por misas de aniversario en Villers y otras casas incluían sumas especiales para ser distribuidas entre los menesterosos en dichas ocasiones. En el siglo XIII, un donante en la abadía suiza de Hauterive, Humberto de Fernay, aportó 45 libras de Lausanne, con las cuales los monjes debían adquirir pan y queso para distribuirlo en la ciudad de Romont, entre 366 personas necesitadas, el lunes de Pentecostés. El rey Roberto I de Escocia legó 100 £ anuales a Melrose. Una parte estaba destinada a mejorar la dieta de los monjes, y otra para que el día de san Martín repartieran veinte trajes a otros tantos pobres, que ese día debían compartir la mesa de los monjes.
En hambres u otras calamidades los monjes compartían todo lo que tenían con los vecinos muy necesitados. En 1147, Morimundo alimentó a toda la vecindad por tres meses, hasta que pudieran recoger la cosecha. Se dice que, en 1153, Sittichenbach, en Alemania, salvó del hambre a 1.800 habitantes de la región. En 1316, Riddagshausen, también en Alemania, alimentó diariamente a 400 personas, salvándolas de morir de inanición. Algunos de tales incidentes quedaron para la memoria de la posteridad como hazañas legendarias de heroísmo. Por lo tanto, no siempre se puede confiar en las cifras referentes a la cantidad de personas mantenidas por los monjes. Es fácil que esto haya ocurrido en Melrose, en 1150; cuando se supone que los monjes distribuyeron diariamente alimentos durante meses entre 4.000 hambrientos, mientras las despensas seguían estando milagrosamente repletas.
Una costumbre inmemorial entre las abadías cistercienses fue el tricenarium, de los hermanos fallecidos. Esto significaba que los alimentos del monje recién fallecido se separaba durante treinta días consecutivos, y las porciones se daban a las personas necesitadas. Todos los años, un gran tricenarium seguía al cierre de la sesión anual del Capítulo General, el día de san Lamberto (17 de septiembre), cuando en todas las abadías de la Orden se daba comida a varios indigentes durante treinta días. Al lavatorio de los pies de los doce pobres, realizado por el abad el Jueves Santo, seguía también una comida para ellos.
La llegada a Cister de los abades participantes de las sesiones anuales del Capítulo General, constituía una ocasión especial para dar limosnas a gran escala. En esos días, los caminos que conducían a Cister estaban prácticamente obstruidos por los mendigos, reales o fingidos, que suplicaban monedas de los abades. Hacia 1240, la multitud se había vuelto tan ingobernable, que el Capítulo prohibió la distribución de limosnas a 3 km. de Cister. Por la misma causa, se desterró por completo la costumbre en 1260. En su lugar, el Capítulo instó a los abades a depositar sus donaciones dentro de una caja puesta cerca de la entrada de la sala capitular.
De acuerdo con todas las pruebas que poseemos, la repartición de limosnas fue algo natural en todas las abadías cistercienses, aunque hay que destacar que los monjes eran muy respetados como honestos distribuidores de las mismas, canalizando por lo tanto numerosos regalos y fundaciones destinadas a este fin. Por la misma razón, lo que se entregaba en las porterías monásticas reflejaba no sólo la caridad de los monjes, sino la generosidad de los benefactores. Siempre ha estado en discusión el porcentaje de las limosnas, considerado el total de los ingresos monásticos. En épocas de prosperidad para los cistercienses, puede haber llegado al 10%, aunque una cifra cercana al 5% parece ser una estimación más segura. Durante los siglos XVI y XVII, cuando los propios monjes experimentaron grandes penurias, tenían muy poco para destinar a la caridad.
Los cistercienses del siglo XII evitaron resueltamente verse involucrados en el cuidado pastoral de las comunidades campesinas vecinas, aunque los sacerdotes de la Orden administraron siempre los sacramentos a los conversos y jornaleros que trabajaban en las granjas monásticas. Las primeras aceptaciones «ilegales» de iglesias, no significaban necesariamente que fueran atendidas por sacerdotes cistercienses. La abadía se convertía simplemente en el patrón de la iglesia, obligada a contratar un sacerdote secular, y pagarle su salario. En algunas fundaciones, no obstante, fue inevitable desde el comienzo la implicación directa en el trabajo pastoral. San Galgano, en Monte Siepi (diócesis de Volterra), había sido un santuario popular, mucho antes de 1201, cuando los monjes de Casamari hicieron la fundación cisterciense.
El abad de Poblet recibió en 1221 de Honorio III el status cuasi-episcopal de nullius, que implicaba una extensa actividad pastoral a causa de su situación fronteriza y su jurisdicción sobre un número de aldeas. Circunstancias locales deben haber impuesto también actividades pastorales a un cierto número de abadías, porque, en 1234, el Capítulo General repitió con energía la prohibición de que los monjes trabajaran en parroquias, y ordenó su in mediante retorno a los monasterios. Al año siguiente, se repitió la misma reglamentación, con el añadido de que las capillas que ya estaban en posesión de una abadía debían ser atendidas a base de sacerdotes seculares. En 1236, el Capítulo volvió otra vez al mismo tema, declarando que las abadías que habían administrado capillas antes de unirse a la Orden, podían retenerlas, siempre y cuando los abades contrataran clérigos seculares para su atención. No obstante, en el mismo estatuto se establece una excepción para Les Dunes y Ter Doest – «ambas con capillas en varias islas en el mar» –, donde debido al completo aislamiento, los fieles contaban exclusivamente con el ministerio de los monjes. De acuerdo con esto, se nombraron tres sacerdotes cistercienses en cada capilla, para servir «a gran número de hermanos legos y personas seglares».
Es probable que esta concesión estuviera inspirada en permisos papales previos a abadías concretas. En 1232, Gregorio IX permitió a los monjes de Cwmhir (Gales) administrar los sacramentos a sus servidores y arrendatarios, porque debido a la localización montañosa de la abadía, no podía llegar allí ningún sacerdote secular. Holy Cross (establecida en 1180 en Irlanda) fundó varias capillas en sus propios terrenos y, del siglo XIII en adelante, la mayoría de las parroquias vecinas fueron atendidas por los mismos monjes. La actividad pastoral recibió nuevo impulso cuando, a consecuencia de la cruzada de Ricardo I, se depositaron en la abadía reliquias de la Santa Cruz, transformando la modesta casa en uno de los santuarios más visitados del país.
En Saint Urban (Suiza), la actividad pastoral comenzó alrededor de 1280, con la adquisición del Santuario de Freibach. Hacia comienzos del siglo XVI, la abadía tenía derechos de patronato sobre diez iglesias parroquiales y buen número de capillas, la mayoría de las cuales estaban atendidas por el clero secular, pero en las cuatro iglesias más cercanas a la abadía los propios monjes cuidaban de la feligresía.
Meaux, bajo el abad Roger (1286-1310), recibió una importante donación para misas de aniversario y una capilla en Ottringham. Sus condiciones estipulaban oficios solemnes y perpetuos en beneficio de los miembros difuntos de la familia del donante. El abad aceptó el regalo, y envió siete monjes a la capilla mencionada, que se establecieron en un lugar llamado posteriormente «Monkgarth». Pero esta casa retirada se vio envuelta en incidentes motivados por escandalosas faltas de disciplina, con tanta frecuencia, que sus habitantes tuvieron que ser llamados de nuevo a la abadía. Durante el siglo XIV, varias abadías renanas emprendieron con tanta intensidad trabajos pastorales, que el Capítulo General decidió intervenir. En 1393, el abad de Morimundo, en su visita regular, halló que muchos monjes de Camp, Altenberg y Heisterbach vivían en parroquias, y ordenó su inmediato retorno a las abadías.
A pesar de las frecuentes protestas del Capítulo, los monjes continuaron con el servicio pastoral directo de los fieles, especialmente, cuando razones económicas exigían esos servicios. Tal fue el caso de Silesia, donde todas las abadías cistercienses quedaron tan devastadas durante la guerra de los husitas, que resultaron incapaces de albergar y alimentar a sus propios miembros. Muchos monjes sólo pudieron encontrar una subsistencia segura en las parroquias. En la segunda mitad del siglo XV, las seis abadías de Silesia proveían todas con su propio personal a las parroquias y, entre ellas, Leubus y Kamenz contaban diez iglesias cada una.
Por último, en 1489, hasta el Capítulo General llegó a aceptar la costumbre inevitable. Aunque un nuevo estatuto repetía que los monjes no deberían comprometerse en la «cura de almas», se otorgaba permiso para atender a iglesias y capillas ya incorporadas por las abadías.
Austria fue el país donde el trabajo pastoral terminó por absorber las energías de un número importante de monjes sacerdotes. Ya en el siglo XIII, la mayoría de las once abadías austríacas poseían iglesias y, en el siglo XIV, gozaban de todos los derechos de patronato sobre las mismas. Bonifacio IX permitió en 1399 a Zwettl instalar a cistercienses como párrocos perpetuos en las iglesias de la abadía. La tendencia prosiguió y, hacia el siglo XVII, la mayoría de las iglesias cistercienses estaban atendidas por monjes de la Orden. En 1758, sobre un total de trescientos diecisiete sacerdotes en la provincia austríaca, setenta y cinco se ocupaban activamente en tareas pastorales. Hacia 1780, el número de parroquias cistercienses en ese país había aumentado a setenta y tres. Entre 1780 y 1790, bajo la presión del gobierno de José II, la Orden tuvo que asumir las responsabilidades de cuarenta y cinco iglesias adicionales.
Además de los trabajos de rutina del cuidado pastoral, a partir del siglo XIII, muchas abadías cistercienses formaron y dirigieron variedad de confraternidades y sociedades piadosas. La organización comenzó con una lista de benefactores con derechos a compartir ciertos beneficios espirituales de la Orden, tales como misas de aniversario y oficios especiales por los difuntos. Himmerod, en el siglo XIII, tuvo dos listas de nombres, uno para los donantes más prominentes en una «confraternidad plenaria» y la otra de benefactores menos importantes, que formaban la «confraternidad común». Al comienzo, ambas listas estaban constituidas en forma predominante por miembros de la nobleza, pero su composición tomó finalmente su carácter cada vez más burgués. Ser miembro de la «confraternidad plenaria» implicaba la transferencia de todos los bienes del donante a la abadía (aunque retenía el usufructo de los mismos de por vida), a la vez que prometía no volverse a casar después de la muerte de su esposa, y si era soltero, continuar en el celibato hasta el resto de sus días. Después de 1440, existió en Himmerod una cofradía de los Hermanos Difuntos (Totenbruderschaft), a cuyos miembros se prometía un cierto número de misas después de su muerte y una participación en los méritos de las oraciones de los monjes. Sus miembros hacían sus devociones en una capilla especial, bajo la guía de un monje, que servía de maestro. Se responsabilizaban de la decoración de los altares, y proveían de determinada cantidad de candelas. Por el mismo tiempo, existía en Kamp una organización similar, pero más amplia.
En muchas abadías, el número de misas de aniversario creció hasta alcanzar cifras prodigiosas, que imponían una pesada carga a los sacerdotes del monasterio. En 1448, el Capítulo General prohibió la ulterior aceptación de misas perpetuas de aniversario sin la autorización del Capítulo, «no sea que los monasterios estén sobrecargados o las almas de los muertos sean, de alguna forma, defraudadas».
En 1144, un pastor tuvo una visión de catorce personas rodeando y adorando al niño Jesús en un predio de la abadía bávara de Langheim. Tres años más tarde, se erigió en ese sitio un santuario en honor de los «Catorce Santos Auxiliadores en la necesidad» (Vierzehnheiligen). La comunidad cisterciense se vio pronto involucrada en esta devoción tan popular, que era compartida por otras casas de la Orden, tales como Raitenhaslach, Waldsassen, Kamenz, Neuzelle, Heinrichau y Grüssau. En dichas abadías, cediendo a la demanda popular, se dedicaron capillas y altares a los catorce santos, y se rezaban misas en su honor. Durante la Guerra de los campesinos de 1525, Langheim y Vierzehnheiligen fueron destruidas, pero el santuario ganó nueva popularidad en el siglo XVII. Centro de peregrinaciones, la magnífica iglesia barroca diseñada por el gran Baltasar Neumann y consagrada en 1772, atestigua todavía el vigor del movimiento piadoso que apadrinaban los cistercienses.
En Suiza, Saint Urban fue otro centro de devoción popular. En 1231, se organizó para los benefactores la Confraternidad de San Bernardo y, en el siglo XVII, la Sociedad del Escapulario. Freibach centró también una confraternidad piadosa fundada por el gremio de los herreros de Emmental y Oberaargau. En la primera mitad del siglo XVII, unos setenta maestros del gremio participaban en las peregrinaciones anuales a Freibach.
En 1226, Fürstenfeld, otra gran abadía bávara, recibió la aldea de Inchenhofen y, con ella, el santuario que honraba a san Leopardo. Sacerdotes de la comunidad se hicieron cargo de la iglesia, cuya popularidad aumentó cada vez más durante el siglo XIV. En 1401, Bonifacio IX autorizó a diez cistercienses de Fürstenfeld a confesar en el santuario. La misma abadía erigió en 1414 otro santuario honrando a san Willibaldo, al mismo tiempo que promovía la veneración de la Santa Cruz en una parroquia de su propiedad.
En los siglos XV y XVI, el Capítulo General apoyó gustosamente las sociedades piadosas que eran tan populares en Francia como en Alemania. En 1491, dio su bendición a la Confraternidad de san Sebastián, patrocinada por el abad de Theuley, cerca de Besançon, prometiendo a sus miembros compartir los méritos de las oraciones de los monjes y de las buenas obras realizadas en todas las abadías de la Orden. En 1494, se otorgaron beneficios similares a la Confraternidad de los Siete Gozos de la Santísima Virgen, organizada por La Ferté. En 1520, se favoreció de igual modo a una sociedad devota que honraba a santa Margarita, san Antonio y san Leonardo, en la abadía alemana de Schönthal.
Bajo el abad Nicolás Wydenbosch (Salicetus), la casa alsaciana de Baumgarten se convirtió en un floreciente centro de devoción. A petición del abad, el Capítulo General de 1488 otorgó a todos los miembros de la confraternidad de la Inmaculada Concepción el derecho de participar del tesoro espiritual de la Orden. Muchos miembros de la Confraternidad pertenecían al círculo de devotos burgueses de Berna, ciudad natal del abad.
Las reformas monásticas del siglo XVII, incluyendo la Estricta Observancia, miraban con recelo la actividad pastoral de los monjes fuera de sus abadías. Su desaprobación halló eco en el Capítulo General de 1672, que presentó una apelación a la Santa Sede, rogando a las autoridades que no confiaran a los cistercienses ningún título o posición que significara un ministerio activo. El Capítulo de 1683 deliberó sobre el mismo tema, y propuso retirar a todos los cistercienses que trabajaran en parroquias. Pero, a la sazón, tales tareas estaban tan profundamente arraigadas en las tradiciones de muchas abadías, especialmente las ubicadas en países de habla alemana, que no se podía esperar ningún cambio notable.
Las tendencias devocionales del barroco pusieron nuevo énfasis en las sociedades piadosas y las peregrinaciones, lo que dio por resultado una actividad pastoral cisterciense cada vez mayor. Bajo el abad Roberto de Namur (1647-1652), los monjes de Villers se ocuparon de la dirección espiritual de trece monasterios femeninos afiliados. Unos veinticinco monjes estuvieron ocupados en éste y otros tipos de actividad pastoral hasta el final del siglo XVIII. Bajo la influencia de Aldersbach, en Baviera, el culto de la Santísima Virgen se difundió en cuatro santuarios, que llegaron a ser muy populares en los siglos XVII y XVIII (Kösslarn, Rotthalmünster, Sammerei, Frauentödling).
Dentro del territorio de los Habsburgo, la veneración de san José logró gran popularidad, a causa de que el santo era patrón de la familia imperial. En 1653, se fundó una confraternidad de san José bajo los auspicios de la casa austríaca de Lilienfeld, que gozó de la más amplia expansión y de la mejor reputación hasta su disolución en 1781. Entre sus miembros, no sólo se encontraban masas de humildes pobladores rurales e incontables burgueses piadosos,. sino muchos miembros de la familia de los Habsburgo y encumbrados personajes de la jerarquía. Hacia 1755, el registro de la Confraternidad contaba con 215.000 nombres.
La Hermandad de san José, fundada en 1688 por Grüssau, en Silesia, ganó popularidad semejante. En ella se alistaron tanto individuos como comunidades, de tal manera que, al concluir el siglo, estaban inscritos en los registros de la asociación no menos de 43.000 nombres. Las reglas exigían oraciones diarias al Santo, comunión mensual y dedicación de obras de caridad a pobres y enfermos.
Mientras que la educación de niñas en casas femeninas cistercienses fue una costumbre ampliamente aceptada, los primitivos estatutos del Capítulo General habían excluido a los niños de los monasterios masculinos. No obstante, parece que los talleres de muchas abadías prósperas atrajeron a un cierto número de adolescentes, que no tenían intención de convertirse en monjes, pero estaban interesados en aprender de los hermanos algún oficio. Estas costumbres eran toleradas, inclusive en el siglo XII, y el Capítulo de 1195 insistía simplemente en que los adolescentes admitidos como aprendices en los «talleres de tejedores, sastres y curtidores» tuvieran, por lo menos, doce años de edad.
El Capítulo de 1205 prorrumpió en invectivas contra ciertos abades de Frisia, cuyos nombres no se especifican, «que habían admitido para su instrucción niños menores de quince años». De acuerdo con las estrictas reglas de la Orden (esos abades), merecían ser depuestos; sin embargo, suponiendo que todavía no pudieron recibir las definiciones (pertinentes), están, por el momento, absueltos». La misma admonición se hizo al abad de Ile-en-Barrois, cerca de Toul, y fue repetida «en forma irrevocable» en 1206. Una de esas abadías «delincuentes» pudo haber sido Adwert, en Frisia occidental, que en el siglo xlv mantenía una «Escuela Roja» (Schola rubea) para niños. Debió haber estado muy concurrida, porque a causa de la Peste Negra, en 1350, murieron allí veintinueve estudiantes. En la época de la Reforma, la misma institución gozaba de merecida fama en todo el país. De acuerdo con algunas indicaciones, otros monasterios de los Países Bajos, como Nizelle, Boneffe y Moulins, contaban también con establecimientos educativos antes de la Reforma.
En el siglo XV, Saint Urban, en Suiza, creció hasta convertirse en un centro renombrado de estudios humanistas. El abad Nicolás von Hollstein (1441-1480), natural de Basilea, fundó la «Escuela abacial», que alcanzó su total desarrollo bajo el abad Sebastián Seemann (1534-1557), cuando empleó a algunos de los mejores maestros de su país. En la visita regular de 1579, el abad general Nicolás Boucherat I halló en la abadía a «doce adolescentes, que recibían instrucción en gramática».
En Inglaterra, antes de la Disolución, Furness tenía una escuela de gramática y de canto para niños (schola cantorum), que eran pupilos dentro de la abadía; y Biddlesden alojó nueve niños en circunstancias similares. Newminster tenía cuatro niños de coro; mientras Waburn albergaba a tres con su maestro. En Ford, un tal Guillermo Tyler, maestro de arte, disfrutaba de casa, comida y una anualidad respetable por enseñar gramática a los adolescentes que vivían en la abadía, y clases de Biblia para los monjes.
Zwettl, en Austria, formó un coro de niños en el siglo XV. Esta institución sobrevivió la Reforma y las guerras religiosas y, bajo el abad Bernardo Link (1646-1671), el número de niños, que estaban allí como pupilos y recibían instrucción en forma gratuita, alcanzó a treinta. La tradición se ha continuado hasta el presente: los «Zwettler Sängerknaben» (Niños Cantores de Zwettl) gozan de una bien merecida fama internacional.
Siempre había sido excepcional que los cistercienses mantuvieran instituciones educativas antes del siglo XVIII. La generalizada actitud prohibitiva se transformó, sin embargo, en un intenso interés bajo el impacto de la filosofía utilitaria de la Ilustración. La abadía silesa de Rauden fundó un seminario y escuela de Latín en 1743, bajo la benévola mirada de Federico II. La mayoría de los estudiantes eran pupilos en el monasterio, donde la formación para el sacerdocio era la principal preocupación de los monjes. Antes de la supresión de la abadía en 1810, los registros de la escuela incluían 2.000 estudiantes, de los cuales cerca de 500 llegaron a ser sacerdotes. También en otras abadías alemanas cistercienses fueron bastante comunes instituciones similares.
La supresión de la Compañía de Jesús en 1773, constituyó un poderoso incentivo para que los cistercienses dirigieran escuelas abandonadas por los jesuitas. Gotteszell, en Baviera, que, antes de esa época, mantenía un modesto establecimiento educativo, tomó a su cargo el gymnasium de Burghausen, que anteriormente perteneciera a los jesuitas. El mismo desafío indujo a muchas abadías en el Imperio de los Habsburgo a dedicarse a la educación, que se convirtió durante el siglo XIX en la ocupación dominante de la mayoría de sus miembros.
Las operaciones bancarias fueron un servicio social un tanto inesperado, prestado por muchas abadías cistercienses medievales. La forma más común era el depósito de dinero o la custodia de objetos valiosos confiados a los monjes por seglares. El Capítulo General no formuló objeciones, pero pronto sintió la necesidad de reglamentar el limite de las responsabilidades a asumir. Un estatuto de 1183 decretó que debía haber tres testigos cuando se aceptaran sumas mayores de 100 sueldos. Aunque se tomaran todas las precauciones para la seguridad del depósito, los monjes no se harían responsables en caso de pérdidas. De acuerdo con otro estatuto promulgado en 1195, debían ser expulsados los monjes o conversos que no administraran los fondos honradamente.
La frecuente reinversión como préstamos del dinero depositado fue signo de las condiciones económicas cambiantes. El Capítulo de 1209, empero, prohibió terminantemente estas prácticas, a menos que las permitiera el propio depositante.
La historia llena de color de las abadías galesas pueden darnos algunos ejemplos concretos de ello. Dore y Margam operaban en gran escala. En 1187, un tal Guho de Hereford pidió prestada una gran suma para pagar su liberación del cautiverio. En éste, como en otros casos similares, los monjes exigieron garantías, tales como joyas, hasta que la suma fuera devuelta. Las dos abadías actuaron también como recaudadoras de impuestos en el siglo XIV, recibiendo y custodiando diezmos, ya sea en nombre del clero o de la tesorería real. Dore recaudó y retuvo entre 1328 y 1329, 700 £, gastadas finalmente en la manutención de la reina Isabel, madre de Eduardo III. En 1320, Margam pidió ser excusada de dichas responsabilidades, porque la abadía no tenía medios para guardar el dinero en forma segura.
Estos servicios tenían sus peligros e inconvenientes. En Inglaterra, durante el reinado de Eduardo II (1307-1327), los monjes de Stoneleigh aceptaron la custodia de grandes sumas de los Despenser, poderosa familia que gozaba del favor real. Un grupo de sus enemigos, dirigido por el Conde de Hereford, se enteró de las transacciones, irrumpió en la abadía y se llevó 1.000 £ en efectivo, a más de oro y plata por valor similar.
Poblet se encontró con frecuencia convertida en banquero real. La abadía comenzó a prestar sumas de dinero a los reyes de Aragón, hacia la década de 1170. Al comienzo, esos créditos sirvieron para financiar las guerras contra los moros, pero posteriormente, en el siglo XIII, Jaime I (1213-1276) recibió préstamos cuando estaba por atacar a Mallorca y Valencia. En 1258, la abadía otorgó 40.000 solidi de Barcelona a Pedro el Grande para organizar las defensas contra una esperada invasión francesa.
A partir de 1257, y casi durante un siglo, San Galgano proveía de conversos que actuaban como supervisores en la administración de la ciudad de Siena. Todavía se conservan los libros de cuentas de la ciudad, ricamente ilustrados, donde se ve con frecuencia la figura encogullada de los hermanos como elemento decorativo. Los abades cistercienses, como administradores de grandes extensiones de tierra en la época feudal, debieron actuar con frecuencia como jueces en casos que involucraran a sus servidores. Perteneció siempre al abad la jurisdicción criminal sobre monjes y hermanos legos, y el Capítulo General siempre defendió en forma enérgica este privilegio. Por otro lado, el mismo Capítulo se oponía firmemente a que las abadías tuvieran jurisdicción sobre seglares, aun cuando éstos fueran empleados de la misma. El Capítulo de 1206 declaraba terminantemente que «ningún abad podía ejercer la jurisdicción secular por medio de monjes o hermanos, porque tales incidentes traen aparejado gran escándalo para toda la Orden». Presumiblemente, el «abogado» secular o episcopal de la abadía dispensaba justicia criminal para los seglares ocupados por la misma.
Sin embargo, en aquellos lugares donde las granjas primitivas se habían transformado en aldeas habitadas por arrendatarios seglares, resultó problemática la renuncia completa de la jurisdicción abacial sobre los procesos. El Capítulo General de 1240 habló sólo sobre los casos en que correspondiera pena capital, cuando establecía que: «a ningún (abad) se le permite ejercer jurisdicción que involucre derramamiento de sangre realizado por los monjes o hermanos; debemos dirigirnos a la justicia secular para poder sortear la amenaza de ladrones y malhechores».
Por último, e inevitablemente, los abades se convirtieron en responsables del mantenimiento de cortes de justicia señoriales, aunque un baile o mayoral terminó por presidir casos concretos. La jurisdicción de algunas abadías importantes, tales como Pontigny, se extendía a los delitos capitales y, a partir del siglo XV, se condenaba a muerte con frecuencia. Tintern, en Gales, también ostentaba derechos para «ahorcar y condenar a muerte o mutilación». Alrededor del 1200, Walter Map, atacando a la abadía, repetía el chisme acerca de un hombre al que los monjes habían «ahorcado y enterrado en la arena», después de haberlo encontrado robando sus manzanas. Basingwert mostraba una picota, una carreta y otros instrumentos de castigo, aunque la pena que se infligía con mayor frecuencia era una multa.
En 1348, un privilegio confirmó el derecho de Mellifont (Irlanda) a ejercer toda la jurisdicción criminal, incluyendo la pena capital, dentro de sus extensos dominios. En el mismo país se consideraba al abad de Holy Cross, como el «conde» del condado de la Cruz. El rey Juan reconoció el alto rango del abad, quien a menudo era invitado a sentarse en el Parlamento. Dado que cada condado tenía dos tribunales, la «corte del rey» estaba a cargo del fuero criminal, mientras que la «corte del conde», en este caso el abad, tenía jurisdicción civil sobre todos los individuos dentro del condado de la Cruz. La jurisdicción civil del abad permaneció sin ser cuestionada hasta la Disolución, bajo Enrique VIII.
Hacia fines del siglo XIV, el abad de Salem, en Suabia, ejercía autoridad judicial sobre nueve aldeas de la vecindad. Originariamente, su jurisdicción alcanzaba sólo a los delitos menores, mientras que los «cuatro grandes casos» (asesinato, robo, incendio premeditado y hurto), pertenecían al tribunal de los condes de Heiligenberg. Al mismo tiempo, unas pocas abadías alemanas, tales como Waldsassen y Doberan, ejercían la «alta justicia» en toda su extensión, la pena capital inclusive. La autoridad de Salem no se limitaba a la justicia criminal. El abad también tenía autoridad para promulgar órdenes, reglamentos y prohibiciones para las aldeas bajo su jurisdicción, especialmente en materia de industria, comercio y la regulación de los mercados locales. El Emperador Federico III le permitió, en 1470, recaudar impuestos y tributos a sus súbditos, lo mismo que exigirles prestaciones de trabajo y el servicio militar. El papel gubernamental de Salem descansaba en gran parte en su condición de «abadía imperial» (Reichsabtei) otorgada por el Emperador Carlos IV en 1354. En virtud de este privilegio, la abadía quedó bajo la autoridad inmediata del emperador, y el abad de Salem gozaba de los mismos derechos que los príncipes del imperio. El proceso de independencia administrativa alcanzó su plenitud en 1637, cuando se transfirió a la abadía la jurisdicción sobre crímenes capitales.
Quizá sea innecesario aclarar que la relación entre las abadías cistercienses y la sociedad circundante no transcurrió sin tensión y hostilidad ocasionales. Aparte de la validez de los cargos específicos, el mismo rápido crecimiento de la Orden provocó fuertes críticas entre todos aquellos que se veían amenazados, o por lo menos desfavorablemente afectados, por el éxito de los monjes. Los cistercienses continuaron adquiriendo tierra durante el siglo XIII, pero a un ritmo menos intenso, y esto coincidió con un notable crecimiento de la población rural, que a su vez producía un aumento en la demanda de tierras. Las grandes abadías tenían firmemente en sus «manos muertas» gran parte de la escasa tierra. Como su valor iba en constante aumento, había de provocar inevitablemente la desaprobación de los contemporáneos. La imagen de vastas posesiones monásticas en medio de una extensión de tierra, que iba disminuyendo en forma gradual, fue la principal responsable de los distintos cargos formulados contra los cistercienses durante el siglo XIII.
La envidia de los Monjes Negros y de otras organizaciones religiosas antiguas levantaron la primera ola de protestas. A ella se unieron luego los obispos, que objetaban contra la exención cada vez más amplia y las inmunidades fiscales de la Orden. Por último, muchas abadías cistercienses se encontraron rodeadas de grandes estados laicos, cuyos poderosos dueños utilizaron todos los medios para contener la expansión de las mismas.
Sumándose al primitivo antagonismo entre los Monjes Blancos y Cluny, alrededor de 1130, un canónigo de la catedral de Chartres, Payen Bolotin, dirigió un ataque demoledor contra todos los reformadores monásticos, pero en especial contra aquellos que «vestían el hábito blanco». Su obra era un poema satírico, en el que usaba de todas las libertades del género literario para proferir un aluvión de denuncias contra la avaricia, hipocresía, autoglorificación jactanciosa y vano deleite en las novedades por parte de los monjes. Según el encolerizado canónigo, todos esos vicios habían sembrado confusión en – la Iglesia, en tal grado, que uno se sentía forzado a mirar a los nuevos monjes como a falsos profetas apocalípticos.
La inmunidad respecto del pago de diezmos, unida a la efectiva adquisición de iglesias y los pedidos de exención, destruyeron pronto la primitiva relación amistosa entre las abadías cistercienses y los obispos vecinos. Las voces de crítica de la jerarquía encontraron eco vigoroso en Roma, y aun grandes amigos de la Orden, como Alejandro III, no dudaron en emplear un duro lenguaje para recordar al Capítulo General su misión de mantener la observancia de los primitivos ideales de Cister.
Una carta de Inocencio III al Capítulo General de 1214 contiene el catálogo más completo de los cargos en boga contra la Orden: debido a la falta de pago de diezmos, muchas iglesias parroquiales se habían arruinado; abadías ávidas de tierras habían hecho tan miserable la vida de sus vecinos, que éstos se vieron obligados a vender sus propiedades a los monjes; la Orden, a despecho de sus propias leyes, se ocupaba de comprar artículos de consumo para venderlos a mayor precio; ciertos monasterios, contra los ideales que profesaban, habían aceptado iglesias y desarrollaban actividad pastoral; y finalmente, las personas ricas podían comprar el derecho de ser enterradas en las iglesias cistercienses. Todas estas transgresiones, denunciaba el Papa, «estaban contra vuestros estatutos originales, que habéis relajado en éstos y en otros aspectos en tal grado, que a menos que se los restaure inmediatamente en . toda su integridad, se puede temer un desastre inminente para vuestra Orden».
El Capítulo General reaccionó a los cargos con una serie de reglamentaciones restrictivas, pero las críticas clericales no podían ser acalladas con una simple manifestación de buenas intenciones. Casi un siglo después (1284), el arzobispo John Pechan de Canterbury, un franciscano, adversario reconocido de los monjes, protestaba vivamente ante Eduardo I contra la transferencia de Aberconway a Maenan, argumentando que «el párroco ‘del lugar, lo mismo que muchas otras personas, experimentaban gran temor por la proximidad de los susodichos monjes. Porque, aunque ellos sean buenas personas, si Dios gusta, son los peores vecinos que puedan tener prelados y párrocos. Porque, donde apoyan el pie destruyen aldeas, quitan diezmos, y cercenan con sus privilegios todo el poder de los prelados».
La Orden sufrió una considerable pérdida de prestigio cuando estaba todavía en un proceso de vigorosa expansión, a causa de los cargos de los clérigos, inferiores en rango, pero más poderosos para influir en la opinión pública. Pertenecían a una nueva clase de propagandistas bien ilustrados y versátiles, que no vacilaban en sacar las mejores ventajas de sus habilidades literarias, nutridas en Horacio, Juvenal y Marcial, para atacar a sus enemigos, reales o imaginarios. Entre ellos, el mejor conocido fue Gerardo de Gales († 1223), un crítico acerbo de los monjes. Aunque fue huésped asiduo de los abades galeses, estaba convencido de haber sido menospreciado, y en desquite, recopiló anécdotas perjudiciales sobre ellos. Cinco de sus víctimas fueron cistercienses. Gerardo no estaba ciego a las virtudes de la Orden, pero repetía con vehemencia los cargos de avaricia, el habitual baldón usado por los rivales incapaces contra los monjes industriosos y frugales. Pensaba que los cistercienses franceses, en contraposición a sus cofrades ingleses, habían conservado mejor el espíritu inicial de la Orden. Los hábitos de estos últimos «se habían vuelto negros como hollín, con manchas que resistían a la habilidad del batanero, y a la fuerza de la lejía más poderosa».
Un contemporáneo y compatriota suyo, Walter Map († 1210) experimentaba un intenso desagrado por los cistercienses, en gran parte porque había sido perjudicado por los monjes de Flazley. También acusaba a la Orden de vergonzosa avaricia, pero sus cargos hicieron más daño porque pertenecía al círculo de allegados al séquito personal de Enrique III. Al siempre repetido pecado de avaricia, agregaba otros, tales como la crueldad con los habitantes de las aldeas destruidas por los monjes y la falsificación de títulos, por medio de los cuales los monjes violaban los límites de las propiedades legales de otras personas. No le causaron ninguna impresión el trabajo duro y la vida simple de los cistercienses, y sostenía que el habitante de las tierras altas de Gales llevaba una experiencia más austera y laboriosa.
Un tercer contemporáneo, Nigel Vireker († hacia 1207), monje de Christ Church, reproducía una versión más moderada de las críticas existentes en su satírico Espejo de Tontos (Speculum Stultorum). Estaba dispuesto a reconocer la laboriosidad y frugalidad de los Monjes Blancos, pero los fustigaba por su avaricia, por no tolerar vecinos, y no estar nunca satisfechos de su abundancia. Lo mismo que los otros críticos, hacía innumerables chanzas de pésimo gusto.
El equivalente francés de los satíricos ingleses, Guiot de Provins, se lamentaba, alrededor de 1205, de la expansión sin freno de las posesiones cistercienses, donde manadas de cerdos pastaban en cementerios profanados, y los vecinos enloquecían por el incesante tintinear de los cencerros. A sus ojos, los monjes aparecían como hipócritas vagabundos y falsos ermitaños.
Las críticas mordaces produjeron por sí mismas consecuencias tangibles, quedando la Orden profundamente preocupada. Hacia 1230, el abad Esteban Lexington recomendaba a sus monjes no hacer ostentación de riqueza, «porque en estos días, nuestra Orden tiene muchos detractores astutos». El Capítulo General de 1248 hizo sonar la misma alarma, «porque en estos días de creciente malicia, nuestra Orden está expuesta en muchas partes del mundo a vejámenes frecuentes, a causa de nuestros privilegios e inmunidades; es necesario, por consiguiente, que nuestros hermanos se apoyen a otros, de tal forma que (nuestra Orden) pueda sobrevivir, como una ciudadela fortificada».
La referencia a la Orden como una plaza fuerte no era, por desgracia, una figura literaria. Los años que siguieron al Concilio Lateranense IV (1215) fueron especialmente penosos para los cistercienses franceses. Las propiedades de las abadías eran constantemente hostilizadas por vecinos poderosos, tanto seglares como eclesiásticos. Los pleitos de jurisdicción degeneraban con frecuencia en incursiones armadas, especialmente en el noroeste del país. Entre otros monasterios que sufrieron conflictos similares, la abadía de Longpont fue atacada repetidas veces por hordas devastadoras contratadas por el obispo de Soissons, en la década de 1220. El propio Cister tuvo que soportar muchos apremios de sus celosos vecinos, y sus apuros financieros fueron en gran parte resultados de las vandálicas incursiones contra la propiedad monástica. El recurso habitual, recurrir a la protección papal, produjo una serie de amonestaciones, investigaciones y, en ocasiones, hasta excomuniones a los delincuentes, medidas que en su mayoría resultaron ineficaces.
Poblet, favorecido por los reyes de Aragón, había acumulado hacia el fin del siglo XII vastas posesiones, lo que despertó la envidia de sus vecinos, que rivalizaban por el botín que se lograba con la Reconquista. Se multiplicaron las disputas sobre límites. Aunque los monjes eran vindicados en los tribunales papales y reales, tales garantías quedaban sólo sobre el papel ante el número de enemigos siempre creciente. Para evitar los pleitos costosos e inútiles se llegó a una inteligencia mediante negociaciones privadas. Hacia mediados del siglo XIII las compras de títulos impugnados se hicieron frecuentes y así se logró la consolidación de las propiedades lejanas, comprando o permutando fincas.
Entretanto, no hay indicio de que las masas rurales se volvieran contra la Orden. Los disturbios populares afectaban a las abadías sólo en forma esporádica, principalmente con los brotes de la Peste Negra. En Inglaterra, tales ataques ocurrieron después de la promulgación del estatuto de los Trabajadores en 1351, que rechazaban las peticiones de salarios más elevados en beneficio de la muy disminuida gente del campo. La agitación entre los siervos de Waghen, aldea de la abadía de Meaux, reconoce el mismo trasfondo. Bajo el abad Roberto Bererley (1357-1367), los aldeanos trataron de lograr su completa libertad respecto de la abadía, sosteniendo que sus antepasados habían pertenecido a un feudo real. La abadía ganó el caso después de mucho litigar, pero evidentemente a expensas de la popularidad de los monjes. También es innegable que el papel de recaudador de impuestos, que algunos abades desempeñaron, no mejoró en absoluto su imagen pública.
La Reforma atacó por primera vez los ideales esenciales del monaquismo. Las cáusticas críticas de los reformadores dirigidos contra los monjes fueron acompañadas por una secularización total en todas las regiones donde prevaleció el nuevo credo. El final de las prolongadas guerras de Religión encontró a la Orden cisterciense seriamente diezmada, pero con una resistencia sorprendentemente vigorosa. El éxito de la recuperación debe atribuirse, en gran parte, a un nuevo resurgir de la aprobación popular, motivada por el reavivamiento de un ascetismo estricto, o por un mayor ministerio pastoral, que prevalecía especialmente en las tierras germanas.
La campaña antimonástica de los filósofos ilustrados que precedió a la revolución francesa no contó con amplio apoyo popular, pero revitalizó la siempre latente rivalidad entre clero secular y regular. La jerarquía francesa fue testigo indiferente del desmembramiento de antiguas instituciones monásticas, mientras que la ola de la secularización en marcha era manipulada a lo largo del continente por intereses económicos y políticos, que hacían caso omiso a la adhesión, todavía manifiesta, a muchas de las grandes y prósperas abadías.
Sin este sentimiento de cariño, profundamente arraigado y ampliamente compartido hacia los cistercienses, la reconstrucción de la Orden en el siglo XIX jamás podría haberse logrado. El número de miembros no alcanzó a sobrepasar las cifras anteriores a la Revolución, pero en todos los demás aspectos, la alta reputación de la Orden en ambas observancias, reflejaba el apoyo público, que con su espontaneidad sincera y desinteresada superaba en mucho el clima formalista del Antiguo Régimen. Las vocaciones eran absolutamente libres, pero poco abundantes, atraídas a la Orden sin otro aliciente que su devoción. Desapareció la pesada carga de administrar posesiones inmensas, y los monjes pudieron concentrar todas sus energías en lograr objetivos religiosos. No hay duda de que la disciplina monástica dentro de la renacida Estricta Observancia sobrepasó a la alcanzada por la Orden desde las primeras décadas del siglo XII. Los tenaces miembros de la Común Observancia, dedicados al servicio desinteresado de su medio ambiente seglar, lograron para sí un envidiable prestigio a causa de la excelencia de sus tareas educativas, la investigación y el ministerio pastoral, asimismo se ha experimentado un nuevo resurgir de la vida monástica sine addita.
Mientras exista una saludable interacción entre cistercienses y sociedad, y la Orden pueda ser ejemplo de un ideal de perfección cristiana que despierte admiración, habrá siempre un nuevo capítulo que añadir en la historia de los Monjes Blancos.
Bibliografía
(…)
L.J. Lekai, Los Cistercienses Ideales y realidad, Abadia de Poblet Tarragona , 1987.
© Abadia de Poblet
Historia institucional cisterciense
Monjes y sociedad
Aunque los cistercienses del siglo XII no deseaban más que la soledad de los «desiertos» que ellos mismos habían elegido, el éxito rotundo de la Orden puede explicarse únicamente por la interacción fructífera entre aquellas abadías del desierto y el medio ambiente. Los ideales ascéticos y religiosos de los monjes hicieron resonar un eco latente en cada elemento de la sociedad contemporánea. Nobles, clérigos seculares, estudiosos y burgueses se sintieron atraídos por las primitivas casas cistercienses, con la misma intensidad que gran número de campesinos engrosaron las filas de los conversos. Los que no tuvieron el valor ni la oportunidad de unírseles siguieron la heroica vida de los monjes con profundo interés, y contribuyeron materialmente al crecimiento de la Orden.
El hecho de que las abadías de clausura albergaran a los hijos, y en algunos casos a los padres, de aquellos que aún permanecían fuera, constituyó un enlace vital entre los monasterios y el medio ambiente secular. Con frecuencia, la aceptación como novicio estaba estipulada en actas de donación, haciendo caso omiso de la clase o valor del regalo. De esta forma, el donante y su familia deben haber experimentado un sentimiento de identificación con los monjes, mientras que éstos respondían con un sentido de responsabilidad hacia aquellos que los habían ayudado. Los numerosos casos posteriores de donaciones compensadas, que obligaron a las abadías a asegurar la subsistencia del donante mediante anualidades, pensiones, comida o ropa, no deben ser considerados como una simple transacción comercial. Reflejaban la atmósfera envolvente de confianza e interdependencia mutuas.
También era frecuente que aquellos que necesitaran algo más que una ayuda económica fueran aceptados dentro de la comunidad monástica brindándoseles amparo, e incluso prestándoseles servicios personales. Hacia el año 1200, un hombre al que le habían sacado los ojos siendo rehén, otorgó sus tierras a los monjes de Margam, en Gales, después de lo cuál, fue aceptado como hermano lego en el monasterio, donde «vivió con mayor seguridad todos los días de su vida». Otros fueron recibidos como «corrodians», caso éste el de Juan Nichol, admitido en Margam en 1325. Donó sus tierras a los monjes, y a su vez, fue empleado como «escudero libre», con derecho a tres hogazas de pan, un galón diario de la «cerveza fuerte» de los monjes y otros beneficios, mientras viviera.
En la abadía catalana de Poblet, la clase de pequeños donantes o benefactores, los donats, constituyeron un grupo especial dentro de la misma. Vivían en casas aparte, fuera de la clausura. Después de la muerte de sus esposas, podían optar a ingresar como hermanos conversos. Si el donat fallecía antes, el monasterio mantenía a su esposa e hijos.
Estos donati, familiares, en ocasiones oblati, aparecen en tantos cartularios, que su número y papel debió haber sido importante en la mayoría de las abadías. Las referencias que se encuentran en las primeras crónicas de los Capítulos Generales son algo ambiguas, pero se desprende con facilidad, por la legislación posterior (1213, 1233), que su admisión se transformó pronto en un acto de cierta solemnidad. Renunciaban ante el abad al derecho de retener cualquier propiedad, prometían obediencia y, a cambio, se les prometía la misma comida, bebida y ropa de los monjes y se los acomodaba en un dormitorio separado. Debían ayudar a los hermanos en los trabajos manuales o en el cuidado de las fincas del monasterio. Llevaban una vestimenta distintiva, y hasta alguna forma de tonsura.
La importancia de los familiares creció proporcionalmente con la desaparición de los conversos, hacia fines del siglo XIII, su número había aumentado tanto, que llegaron a crear problemas disciplinarios en varias comunidades. El Capítulo General de 1293 ordenó que, «debido a la confusión que causaba frecuentemente el excesivo número de tales personas… no se les debe permitir en modo alguno (a los familiares) el uso del hábito y la participación de los bienes materiales, sin el permiso especial del susodicho Capítulo». La institución sobrevivió a la Edad Media, aunque con frecuencia se los designó como «prebendados».
A pesar de que los cistercienses no desearon desempeñar ningún papel en las instituciones feudales, parece que, en algunos casos en que era evidente el bien de los campesinos vecinos, algunos abades asumieron la responsabilidad de protector o abogado. El caso de Acey, fundado por Cherlieu en 1136 en el Franco Condado, es interesante. Poco después, un tal Girard de Rossillon dio su casa, con el resto de su propiedad, a la abadía, pero simplemente siguió el ejemplo de otros catorce miembros de la misma comunidad rural, quienes ofrecieron todo lo que tenían al abad Guido de Cherlieu en un acto aparente de «encomienda», este último devolvió de inmediato la tierra a sus donantes, con su promesa de protección. Es evidente que esto constituía un procedimiento de rutina feudal, por el cual propietarios libres de tierra alodial reconocían el señorío del abad aunque se desconocen las razones que motivaron tal acto, y las verdaderas obligaciones derivadas del mismo. Sin embargo, parece cierto que la comunidad campesina actuó libremente, como una expresión de preferencia por un protector monástico, y de aprecio hacia la abadía recién fundada.
Después de la virtual desaparición de los conversos y de la gran reducción en el número de monjes, las abadías dependieron cada vez más de la ayuda de los seglares, ya sea como trabajadores o encargados. Las estadísticas que nos han llegado, relacionadas con nueve casas cistercienses inglesas en vísperas de la Disolución, muestran que, mientras el número total de los monjes profesos era solamente de 108, empleaban a casi 300 laicos. Entre las nueve abadías, Biddlesden sola tenía cincuenta y un sirvientes, y Stoneleigh daba trabajo a cuarenta y seis. En la mayoría de los casos, la lealtad de los empleados seglares siguió inquebrantable hasta el final. Cuando el Conde de Sussex investigaba el grado de intervención de la abadía de Whalley en la «Peregrinación de la gracia», se quejaba de que no le era posible reunir pruebas, debido al «gran número de hombres mantenidos por el abad».
En Inglaterra, como en el resto de Europa, al finalizar el medioevo, el personal del monasterio se reclutaba en las ciudades vecinas, y entre la clase media local que conservaba un agudo interés por los asuntos de los monjes, especialmente cuando se realizaban elecciones abaciales. Las dos últimas elecciones en Furness antes de la Disolución, por ejemplo, fueron decididas por la vigorosa intervención laica. Décadas de intrigas sucedieron a la elección de Alejandro Banke en 1497, y sus oponentes trataron de despojarlo de su cargo. En un momento dado, dicho abad se vio obligado a defender su posición con un ejército privado de trescientos partidarios. No es de extrañar, que haya dejado como estela una deuda importante, agravada por pensiones, anualidades o sobornos manifiestos, dados a un cierto número de oficiales reales y potentados locales.
La hospitalidad, tradicional servicio monástico, constituyó otro eslabón entre las abadías cistercienses y la sociedad. La primitiva legislación de la Orden recalcaba esta virtud, especialmente en beneficio de los monjes y clérigos de viaje, aunque a los viajeros laicos se les ofrecía comida y albergue con la misma generosidad. Muchas abadías tenían una hospedería para visitantes, algo apartada de los edificios conventuales. De acuerdo con los libros de cuentas de la casa inglesa de Beaulieu, era raro que ésta no tuviera huéspedes. Estaba cuidadosamente especificada la calidad y cantidad de la comida que se les servía, así como las tareas de los hermanos encargados de atenderles. A los familiares de los monjes se les permitía realizar tres o cuatro visitas al año, de dos días cada una. El gasto para alimentarlos debió haber sido elevado, porque se estableció que si los huéspedes quisieran permanecer por más tiempo, debían alimentarse por sí mismos.
Las visitas de los reyes o de otros potentados de la sociedad civil o religiosa resultaban particularmente gravosas. En tales ocasiones, se servía comida y bebida con liberalidad, aunque, por lo menos hasta mediados del siglo XV, los huéspedes, cualesquiera que fuera su posición, debían observar la regla de abstinencia perpetua. A petición del abad de Maulbronn, en Alemania, el Capítulo General de 1493 le permitió específicamente servir carne «sin escrúpulos de conciencia, porque, como establecía el Capítulo, la abadía recibía con frecuencia huéspedes distinguidos, hombres de letras, nobles y magnates, que no sólo honraban al susodicho monasterio, sino a toda la Orden». Es fácil comprender, por estas observaciones, que los visitantes de rango y posición social elevada recibían mayor atención y mejor aposento que los caminantes ordinarios.
Se hicieron regalos o se otorgaron fondos para las hospederías, como reconocimiento de los servicios y de los sacrificios económicos que significaban. En 1269, el obispo Hermann de Schwerin otorgó cuarenta días de indulgencia a todos aquellos que hicieran donaciones para mantener la casa de huéspedes de la abadía de Doberan, «dado que los monjes llevan una carga muy pesada de gastos a causa de los huéspedes y viajeros». En 1233, la abadía de Saint Mary, en Dublín, separó algunas rentas eclesiásticas «para uso de los pobres y para la manutención de los huéspedes». El abad de Basingwerk, en Gales, se excusaba en 1346 ante Eduardo III, por no haber pagado un subsidio exigido, refiriéndose a la situación del monasterio cerca de un camino muy transitado, circunstancia que determinaba grandes gastos en concepto de hospitalidad. En vísperas de la Disolución, se apeló a Enrique VIII por parte de la abadía de Quarr que, de acuerdo con la petición, debía ser conservada como hospedería para viajeros y marineros pobres. Al mismo tiempo, se decía de la abadía irlandesa de Saint Mary que era como «un albergue común» de todos los que buscaban hospitalidad, mientras que se referían a los monjes «como administradores» de beneficios, «que ayudaban a muchos pobres, estudiantes y huérfanos».
Además de la buena acogida habitual, muchas abadías cistercienses mantenían hospitales, en especial para los enfermos pobres de la vecindad, aunque normalmente los monjes no practicaran la medicina más allá de administrar los remedios caseros comunes. Ya por el año 1197 Zwettl, en Austria, sostenía un «hospital para pobres». En 1218, el establecimiento se mudó a un edificio espacioso, cerca de la portería de la abadía, que contaba con una capilla. El hospital estaba espléndidamente dotado, con capacidad para albergar a treinta enfermos necesitados, bajo el cuidado de diez empleados. El conde Sigfrido de Blankenburg instituyó un fondo para el hospital de la abadía alemana de Michaelstein en 1208. El Capítulo General de 1218, no sólo aprobó el hospital «para el cuidado de los pobres», sino que insistió también en que debía permanecer bajo la administración del propio personal de la abadía. Himmerod mantenía en 1259 un «hospital para pobres», financiado con fondos y donaciones especiales. Además de los aldeanos y peregrinos enfermos eran aceptadas también algunas personas ancianas, como un viejo soldado, a quien el abad invitó a pasar allí el resto de sus días, por el año 1300. De acuerdo con los datos recopilados por Franz Winter, en un cierto número de abadías cistercienses alemanas, entre ellas Pforta, Altzelle, Chorin, Volkenrode, Kamp, Reifenstein y Walderbach, funcionaron instituciones similares durante el siglo XIII.
Un número similar de abadías inglesas se ocuparon de cuidar a los enfermos y desamparados. El libro de cuentas de Beaulieu hacía referencias, hacia fines del siglo XIII, a una enfermería, donde se atendía, entre otros, a los servidores enfermos de la abadía. Los pobres que fallecían eran enterrados por los monjes, que disponían también de sus magras pertenencias. Meaux, durante el abadiato de Michael Brun (1235-1249), recibió una donación importante para «el mantenimiento de un hospital para seglares», aunque el benefactor exigía que se le regalara un par de guantes blancos cada Pascua, sumados a cierta compensación monetaria. El hospital de Newminster recibió una cierta cantidad de donaciones importantes, algunas específicamente «a fin de conservar la lámpara que está ardiendo en la enfermería de los seglares, para comodidad de los pobres de Cristo allí internados». Otras abadías de Inglaterra, tales como Fountains, Furness, Holmcultram, Pipewell, Rieval, Robertsbridge, Sawley, Sibton y Waverley, mantuvieron hospitales similares.
En Escocia, Melrose, Cupar y Kinlos regentaron hospitales que podían albergar entre ocho y diez internados. En el siglo XIII, la abadía galesa de Strata Florida tenía una hospedería bajo el cuidado de los monjes, en «las zonas de los leprosos». El cartulario de la casa francesa de Gimont nombraba en 1187 a un monje, Arnaldo, enfermero en la hospedería de la abadía. En 1206, otro monje, Guillermo, ejercía como «enfermero de los pobres». En 1222, un tal Antonio de la Crose hizo una donación, mientras se encontraba enfermo «en el hospital de la abadía de Gimont». Villers, en Brabante, tenía un bien provisto «hospital para pobres», bajo la dirección de un converso, en el siglo XIII.
Entre los estatutos del Capítulo General de 1490, se encuentra una referencia muy posterior a un hospital. La abadía sajona de Buch anunciaba que el hospital regentado por los monjes atravesaba graves dificultades económicas, porque los fondos que habían sido destinados «para mantener a cierto número de pobres» ya no era suficiente, a la vez que las reducciones provocaban las ruidosas quejas de los pacientes necesitados. En respuesta, el Capítulo nombró para una investigación a tres abades de monasterios vecinos, quienes tenían amplios poderes para adoptar las medidas que juzgaran convenientes.
Por último, la posibilidad de recibir atención médica en las ciudades en desarrollo disminuyó la importancia de los hospitales monásticos, aunque algunas abadías continuaron regentando centros sanitarios hasta la Revolución Francesa.
La antigua enfermería de la próspera Orval (después de 1715 bajo el régimen austríaco) fue reemplazada en 1761 por una estructura espaciosa, con tres salas: una para los monjes profesos, otra para los conversos y la tercera para los numerosos servidores y empleados seglares de la casa. Tenía capilla y cocina propias, un clínico residente y dos asistentes proporcionaban atención médica, y podía cubrir las necesidades de unas ciento veinte personas.
Sin embargo, Orval debe su reputación como centro de salud a su famosa farmacia, atendida por el legendario Hno. Antonio Périn (1738-1788), médico profesional que estudió en París; sus servicios alcanzaron a personas que vivían mucho más allá de los límites de la propiedad abacial. Cultivaba un jardín de hierbas medicinales, y seleccionaba personalmente muchas de las raíces, hierbas y flores que necesitaba; otras las adquiría, generalmente en Lieja. Todo se preparaba en su laboratorio; sus productos más divulgados eran pociones y tinturas, entre ellas el «agua de Orval», que se suponía efectiva en un número prodigioso de enfermedades, tanto mentales como físicas. Su fama creció extraordinariamente, gracias a su éxito en 1777, cuando luchaba contra una epidemia de fiebre tifoidea muy difundida. Los negocios de la farmacia eran muy prósperos. Solamente en el año 1788, se vendieron a personas de fuera 5.638 florines en concepto de medicinas, mientras 506 florines de remedios se repartieron gratuitamente entre los pobres.
Durante toda la Edad Media, la ayuda a los pobres fue una tarea reconocida de la Iglesia, y de acuerdo con todas las indicaciones, la Orden cisterciense aceptó gran parte del peso que significaba aliviar a los que sufrían necesidades materiales. La distribución de limosnas se realizaba en la portería de cada abadía, bajo la mirada vigilante del portero. Siempre tenía a su disposición pan y otros comestibles con tal fin, pero, de acuerdo con el Capítulo General de 1185, también se distribuía entre los necesitados ropa y calzado usados. Hasta Gerardo de Gales, crítico acerbo de los cistercienses, reconoció la generosidad de la Orden con los pobres. Decía que «los monjes, aunque sean de lo más sobrio para sí mismos, exceden a todos los demás en su caridad desbordante hacia los pobres y los viajeros». Citaba como ejemplo a la abadía galesa de Margam, que en 1189 envió un buque a Bristol en procura de trigo «para una gran multitud de mendigos».
El formulario de Pontigny del siglo XIII, que ofrece ejemplos de cartas de visita, insistía en que el portero debía tener siempre a mano limosnas para distribuirlas entre los pobres, incluyendo ropa usada y, por lo menos, cien hogazas de pan, que la panadería de la abadía enviaba diariamente. El mismo documento exigía que, en un edificio separado, hubiera siempre un cierto número de camas disponibles para los pobres que necesitaran alojarse allí.
El libro de cuentas de Beaulieu de fines del siglo XIII detallaba las obligaciones del portero, relativas a la distribución de las limosnas. Parece que la atención de los pobres estaba bien organizada, y que los necesitados sabían de antemano no sólo el horario, sino también la clase de ayuda que podían esperar. La distribución de alimentos tenía lugar tres veces por semana y, todas las noches, trece pobres eran acomodados para pernoctar en la hospedería de la abadía, mientras otros tres eran tratados como huéspedes del abad. El Jueves Santo se agregaba un penique a las limosnas acostumbradas. Durante la cosecha, se hacía trabajar en los campos a todos los pobres que estuvieran en condiciones de ganar su pan. El monje a cargo del guardarropa de la abadía tenía la misión de reunir la ropa usada para los necesitados.
En Meaux, durante los siglos XIII y XIV, varios talleres de la abadía contribuían regularmente al alivio de los pobres. El maestro de la tenería debía proporcionar cada año veinte cueros de buey o de vaca, bien curtidos, para su calzado. En el taller donde se trabajaba la lana se separaba tela completamente terminada por valor de 18 chelines, con propósito similar, mientras que, diariamente, se distribuía entre ellos la décima parte del queso recibido de la vaquería de Felsa.
Aunque no parece haber sido una excepción la contribución de las abadías inglesas para mantener a los necesitados, Whalley, en 1535, distribuyó en limosnas un total asombroso de 122 £, que significaban el 22% de los ingresos de los monjes. De esta cifra, se gastaron 41 £ para mantener a veinticuatro menesterosos dentro del monasterio, 63 £ se separaban para la distribución semanal de granos, y 18 £ se repartían por Navidad y jueves Santo. Por el mismo tiempo, Furness cuidaba a trece necesitados y otorgaba limosnas semanales a ocho viudas pobres; Stanley albergaba a siete mendigos; y Garendon mantenía a seis personas incapacitadas. Un documento sin fecha del cartulario de Newminster combinaba una donación con la obligación de que los monjes dieran limosnas anualmente a los pobres para la fiesta de Santa Catalina, repartiendo a cada uno «dos tortas de avena y dos arenques».
Villers era muy notable por su generosidad, que se veía facilitada por las abundantes donaciones que recibía a tal fin. Durante el siglo XIII, el panadero de la abadía proveyó semanalmente de 2.100 hogazas de pan, que se distribuían diariamente entre los necesitados, congregados en gran cantidad en torno a la portería. Muchas donaciones por misas de aniversario en Villers y otras casas incluían sumas especiales para ser distribuidas entre los menesterosos en dichas ocasiones. En el siglo XIII, un donante en la abadía suiza de Hauterive, Humberto de Fernay, aportó 45 libras de Lausanne, con las cuales los monjes debían adquirir pan y queso para distribuirlo en la ciudad de Romont, entre 366 personas necesitadas, el lunes de Pentecostés. El rey Roberto I de Escocia legó 100 £ anuales a Melrose. Una parte estaba destinada a mejorar la dieta de los monjes, y otra para que el día de san Martín repartieran veinte trajes a otros tantos pobres, que ese día debían compartir la mesa de los monjes.
En hambres u otras calamidades los monjes compartían todo lo que tenían con los vecinos muy necesitados. En 1147, Morimundo alimentó a toda la vecindad por tres meses, hasta que pudieran recoger la cosecha. Se dice que, en 1153, Sittichenbach, en Alemania, salvó del hambre a 1.800 habitantes de la región. En 1316, Riddagshausen, también en Alemania, alimentó diariamente a 400 personas, salvándolas de morir de inanición. Algunos de tales incidentes quedaron para la memoria de la posteridad como hazañas legendarias de heroísmo. Por lo tanto, no siempre se puede confiar en las cifras referentes a la cantidad de personas mantenidas por los monjes. Es fácil que esto haya ocurrido en Melrose, en 1150; cuando se supone que los monjes distribuyeron diariamente alimentos durante meses entre 4.000 hambrientos, mientras las despensas seguían estando milagrosamente repletas.
Una costumbre inmemorial entre las abadías cistercienses fue el tricenarium, de los hermanos fallecidos. Esto significaba que los alimentos del monje recién fallecido se separaba durante treinta días consecutivos, y las porciones se daban a las personas necesitadas. Todos los años, un gran tricenarium seguía al cierre de la sesión anual del Capítulo General, el día de san Lamberto (17 de septiembre), cuando en todas las abadías de la Orden se daba comida a varios indigentes durante treinta días. Al lavatorio de los pies de los doce pobres, realizado por el abad el Jueves Santo, seguía también una comida para ellos.
La llegada a Cister de los abades participantes de las sesiones anuales del Capítulo General, constituía una ocasión especial para dar limosnas a gran escala. En esos días, los caminos que conducían a Cister estaban prácticamente obstruidos por los mendigos, reales o fingidos, que suplicaban monedas de los abades. Hacia 1240, la multitud se había vuelto tan ingobernable, que el Capítulo prohibió la distribución de limosnas a 3 km. de Cister. Por la misma causa, se desterró por completo la costumbre en 1260. En su lugar, el Capítulo instó a los abades a depositar sus donaciones dentro de una caja puesta cerca de la entrada de la sala capitular.
De acuerdo con todas las pruebas que poseemos, la repartición de limosnas fue algo natural en todas las abadías cistercienses, aunque hay que destacar que los monjes eran muy respetados como honestos distribuidores de las mismas, canalizando por lo tanto numerosos regalos y fundaciones destinadas a este fin. Por la misma razón, lo que se entregaba en las porterías monásticas reflejaba no sólo la caridad de los monjes, sino la generosidad de los benefactores. Siempre ha estado en discusión el porcentaje de las limosnas, considerado el total de los ingresos monásticos. En épocas de prosperidad para los cistercienses, puede haber llegado al 10%, aunque una cifra cercana al 5% parece ser una estimación más segura. Durante los siglos XVI y XVII, cuando los propios monjes experimentaron grandes penurias, tenían muy poco para destinar a la caridad.
Los cistercienses del siglo XII evitaron resueltamente verse involucrados en el cuidado pastoral de las comunidades campesinas vecinas, aunque los sacerdotes de la Orden administraron siempre los sacramentos a los conversos y jornaleros que trabajaban en las granjas monásticas. Las primeras aceptaciones «ilegales» de iglesias, no significaban necesariamente que fueran atendidas por sacerdotes cistercienses. La abadía se convertía simplemente en el patrón de la iglesia, obligada a contratar un sacerdote secular, y pagarle su salario. En algunas fundaciones, no obstante, fue inevitable desde el comienzo la implicación directa en el trabajo pastoral. San Galgano, en Monte Siepi (diócesis de Volterra), había sido un santuario popular, mucho antes de 1201, cuando los monjes de Casamari hicieron la fundación cisterciense.
El abad de Poblet recibió en 1221 de Honorio III el status cuasi-episcopal de nullius, que implicaba una extensa actividad pastoral a causa de su situación fronteriza y su jurisdicción sobre un número de aldeas. Circunstancias locales deben haber impuesto también actividades pastorales a un cierto número de abadías, porque, en 1234, el Capítulo General repitió con energía la prohibición de que los monjes trabajaran en parroquias, y ordenó su in mediante retorno a los monasterios. Al año siguiente, se repitió la misma reglamentación, con el añadido de que las capillas que ya estaban en posesión de una abadía debían ser atendidas a base de sacerdotes seculares. En 1236, el Capítulo volvió otra vez al mismo tema, declarando que las abadías que habían administrado capillas antes de unirse a la Orden, podían retenerlas, siempre y cuando los abades contrataran clérigos seculares para su atención. No obstante, en el mismo estatuto se establece una excepción para Les Dunes y Ter Doest – «ambas con capillas en varias islas en el mar» –, donde debido al completo aislamiento, los fieles contaban exclusivamente con el ministerio de los monjes. De acuerdo con esto, se nombraron tres sacerdotes cistercienses en cada capilla, para servir «a gran número de hermanos legos y personas seglares».
Es probable que esta concesión estuviera inspirada en permisos papales previos a abadías concretas. En 1232, Gregorio IX permitió a los monjes de Cwmhir (Gales) administrar los sacramentos a sus servidores y arrendatarios, porque debido a la localización montañosa de la abadía, no podía llegar allí ningún sacerdote secular. Holy Cross (establecida en 1180 en Irlanda) fundó varias capillas en sus propios terrenos y, del siglo XIII en adelante, la mayoría de las parroquias vecinas fueron atendidas por los mismos monjes. La actividad pastoral recibió nuevo impulso cuando, a consecuencia de la cruzada de Ricardo I, se depositaron en la abadía reliquias de la Santa Cruz, transformando la modesta casa en uno de los santuarios más visitados del país.
En Saint Urban (Suiza), la actividad pastoral comenzó alrededor de 1280, con la adquisición del Santuario de Freibach. Hacia comienzos del siglo XVI, la abadía tenía derechos de patronato sobre diez iglesias parroquiales y buen número de capillas, la mayoría de las cuales estaban atendidas por el clero secular, pero en las cuatro iglesias más cercanas a la abadía los propios monjes cuidaban de la feligresía.
Meaux, bajo el abad Roger (1286-1310), recibió una importante donación para misas de aniversario y una capilla en Ottringham. Sus condiciones estipulaban oficios solemnes y perpetuos en beneficio de los miembros difuntos de la familia del donante. El abad aceptó el regalo, y envió siete monjes a la capilla mencionada, que se establecieron en un lugar llamado posteriormente «Monkgarth». Pero esta casa retirada se vio envuelta en incidentes motivados por escandalosas faltas de disciplina, con tanta frecuencia, que sus habitantes tuvieron que ser llamados de nuevo a la abadía. Durante el siglo XIV, varias abadías renanas emprendieron con tanta intensidad trabajos pastorales, que el Capítulo General decidió intervenir. En 1393, el abad de Morimundo, en su visita regular, halló que muchos monjes de Camp, Altenberg y Heisterbach vivían en parroquias, y ordenó su inmediato retorno a las abadías.
A pesar de las frecuentes protestas del Capítulo, los monjes continuaron con el servicio pastoral directo de los fieles, especialmente, cuando razones económicas exigían esos servicios. Tal fue el caso de Silesia, donde todas las abadías cistercienses quedaron tan devastadas durante la guerra de los husitas, que resultaron incapaces de albergar y alimentar a sus propios miembros. Muchos monjes sólo pudieron encontrar una subsistencia segura en las parroquias. En la segunda mitad del siglo XV, las seis abadías de Silesia proveían todas con su propio personal a las parroquias y, entre ellas, Leubus y Kamenz contaban diez iglesias cada una.
Por último, en 1489, hasta el Capítulo General llegó a aceptar la costumbre inevitable. Aunque un nuevo estatuto repetía que los monjes no deberían comprometerse en la «cura de almas», se otorgaba permiso para atender a iglesias y capillas ya incorporadas por las abadías.
Austria fue el país donde el trabajo pastoral terminó por absorber las energías de un número importante de monjes sacerdotes. Ya en el siglo XIII, la mayoría de las once abadías austríacas poseían iglesias y, en el siglo XIV, gozaban de todos los derechos de patronato sobre las mismas. Bonifacio IX permitió en 1399 a Zwettl instalar a cistercienses como párrocos perpetuos en las iglesias de la abadía. La tendencia prosiguió y, hacia el siglo XVII, la mayoría de las iglesias cistercienses estaban atendidas por monjes de la Orden. En 1758, sobre un total de trescientos diecisiete sacerdotes en la provincia austríaca, setenta y cinco se ocupaban activamente en tareas pastorales. Hacia 1780, el número de parroquias cistercienses en ese país había aumentado a setenta y tres. Entre 1780 y 1790, bajo la presión del gobierno de José II, la Orden tuvo que asumir las responsabilidades de cuarenta y cinco iglesias adicionales.
Además de los trabajos de rutina del cuidado pastoral, a partir del siglo XIII, muchas abadías cistercienses formaron y dirigieron variedad de confraternidades y sociedades piadosas. La organización comenzó con una lista de benefactores con derechos a compartir ciertos beneficios espirituales de la Orden, tales como misas de aniversario y oficios especiales por los difuntos. Himmerod, en el siglo XIII, tuvo dos listas de nombres, uno para los donantes más prominentes en una «confraternidad plenaria» y la otra de benefactores menos importantes, que formaban la «confraternidad común». Al comienzo, ambas listas estaban constituidas en forma predominante por miembros de la nobleza, pero su composición tomó finalmente su carácter cada vez más burgués. Ser miembro de la «confraternidad plenaria» implicaba la transferencia de todos los bienes del donante a la abadía (aunque retenía el usufructo de los mismos de por vida), a la vez que prometía no volverse a casar después de la muerte de su esposa, y si era soltero, continuar en el celibato hasta el resto de sus días. Después de 1440, existió en Himmerod una cofradía de los Hermanos Difuntos (Totenbruderschaft), a cuyos miembros se prometía un cierto número de misas después de su muerte y una participación en los méritos de las oraciones de los monjes. Sus miembros hacían sus devociones en una capilla especial, bajo la guía de un monje, que servía de maestro. Se responsabilizaban de la decoración de los altares, y proveían de determinada cantidad de candelas. Por el mismo tiempo, existía en Kamp una organización similar, pero más amplia.
En muchas abadías, el número de misas de aniversario creció hasta alcanzar cifras prodigiosas, que imponían una pesada carga a los sacerdotes del monasterio. En 1448, el Capítulo General prohibió la ulterior aceptación de misas perpetuas de aniversario sin la autorización del Capítulo, «no sea que los monasterios estén sobrecargados o las almas de los muertos sean, de alguna forma, defraudadas».
En 1144, un pastor tuvo una visión de catorce personas rodeando y adorando al niño Jesús en un predio de la abadía bávara de Langheim. Tres años más tarde, se erigió en ese sitio un santuario en honor de los «Catorce Santos Auxiliadores en la necesidad» (Vierzehnheiligen). La comunidad cisterciense se vio pronto involucrada en esta devoción tan popular, que era compartida por otras casas de la Orden, tales como Raitenhaslach, Waldsassen, Kamenz, Neuzelle, Heinrichau y Grüssau. En dichas abadías, cediendo a la demanda popular, se dedicaron capillas y altares a los catorce santos, y se rezaban misas en su honor. Durante la Guerra de los campesinos de 1525, Langheim y Vierzehnheiligen fueron destruidas, pero el santuario ganó nueva popularidad en el siglo XVII. Centro de peregrinaciones, la magnífica iglesia barroca diseñada por el gran Baltasar Neumann y consagrada en 1772, atestigua todavía el vigor del movimiento piadoso que apadrinaban los cistercienses.
En Suiza, Saint Urban fue otro centro de devoción popular. En 1231, se organizó para los benefactores la Confraternidad de San Bernardo y, en el siglo XVII, la Sociedad del Escapulario. Freibach centró también una confraternidad piadosa fundada por el gremio de los herreros de Emmental y Oberaargau. En la primera mitad del siglo XVII, unos setenta maestros del gremio participaban en las peregrinaciones anuales a Freibach.
En 1226, Fürstenfeld, otra gran abadía bávara, recibió la aldea de Inchenhofen y, con ella, el santuario que honraba a san Leopardo. Sacerdotes de la comunidad se hicieron cargo de la iglesia, cuya popularidad aumentó cada vez más durante el siglo XIV. En 1401, Bonifacio IX autorizó a diez cistercienses de Fürstenfeld a confesar en el santuario. La misma abadía erigió en 1414 otro santuario honrando a san Willibaldo, al mismo tiempo que promovía la veneración de la Santa Cruz en una parroquia de su propiedad.
En los siglos XV y XVI, el Capítulo General apoyó gustosamente las sociedades piadosas que eran tan populares en Francia como en Alemania. En 1491, dio su bendición a la Confraternidad de san Sebastián, patrocinada por el abad de Theuley, cerca de Besançon, prometiendo a sus miembros compartir los méritos de las oraciones de los monjes y de las buenas obras realizadas en todas las abadías de la Orden. En 1494, se otorgaron beneficios similares a la Confraternidad de los Siete Gozos de la Santísima Virgen, organizada por La Ferté. En 1520, se favoreció de igual modo a una sociedad devota que honraba a santa Margarita, san Antonio y san Leonardo, en la abadía alemana de Schönthal.
Bajo el abad Nicolás Wydenbosch (Salicetus), la casa alsaciana de Baumgarten se convirtió en un floreciente centro de devoción. A petición del abad, el Capítulo General de 1488 otorgó a todos los miembros de la confraternidad de la Inmaculada Concepción el derecho de participar del tesoro espiritual de la Orden. Muchos miembros de la Confraternidad pertenecían al círculo de devotos burgueses de Berna, ciudad natal del abad.
Las reformas monásticas del siglo XVII, incluyendo la Estricta Observancia, miraban con recelo la actividad pastoral de los monjes fuera de sus abadías. Su desaprobación halló eco en el Capítulo General de 1672, que presentó una apelación a la Santa Sede, rogando a las autoridades que no confiaran a los cistercienses ningún título o posición que significara un ministerio activo. El Capítulo de 1683 deliberó sobre el mismo tema, y propuso retirar a todos los cistercienses que trabajaran en parroquias. Pero, a la sazón, tales tareas estaban tan profundamente arraigadas en las tradiciones de muchas abadías, especialmente las ubicadas en países de habla alemana, que no se podía esperar ningún cambio notable.
Las tendencias devocionales del barroco pusieron nuevo énfasis en las sociedades piadosas y las peregrinaciones, lo que dio por resultado una actividad pastoral cisterciense cada vez mayor. Bajo el abad Roberto de Namur (1647-1652), los monjes de Villers se ocuparon de la dirección espiritual de trece monasterios femeninos afiliados. Unos veinticinco monjes estuvieron ocupados en éste y otros tipos de actividad pastoral hasta el final del siglo XVIII. Bajo la influencia de Aldersbach, en Baviera, el culto de la Santísima Virgen se difundió en cuatro santuarios, que llegaron a ser muy populares en los siglos XVII y XVIII (Kösslarn, Rotthalmünster, Sammerei, Frauentödling).
Dentro del territorio de los Habsburgo, la veneración de san José logró gran popularidad, a causa de que el santo era patrón de la familia imperial. En 1653, se fundó una confraternidad de san José bajo los auspicios de la casa austríaca de Lilienfeld, que gozó de la más amplia expansión y de la mejor reputación hasta su disolución en 1781. Entre sus miembros, no sólo se encontraban masas de humildes pobladores rurales e incontables burgueses piadosos,. sino muchos miembros de la familia de los Habsburgo y encumbrados personajes de la jerarquía. Hacia 1755, el registro de la Confraternidad contaba con 215.000 nombres.
La Hermandad de san José, fundada en 1688 por Grüssau, en Silesia, ganó popularidad semejante. En ella se alistaron tanto individuos como comunidades, de tal manera que, al concluir el siglo, estaban inscritos en los registros de la asociación no menos de 43.000 nombres. Las reglas exigían oraciones diarias al Santo, comunión mensual y dedicación de obras de caridad a pobres y enfermos.
Mientras que la educación de niñas en casas femeninas cistercienses fue una costumbre ampliamente aceptada, los primitivos estatutos del Capítulo General habían excluido a los niños de los monasterios masculinos. No obstante, parece que los talleres de muchas abadías prósperas atrajeron a un cierto número de adolescentes, que no tenían intención de convertirse en monjes, pero estaban interesados en aprender de los hermanos algún oficio. Estas costumbres eran toleradas, inclusive en el siglo XII, y el Capítulo de 1195 insistía simplemente en que los adolescentes admitidos como aprendices en los «talleres de tejedores, sastres y curtidores» tuvieran, por lo menos, doce años de edad.
El Capítulo de 1205 prorrumpió en invectivas contra ciertos abades de Frisia, cuyos nombres no se especifican, «que habían admitido para su instrucción niños menores de quince años». De acuerdo con las estrictas reglas de la Orden (esos abades), merecían ser depuestos; sin embargo, suponiendo que todavía no pudieron recibir las definiciones (pertinentes), están, por el momento, absueltos». La misma admonición se hizo al abad de Ile-en-Barrois, cerca de Toul, y fue repetida «en forma irrevocable» en 1206. Una de esas abadías «delincuentes» pudo haber sido Adwert, en Frisia occidental, que en el siglo xlv mantenía una «Escuela Roja» (Schola rubea) para niños. Debió haber estado muy concurrida, porque a causa de la Peste Negra, en 1350, murieron allí veintinueve estudiantes. En la época de la Reforma, la misma institución gozaba de merecida fama en todo el país. De acuerdo con algunas indicaciones, otros monasterios de los Países Bajos, como Nizelle, Boneffe y Moulins, contaban también con establecimientos educativos antes de la Reforma.
En el siglo XV, Saint Urban, en Suiza, creció hasta convertirse en un centro renombrado de estudios humanistas. El abad Nicolás von Hollstein (1441-1480), natural de Basilea, fundó la «Escuela abacial», que alcanzó su total desarrollo bajo el abad Sebastián Seemann (1534-1557), cuando empleó a algunos de los mejores maestros de su país. En la visita regular de 1579, el abad general Nicolás Boucherat I halló en la abadía a «doce adolescentes, que recibían instrucción en gramática».
En Inglaterra, antes de la Disolución, Furness tenía una escuela de gramática y de canto para niños (schola cantorum), que eran pupilos dentro de la abadía; y Biddlesden alojó nueve niños en circunstancias similares. Newminster tenía cuatro niños de coro; mientras Waburn albergaba a tres con su maestro. En Ford, un tal Guillermo Tyler, maestro de arte, disfrutaba de casa, comida y una anualidad respetable por enseñar gramática a los adolescentes que vivían en la abadía, y clases de Biblia para los monjes.
Zwettl, en Austria, formó un coro de niños en el siglo XV. Esta institución sobrevivió la Reforma y las guerras religiosas y, bajo el abad Bernardo Link (1646-1671), el número de niños, que estaban allí como pupilos y recibían instrucción en forma gratuita, alcanzó a treinta. La tradición se ha continuado hasta el presente: los «Zwettler Sängerknaben» (Niños Cantores de Zwettl) gozan de una bien merecida fama internacional.
Siempre había sido excepcional que los cistercienses mantuvieran instituciones educativas antes del siglo XVIII. La generalizada actitud prohibitiva se transformó, sin embargo, en un intenso interés bajo el impacto de la filosofía utilitaria de la Ilustración. La abadía silesa de Rauden fundó un seminario y escuela de Latín en 1743, bajo la benévola mirada de Federico II. La mayoría de los estudiantes eran pupilos en el monasterio, donde la formación para el sacerdocio era la principal preocupación de los monjes. Antes de la supresión de la abadía en 1810, los registros de la escuela incluían 2.000 estudiantes, de los cuales cerca de 500 llegaron a ser sacerdotes. También en otras abadías alemanas cistercienses fueron bastante comunes instituciones similares.
La supresión de la Compañía de Jesús en 1773, constituyó un poderoso incentivo para que los cistercienses dirigieran escuelas abandonadas por los jesuitas. Gotteszell, en Baviera, que, antes de esa época, mantenía un modesto establecimiento educativo, tomó a su cargo el gymnasium de Burghausen, que anteriormente perteneciera a los jesuitas. El mismo desafío indujo a muchas abadías en el Imperio de los Habsburgo a dedicarse a la educación, que se convirtió durante el siglo XIX en la ocupación dominante de la mayoría de sus miembros.
Las operaciones bancarias fueron un servicio social un tanto inesperado, prestado por muchas abadías cistercienses medievales. La forma más común era el depósito de dinero o la custodia de objetos valiosos confiados a los monjes por seglares. El Capítulo General no formuló objeciones, pero pronto sintió la necesidad de reglamentar el limite de las responsabilidades a asumir. Un estatuto de 1183 decretó que debía haber tres testigos cuando se aceptaran sumas mayores de 100 sueldos. Aunque se tomaran todas las precauciones para la seguridad del depósito, los monjes no se harían responsables en caso de pérdidas. De acuerdo con otro estatuto promulgado en 1195, debían ser expulsados los monjes o conversos que no administraran los fondos honradamente.
La frecuente reinversión como préstamos del dinero depositado fue signo de las condiciones económicas cambiantes. El Capítulo de 1209, empero, prohibió terminantemente estas prácticas, a menos que las permitiera el propio depositante.
La historia llena de color de las abadías galesas pueden darnos algunos ejemplos concretos de ello. Dore y Margam operaban en gran escala. En 1187, un tal Guho de Hereford pidió prestada una gran suma para pagar su liberación del cautiverio. En éste, como en otros casos similares, los monjes exigieron garantías, tales como joyas, hasta que la suma fuera devuelta. Las dos abadías actuaron también como recaudadoras de impuestos en el siglo XIV, recibiendo y custodiando diezmos, ya sea en nombre del clero o de la tesorería real. Dore recaudó y retuvo entre 1328 y 1329, 700 £, gastadas finalmente en la manutención de la reina Isabel, madre de Eduardo III. En 1320, Margam pidió ser excusada de dichas responsabilidades, porque la abadía no tenía medios para guardar el dinero en forma segura.
Estos servicios tenían sus peligros e inconvenientes. En Inglaterra, durante el reinado de Eduardo II (1307-1327), los monjes de Stoneleigh aceptaron la custodia de grandes sumas de los Despenser, poderosa familia que gozaba del favor real. Un grupo de sus enemigos, dirigido por el Conde de Hereford, se enteró de las transacciones, irrumpió en la abadía y se llevó 1.000 £ en efectivo, a más de oro y plata por valor similar.
Poblet se encontró con frecuencia convertida en banquero real. La abadía comenzó a prestar sumas de dinero a los reyes de Aragón, hacia la década de 1170. Al comienzo, esos créditos sirvieron para financiar las guerras contra los moros, pero posteriormente, en el siglo XIII, Jaime I (1213-1276) recibió préstamos cuando estaba por atacar a Mallorca y Valencia. En 1258, la abadía otorgó 40.000 solidi de Barcelona a Pedro el Grande para organizar las defensas contra una esperada invasión francesa.
A partir de 1257, y casi durante un siglo, San Galgano proveía de conversos que actuaban como supervisores en la administración de la ciudad de Siena. Todavía se conservan los libros de cuentas de la ciudad, ricamente ilustrados, donde se ve con frecuencia la figura encogullada de los hermanos como elemento decorativo. Los abades cistercienses, como administradores de grandes extensiones de tierra en la época feudal, debieron actuar con frecuencia como jueces en casos que involucraran a sus servidores. Perteneció siempre al abad la jurisdicción criminal sobre monjes y hermanos legos, y el Capítulo General siempre defendió en forma enérgica este privilegio. Por otro lado, el mismo Capítulo se oponía firmemente a que las abadías tuvieran jurisdicción sobre seglares, aun cuando éstos fueran empleados de la misma. El Capítulo de 1206 declaraba terminantemente que «ningún abad podía ejercer la jurisdicción secular por medio de monjes o hermanos, porque tales incidentes traen aparejado gran escándalo para toda la Orden». Presumiblemente, el «abogado» secular o episcopal de la abadía dispensaba justicia criminal para los seglares ocupados por la misma.
Sin embargo, en aquellos lugares donde las granjas primitivas se habían transformado en aldeas habitadas por arrendatarios seglares, resultó problemática la renuncia completa de la jurisdicción abacial sobre los procesos. El Capítulo General de 1240 habló sólo sobre los casos en que correspondiera pena capital, cuando establecía que: «a ningún (abad) se le permite ejercer jurisdicción que involucre derramamiento de sangre realizado por los monjes o hermanos; debemos dirigirnos a la justicia secular para poder sortear la amenaza de ladrones y malhechores».
Por último, e inevitablemente, los abades se convirtieron en responsables del mantenimiento de cortes de justicia señoriales, aunque un baile o mayoral terminó por presidir casos concretos. La jurisdicción de algunas abadías importantes, tales como Pontigny, se extendía a los delitos capitales y, a partir del siglo XV, se condenaba a muerte con frecuencia. Tintern, en Gales, también ostentaba derechos para «ahorcar y condenar a muerte o mutilación». Alrededor del 1200, Walter Map, atacando a la abadía, repetía el chisme acerca de un hombre al que los monjes habían «ahorcado y enterrado en la arena», después de haberlo encontrado robando sus manzanas. Basingwert mostraba una picota, una carreta y otros instrumentos de castigo, aunque la pena que se infligía con mayor frecuencia era una multa.
En 1348, un privilegio confirmó el derecho de Mellifont (Irlanda) a ejercer toda la jurisdicción criminal, incluyendo la pena capital, dentro de sus extensos dominios. En el mismo país se consideraba al abad de Holy Cross, como el «conde» del condado de la Cruz. El rey Juan reconoció el alto rango del abad, quien a menudo era invitado a sentarse en el Parlamento. Dado que cada condado tenía dos tribunales, la «corte del rey» estaba a cargo del fuero criminal, mientras que la «corte del conde», en este caso el abad, tenía jurisdicción civil sobre todos los individuos dentro del condado de la Cruz. La jurisdicción civil del abad permaneció sin ser cuestionada hasta la Disolución, bajo Enrique VIII.
Hacia fines del siglo XIV, el abad de Salem, en Suabia, ejercía autoridad judicial sobre nueve aldeas de la vecindad. Originariamente, su jurisdicción alcanzaba sólo a los delitos menores, mientras que los «cuatro grandes casos» (asesinato, robo, incendio premeditado y hurto), pertenecían al tribunal de los condes de Heiligenberg. Al mismo tiempo, unas pocas abadías alemanas, tales como Waldsassen y Doberan, ejercían la «alta justicia» en toda su extensión, la pena capital inclusive. La autoridad de Salem no se limitaba a la justicia criminal. El abad también tenía autoridad para promulgar órdenes, reglamentos y prohibiciones para las aldeas bajo su jurisdicción, especialmente en materia de industria, comercio y la regulación de los mercados locales. El Emperador Federico III le permitió, en 1470, recaudar impuestos y tributos a sus súbditos, lo mismo que exigirles prestaciones de trabajo y el servicio militar. El papel gubernamental de Salem descansaba en gran parte en su condición de «abadía imperial» (Reichsabtei) otorgada por el Emperador Carlos IV en 1354. En virtud de este privilegio, la abadía quedó bajo la autoridad inmediata del emperador, y el abad de Salem gozaba de los mismos derechos que los príncipes del imperio. El proceso de independencia administrativa alcanzó su plenitud en 1637, cuando se transfirió a la abadía la jurisdicción sobre crímenes capitales.
Quizá sea innecesario aclarar que la relación entre las abadías cistercienses y la sociedad circundante no transcurrió sin tensión y hostilidad ocasionales. Aparte de la validez de los cargos específicos, el mismo rápido crecimiento de la Orden provocó fuertes críticas entre todos aquellos que se veían amenazados, o por lo menos desfavorablemente afectados, por el éxito de los monjes. Los cistercienses continuaron adquiriendo tierra durante el siglo XIII, pero a un ritmo menos intenso, y esto coincidió con un notable crecimiento de la población rural, que a su vez producía un aumento en la demanda de tierras. Las grandes abadías tenían firmemente en sus «manos muertas» gran parte de la escasa tierra. Como su valor iba en constante aumento, había de provocar inevitablemente la desaprobación de los contemporáneos. La imagen de vastas posesiones monásticas en medio de una extensión de tierra, que iba disminuyendo en forma gradual, fue la principal responsable de los distintos cargos formulados contra los cistercienses durante el siglo XIII.
La envidia de los Monjes Negros y de otras organizaciones religiosas antiguas levantaron la primera ola de protestas. A ella se unieron luego los obispos, que objetaban contra la exención cada vez más amplia y las inmunidades fiscales de la Orden. Por último, muchas abadías cistercienses se encontraron rodeadas de grandes estados laicos, cuyos poderosos dueños utilizaron todos los medios para contener la expansión de las mismas.
Sumándose al primitivo antagonismo entre los Monjes Blancos y Cluny, alrededor de 1130, un canónigo de la catedral de Chartres, Payen Bolotin, dirigió un ataque demoledor contra todos los reformadores monásticos, pero en especial contra aquellos que «vestían el hábito blanco». Su obra era un poema satírico, en el que usaba de todas las libertades del género literario para proferir un aluvión de denuncias contra la avaricia, hipocresía, autoglorificación jactanciosa y vano deleite en las novedades por parte de los monjes. Según el encolerizado canónigo, todos esos vicios habían sembrado confusión en – la Iglesia, en tal grado, que uno se sentía forzado a mirar a los nuevos monjes como a falsos profetas apocalípticos.
La inmunidad respecto del pago de diezmos, unida a la efectiva adquisición de iglesias y los pedidos de exención, destruyeron pronto la primitiva relación amistosa entre las abadías cistercienses y los obispos vecinos. Las voces de crítica de la jerarquía encontraron eco vigoroso en Roma, y aun grandes amigos de la Orden, como Alejandro III, no dudaron en emplear un duro lenguaje para recordar al Capítulo General su misión de mantener la observancia de los primitivos ideales de Cister.
Una carta de Inocencio III al Capítulo General de 1214 contiene el catálogo más completo de los cargos en boga contra la Orden: debido a la falta de pago de diezmos, muchas iglesias parroquiales se habían arruinado; abadías ávidas de tierras habían hecho tan miserable la vida de sus vecinos, que éstos se vieron obligados a vender sus propiedades a los monjes; la Orden, a despecho de sus propias leyes, se ocupaba de comprar artículos de consumo para venderlos a mayor precio; ciertos monasterios, contra los ideales que profesaban, habían aceptado iglesias y desarrollaban actividad pastoral; y finalmente, las personas ricas podían comprar el derecho de ser enterradas en las iglesias cistercienses. Todas estas transgresiones, denunciaba el Papa, «estaban contra vuestros estatutos originales, que habéis relajado en éstos y en otros aspectos en tal grado, que a menos que se los restaure inmediatamente en . toda su integridad, se puede temer un desastre inminente para vuestra Orden».
El Capítulo General reaccionó a los cargos con una serie de reglamentaciones restrictivas, pero las críticas clericales no podían ser acalladas con una simple manifestación de buenas intenciones. Casi un siglo después (1284), el arzobispo John Pechan de Canterbury, un franciscano, adversario reconocido de los monjes, protestaba vivamente ante Eduardo I contra la transferencia de Aberconway a Maenan, argumentando que «el párroco ‘del lugar, lo mismo que muchas otras personas, experimentaban gran temor por la proximidad de los susodichos monjes. Porque, aunque ellos sean buenas personas, si Dios gusta, son los peores vecinos que puedan tener prelados y párrocos. Porque, donde apoyan el pie destruyen aldeas, quitan diezmos, y cercenan con sus privilegios todo el poder de los prelados».
La Orden sufrió una considerable pérdida de prestigio cuando estaba todavía en un proceso de vigorosa expansión, a causa de los cargos de los clérigos, inferiores en rango, pero más poderosos para influir en la opinión pública. Pertenecían a una nueva clase de propagandistas bien ilustrados y versátiles, que no vacilaban en sacar las mejores ventajas de sus habilidades literarias, nutridas en Horacio, Juvenal y Marcial, para atacar a sus enemigos, reales o imaginarios. Entre ellos, el mejor conocido fue Gerardo de Gales († 1223), un crítico acerbo de los monjes. Aunque fue huésped asiduo de los abades galeses, estaba convencido de haber sido menospreciado, y en desquite, recopiló anécdotas perjudiciales sobre ellos. Cinco de sus víctimas fueron cistercienses. Gerardo no estaba ciego a las virtudes de la Orden, pero repetía con vehemencia los cargos de avaricia, el habitual baldón usado por los rivales incapaces contra los monjes industriosos y frugales. Pensaba que los cistercienses franceses, en contraposición a sus cofrades ingleses, habían conservado mejor el espíritu inicial de la Orden. Los hábitos de estos últimos «se habían vuelto negros como hollín, con manchas que resistían a la habilidad del batanero, y a la fuerza de la lejía más poderosa».
Un contemporáneo y compatriota suyo, Walter Map († 1210) experimentaba un intenso desagrado por los cistercienses, en gran parte porque había sido perjudicado por los monjes de Flazley. También acusaba a la Orden de vergonzosa avaricia, pero sus cargos hicieron más daño porque pertenecía al círculo de allegados al séquito personal de Enrique III. Al siempre repetido pecado de avaricia, agregaba otros, tales como la crueldad con los habitantes de las aldeas destruidas por los monjes y la falsificación de títulos, por medio de los cuales los monjes violaban los límites de las propiedades legales de otras personas. No le causaron ninguna impresión el trabajo duro y la vida simple de los cistercienses, y sostenía que el habitante de las tierras altas de Gales llevaba una experiencia más austera y laboriosa.
Un tercer contemporáneo, Nigel Vireker († hacia 1207), monje de Christ Church, reproducía una versión más moderada de las críticas existentes en su satírico Espejo de Tontos (Speculum Stultorum). Estaba dispuesto a reconocer la laboriosidad y frugalidad de los Monjes Blancos, pero los fustigaba por su avaricia, por no tolerar vecinos, y no estar nunca satisfechos de su abundancia. Lo mismo que los otros críticos, hacía innumerables chanzas de pésimo gusto.
El equivalente francés de los satíricos ingleses, Guiot de Provins, se lamentaba, alrededor de 1205, de la expansión sin freno de las posesiones cistercienses, donde manadas de cerdos pastaban en cementerios profanados, y los vecinos enloquecían por el incesante tintinear de los cencerros. A sus ojos, los monjes aparecían como hipócritas vagabundos y falsos ermitaños.
Las críticas mordaces produjeron por sí mismas consecuencias tangibles, quedando la Orden profundamente preocupada. Hacia 1230, el abad Esteban Lexington recomendaba a sus monjes no hacer ostentación de riqueza, «porque en estos días, nuestra Orden tiene muchos detractores astutos». El Capítulo General de 1248 hizo sonar la misma alarma, «porque en estos días de creciente malicia, nuestra Orden está expuesta en muchas partes del mundo a vejámenes frecuentes, a causa de nuestros privilegios e inmunidades; es necesario, por consiguiente, que nuestros hermanos se apoyen a otros, de tal forma que (nuestra Orden) pueda sobrevivir, como una ciudadela fortificada».
La referencia a la Orden como una plaza fuerte no era, por desgracia, una figura literaria. Los años que siguieron al Concilio Lateranense IV (1215) fueron especialmente penosos para los cistercienses franceses. Las propiedades de las abadías eran constantemente hostilizadas por vecinos poderosos, tanto seglares como eclesiásticos. Los pleitos de jurisdicción degeneraban con frecuencia en incursiones armadas, especialmente en el noroeste del país. Entre otros monasterios que sufrieron conflictos similares, la abadía de Longpont fue atacada repetidas veces por hordas devastadoras contratadas por el obispo de Soissons, en la década de 1220. El propio Cister tuvo que soportar muchos apremios de sus celosos vecinos, y sus apuros financieros fueron en gran parte resultados de las vandálicas incursiones contra la propiedad monástica. El recurso habitual, recurrir a la protección papal, produjo una serie de amonestaciones, investigaciones y, en ocasiones, hasta excomuniones a los delincuentes, medidas que en su mayoría resultaron ineficaces.
Poblet, favorecido por los reyes de Aragón, había acumulado hacia el fin del siglo XII vastas posesiones, lo que despertó la envidia de sus vecinos, que rivalizaban por el botín que se lograba con la Reconquista. Se multiplicaron las disputas sobre límites. Aunque los monjes eran vindicados en los tribunales papales y reales, tales garantías quedaban sólo sobre el papel ante el número de enemigos siempre creciente. Para evitar los pleitos costosos e inútiles se llegó a una inteligencia mediante negociaciones privadas. Hacia mediados del siglo XIII las compras de títulos impugnados se hicieron frecuentes y así se logró la consolidación de las propiedades lejanas, comprando o permutando fincas.
Entretanto, no hay indicio de que las masas rurales se volvieran contra la Orden. Los disturbios populares afectaban a las abadías sólo en forma esporádica, principalmente con los brotes de la Peste Negra. En Inglaterra, tales ataques ocurrieron después de la promulgación del estatuto de los Trabajadores en 1351, que rechazaban las peticiones de salarios más elevados en beneficio de la muy disminuida gente del campo. La agitación entre los siervos de Waghen, aldea de la abadía de Meaux, reconoce el mismo trasfondo. Bajo el abad Roberto Bererley (1357-1367), los aldeanos trataron de lograr su completa libertad respecto de la abadía, sosteniendo que sus antepasados habían pertenecido a un feudo real. La abadía ganó el caso después de mucho litigar, pero evidentemente a expensas de la popularidad de los monjes. También es innegable que el papel de recaudador de impuestos, que algunos abades desempeñaron, no mejoró en absoluto su imagen pública.
La Reforma atacó por primera vez los ideales esenciales del monaquismo. Las cáusticas críticas de los reformadores dirigidos contra los monjes fueron acompañadas por una secularización total en todas las regiones donde prevaleció el nuevo credo. El final de las prolongadas guerras de Religión encontró a la Orden cisterciense seriamente diezmada, pero con una resistencia sorprendentemente vigorosa. El éxito de la recuperación debe atribuirse, en gran parte, a un nuevo resurgir de la aprobación popular, motivada por el reavivamiento de un ascetismo estricto, o por un mayor ministerio pastoral, que prevalecía especialmente en las tierras germanas.
La campaña antimonástica de los filósofos ilustrados que precedió a la revolución francesa no contó con amplio apoyo popular, pero revitalizó la siempre latente rivalidad entre clero secular y regular. La jerarquía francesa fue testigo indiferente del desmembramiento de antiguas instituciones monásticas, mientras que la ola de la secularización en marcha era manipulada a lo largo del continente por intereses económicos y políticos, que hacían caso omiso a la adhesión, todavía manifiesta, a muchas de las grandes y prósperas abadías.
Sin este sentimiento de cariño, profundamente arraigado y ampliamente compartido hacia los cistercienses, la reconstrucción de la Orden en el siglo XIX jamás podría haberse logrado. El número de miembros no alcanzó a sobrepasar las cifras anteriores a la Revolución, pero en todos los demás aspectos, la alta reputación de la Orden en ambas observancias, reflejaba el apoyo público, que con su espontaneidad sincera y desinteresada superaba en mucho el clima formalista del Antiguo Régimen. Las vocaciones eran absolutamente libres, pero poco abundantes, atraídas a la Orden sin otro aliciente que su devoción. Desapareció la pesada carga de administrar posesiones inmensas, y los monjes pudieron concentrar todas sus energías en lograr objetivos religiosos. No hay duda de que la disciplina monástica dentro de la renacida Estricta Observancia sobrepasó a la alcanzada por la Orden desde las primeras décadas del siglo XII. Los tenaces miembros de la Común Observancia, dedicados al servicio desinteresado de su medio ambiente seglar, lograron para sí un envidiable prestigio a causa de la excelencia de sus tareas educativas, la investigación y el ministerio pastoral, asimismo se ha experimentado un nuevo resurgir de la vida monástica sine addita.
Mientras exista una saludable interacción entre cistercienses y sociedad, y la Orden pueda ser ejemplo de un ideal de perfección cristiana que despierte admiración, habrá siempre un nuevo capítulo que añadir en la historia de los Monjes Blancos.
Bibliografía
(…)
L.J. Lekai, Los Cistercienses Ideales y realidad, Abadia de Poblet Tarragona , 1987.
© Abadia de Poblet
El libro I establece aspectos sobre la liturgia para el culto de Santiago. Sin duda en el Codex Calixtino se propugna un tipo de liturgia, la romana, como más universal frente a la tradicional mozárabe.
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Alfonso VI de Castilla (1065-1109) emprendió la difícil tarea de europeizar la arabizada península. Hombre de una gran vitalidad, contrajo matrimonio en seis ocasiones, cinco de ellas con nobles francesas. Bajo su dominio, las culturas propiamente locales son manifiestamente amenazadas.
La llegada de los monjes negros del Cluny fue esencial, pues crearon en el Camino peninsular un notable número de abadías e iglesias, apoderándose de las más importantes sedes catedralicias. En pocos años la grafía francesa acaba poniendo fin a los tradicionales caracteres toledanos.
El arte Románico reemplaza con facilidad al delicado mozárabe. El rito visigodo será anulado al fin por el romano y con ello, en el campo del libro aparece la renovación litúrgica dentro ya de las nuevas formas romanas dando salida a una serie de textos sobre rituales jacobeos.
El rey, dispuesto a hacer cumplir sus propósitos emplea todo tipo de argumentos; pero cuando no resultan efectivos, no duda en hacer entrar a las cosas en razón e incluso con violencia.
Cuentan que ante la lógica oposición de muchos sectores nacionalistas por las drásticas reformas, se celebró en el Zocodober de Toledo un curioso Juicio de Dios. Preparada en el centro de la plaza una gran hoguera, se echaron a ella dos magníficos misales ilustrados: uno del rito mozárabe, otro del rito romano. Aquel que demostrase mayor vitalidad ante el fuego, debería perdurar en los reinos de España.
Pronto ocurrió un suceso maravilloso: el volumen mozárabe saltó milagrosamente por los aires, quedando a salvo de las llamas. Pero el rey, indignado, volvió a echar el libro a la hoguera de un puntapié exclamando furioso: Allá van leyes do quieren reyes.
Con ello se nos presenta en el Códice un rito romano, universal y propio de la orden cluniacense instalada en el Camino de Santiago. No se trata por lo mismo de un santo local, sino de un Príncipe de la Iglesia, Apóstol de Cristo y mártir propagador de su fe. Por otra parte se pone fin a todo recuerdo musulmán, en los textos, en el culto, en el arte, pues a falta de la lucha contra el infiel en los Santos Lugares, es en la zona hispana donde se justifica una cruzada que libere el Camino de los seguidores de Mahoma.
Características técnicas:
Miniado por Celedonio Perellón. 275 ejemplares firmados y numerados.
Encuadernación: lujo en piel de cabra con hierros en seco y dorados.Papel: algodón Gravar - Art de 180 g/m2, fabricación especial. El formato de la hoja es de 350 x 250 mm. Estuche: 360 x 260 mm.Iluminados en gouache y acuarela.
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Alfonso VI de Castilla (1065-1109) emprendió la difícil tarea de europeizar la arabizada península. Hombre de una gran vitalidad, contrajo matrimonio en seis ocasiones, cinco de ellas con nobles francesas. Bajo su dominio, las culturas propiamente locales son manifiestamente amenazadas.
La llegada de los monjes negros del Cluny fue esencial, pues crearon en el Camino peninsular un notable número de abadías e iglesias, apoderándose de las más importantes sedes catedralicias. En pocos años la grafía francesa acaba poniendo fin a los tradicionales caracteres toledanos.
El arte Románico reemplaza con facilidad al delicado mozárabe. El rito visigodo será anulado al fin por el romano y con ello, en el campo del libro aparece la renovación litúrgica dentro ya de las nuevas formas romanas dando salida a una serie de textos sobre rituales jacobeos.
El rey, dispuesto a hacer cumplir sus propósitos emplea todo tipo de argumentos; pero cuando no resultan efectivos, no duda en hacer entrar a las cosas en razón e incluso con violencia.
Cuentan que ante la lógica oposición de muchos sectores nacionalistas por las drásticas reformas, se celebró en el Zocodober de Toledo un curioso Juicio de Dios. Preparada en el centro de la plaza una gran hoguera, se echaron a ella dos magníficos misales ilustrados: uno del rito mozárabe, otro del rito romano. Aquel que demostrase mayor vitalidad ante el fuego, debería perdurar en los reinos de España.
Pronto ocurrió un suceso maravilloso: el volumen mozárabe saltó milagrosamente por los aires, quedando a salvo de las llamas. Pero el rey, indignado, volvió a echar el libro a la hoguera de un puntapié exclamando furioso: Allá van leyes do quieren reyes.
Con ello se nos presenta en el Códice un rito romano, universal y propio de la orden cluniacense instalada en el Camino de Santiago. No se trata por lo mismo de un santo local, sino de un Príncipe de la Iglesia, Apóstol de Cristo y mártir propagador de su fe. Por otra parte se pone fin a todo recuerdo musulmán, en los textos, en el culto, en el arte, pues a falta de la lucha contra el infiel en los Santos Lugares, es en la zona hispana donde se justifica una cruzada que libere el Camino de los seguidores de Mahoma.
Características técnicas:
Miniado por Celedonio Perellón. 275 ejemplares firmados y numerados.
Encuadernación: lujo en piel de cabra con hierros en seco y dorados.Papel: algodón Gravar - Art de 180 g/m2, fabricación especial. El formato de la hoja es de 350 x 250 mm. Estuche: 360 x 260 mm.Iluminados en gouache y acuarela.
Arte románico: los monasterios.-
"En Occidente muchos monasterios eran pequeños. Las indicaciones que aparecen tanto en la regla de San Benito como en la Regla del Maestro sugieren la existencia de un pequeño grupo de habitaciones, todas en un mismo piso a ras del suelo, sin ningún plan convencional, en el que los monjes podían pasar en pocos segundos del oratorio al dormitorio o al refectorio. Es imposible trazar detalladamente el proceso evolutivo de ese pequeño e irregular monasterio al tipo ya formalizado que quedó como modelo, aunque es cierto que el proceso había ya culminado en el esencial alrededor del 800. Su crecimiento estaba condicionado al número de monjes, pero tenía dos características que se destacaban de las demás y que eran universales: la gran iglesia y el claustro cuadrangular. La gran iglesia era consecuencia, no sólo del mayor número de monjes, sino sobre todo de la creciente solemnidad y complejidad de las ceremonias y cánticos y de la multiplicación de misas y procesiones.
El origen del claustro, que se convirtió en la señal distintiva de la, función del monasterio, y que da nombre al propio establecimiento en muchas lenguas (por ejemplo chiostro, Kloster), es oscuro. Sin duda es producto de la región mediterránea, probablemente de Italia, y seguramente se deriva, no como se había pensado durante mucho tiempo del atrium de la gran casa romana, sino del patio o narthex que había en el extremo occidental de las basílicas italianas, como se puede ver aún en San Ambrosio de Milán. Este pasó al monasterio como un rectángulo, uno de cuyos ángulos estaba entre la nave y el transepto de la iglesia. El claustro tenía la gran ventaja arquitectónica de suministrar un gran espacio abierto alrededor del cual podían agruparse las partes principales del complejo y suministrarles acceso y luz. Con la nave de la iglesia formando uno de los lados, el dormitorio y el salón de reuniones el otro, el refectorio y las cocinas el tercero, y los almacenes y hospedería el cuarto, el monasterio estaba casi completo. Muy pronto se estableció que la puerta al mundo exterior tenía que ser para la hospedería en el lado occidental, mientras que la enfermería estaba siempre localizada lejos del claustro, solitaria, más allá del lado oriental en el extremo opuesto de la iglesia. Al principio todo estaba al nivel del suelo, pero pronto el dormitorio subió al primer piso, con la sala capitular y las habitaciones de los novicios debajo, y una escalera que daba directamente al transepto de la iglesia. Por ella los monjes podían pasar rápidamente a la iglesia para las funciones nocturnas y volver sin entrar en el claustro. Otra escalera desembocaba al claustro desde el dormitorio más allá de la sala capitular. En los países mediterráneos el claustro solía situarse al norte de la iglesia, para que los monjes tuvieran un paseo fresco y sombreado donde poder leer y escribir. En los países septentrionales, donde es más deseable el sol y la luz que la sombra, el claustro estaba norma mente situado al sur de la iglesia, pero determinadas circunstancias locales tales como la presencia de un cementerio anterior (Canterbury y Gloucester en Inglaterra) o las necesidades del alcantarillado y del suministro de agua (como en Buildwas), o la configuración del terreno, podían dar como resultado que los edificios monásticos estuvieran orientados hacia el norte. El claustro, además de su función como camino de paso, servía como zona de estudio, escritura y enseñanza. El paseo a lo largo de la iglesia, el más luminoso y caliente en la Europa septentrional, estaba reservado para los monjes que trabajaban, y los libros se amontonaban contra la pared de la iglesia. Durante siglos la arcada de los claustros estuvo abierta, pero a partir del siglo XIV las aberturas se taparon en la Europa septentrional, y en el siglo XV era normal que entre los pilares de los arcos, contra las ventanas, se colocara un banco y un pupitre para los monjes que escribían.
Más allá del claustro y de la iglesia, hacia el oeste, se abría el gran patio con la puerta principal de entrada a la abadía rodeado por dependencias de todas clases, establos, horno, almacenes de grano y los despachos de algunos de los funcionarios monásticos. Finalmente, un sólido muro con solo dos o más puertas y poternas rodeaba el conjunto, encerrando iglesia, monasterio, patios, jardines, huertos y cementerio. Así podemos verlo casi intacto en la Christ Church de Canterbury (el monasterio catedral) y en las fotografías aéreas de muchos otros lugares.
La traída de aguas y el alcantarillado eran esenciales, incluso en la Edad Media, para cualquier complejo de edificios. Cuando se buscaba un lugar virgen se procuraba ante todo que tuvieran un río en las proximidades el cual se canalizaba después para que corriera a través del recinto por debajo de los edificios, sobre todo de las cocinas, enfermería y letrinas para arrastrar los residuos de todo tipo. En esto demostraban tener un gran ingenio, y donde en la actualidad hay casas edificadas sobre antiguos lugares monásticos, ..., muchas veces se pueden ver corrientes subterráneas encauzadas por túneles de piedra sólidamente construidos o bien oírlas en bodegas y sótanos. Sin embargo, para beber y lavarse se utilizaba m manantial de agua totalmente diferente que generalmente se obtenía de una fuente situada a alguna distancia conducida mediante un acueducto o varias cañerías hasta una o más cisternas centrales, desde la cual era llevada por gravedad hasta las picas o fuentes del claustro, cocina, enfermería, sacristía y otras partes. (...)
Los rasgos principales de este trazado habían evolucionado desde principios del siglo IX, como puede verse en el famoso «plano de St. Gall», que puede muy bien haber sido una especie de "fotocopia" circulada a todas las abadías en el momento de la reforma del 817, pero que se extendió lentamente. (...). No obstante, algunos monasterios - Cluny por ejemplo - se desarrollaron dentro de las líneas «clásicas» desde el primer momento, ... Los benedictinos eran en esto como en otras cosas muy individualistas, y el moderno visitante debe estar preparado para encontrar emplazamientos irregulares. (...)
Al revés de las plantas irregulares e individualistas de los monjes negros, las casas cistercienses se parecen normalmente unas a otras con la exactitud de una copia fotográfica. Esto se debe a dos circunstancias. La primera es la autoridad estatutaria de la Carta de Caridad y de otros decretos que exigían absoluta uniformidad en la observancia y práctica en todas las casas derivadas de Citeaux. En la lista de objetos aludidos no estaban los edificios, pero la uniformidad de la planta era un corolario natural de la uniformidad espiritual y litúrgica. La segunda circunstancia, sin la cual los hechos materiales se hubieran opuesto a las disposiciones, era la libertad de que disponían los arquitectos cistercienses debida a la disposición general de los monjes blancos que les obligaba a buscar lugares abiertos lejos de las poblaciones. (...).
La planta cisterciense difería en varios aspectos de la de los monjes negros, aunque persiste un parecido familiar. Dos exigencias, sobre todo en los primeros días, son responsables de esa diferencia. Una fue el deseo cisterciense de separación y simplicidad ritual. Esto hizo que sus iglesias, por lo menos en los primeros años, se construyeran simplemente como un granero que para albergar el coro y las sencillas celebraciones. Por consiguiente, las iglesias cistercienses, en los días de máximo fervor de la orden, no tuvieron los grandes presbiterios o coros arquitectónicos ni los grandes y elaborados altares, capillas, ambulatorios y relicarios de las catedrales e iglesias de peregrinación. La segunda y más importante circunstancia fue la presencia de los hermanos legos religiosos pero no clérigos ni monjes de coro provenientes en general de un nivel social diferente, ocupados en trabajos de huerta y jardín y en el pastoreo, y con sencillas y cortas plegarias. Para ellos el plano preveía lo que en realidad era un segundo monasterio con dormitorio, refectorio y enfermería separados de los de los monjes, los cuales estaban situados en el lado occidental, ya que los cistercienses no necesitaban habitaciones para el abad y sus huéspedes. El dormitorio de los hermanos legos, en el primer piso, correspondía exactamente con el dormitorio de los monjes situado en el ala oriental. Abajo estaban las bodegas y, hacia la parte meridional, el refectorio de los hermanos, abastecido por la cocina común, y su enfermería al suroeste del ala occidental que correspondía con la de los monjes en el sureste del ala oriental. El paso occidental del claustro les daba acceso al extremo occidental de la iglesia sin molestar a los monjes, y la parte occidental de la nave estaba separada y contenía un altar y sencillas imágenes de madera ante las que los hermanos legos podían arrodillarse.
D. Knowles.- El monacato cristiano.Ed. Guadarrama. B.H.A. Madrid 1969. 98-106
"En Occidente muchos monasterios eran pequeños. Las indicaciones que aparecen tanto en la regla de San Benito como en la Regla del Maestro sugieren la existencia de un pequeño grupo de habitaciones, todas en un mismo piso a ras del suelo, sin ningún plan convencional, en el que los monjes podían pasar en pocos segundos del oratorio al dormitorio o al refectorio. Es imposible trazar detalladamente el proceso evolutivo de ese pequeño e irregular monasterio al tipo ya formalizado que quedó como modelo, aunque es cierto que el proceso había ya culminado en el esencial alrededor del 800. Su crecimiento estaba condicionado al número de monjes, pero tenía dos características que se destacaban de las demás y que eran universales: la gran iglesia y el claustro cuadrangular. La gran iglesia era consecuencia, no sólo del mayor número de monjes, sino sobre todo de la creciente solemnidad y complejidad de las ceremonias y cánticos y de la multiplicación de misas y procesiones.
El origen del claustro, que se convirtió en la señal distintiva de la, función del monasterio, y que da nombre al propio establecimiento en muchas lenguas (por ejemplo chiostro, Kloster), es oscuro. Sin duda es producto de la región mediterránea, probablemente de Italia, y seguramente se deriva, no como se había pensado durante mucho tiempo del atrium de la gran casa romana, sino del patio o narthex que había en el extremo occidental de las basílicas italianas, como se puede ver aún en San Ambrosio de Milán. Este pasó al monasterio como un rectángulo, uno de cuyos ángulos estaba entre la nave y el transepto de la iglesia. El claustro tenía la gran ventaja arquitectónica de suministrar un gran espacio abierto alrededor del cual podían agruparse las partes principales del complejo y suministrarles acceso y luz. Con la nave de la iglesia formando uno de los lados, el dormitorio y el salón de reuniones el otro, el refectorio y las cocinas el tercero, y los almacenes y hospedería el cuarto, el monasterio estaba casi completo. Muy pronto se estableció que la puerta al mundo exterior tenía que ser para la hospedería en el lado occidental, mientras que la enfermería estaba siempre localizada lejos del claustro, solitaria, más allá del lado oriental en el extremo opuesto de la iglesia. Al principio todo estaba al nivel del suelo, pero pronto el dormitorio subió al primer piso, con la sala capitular y las habitaciones de los novicios debajo, y una escalera que daba directamente al transepto de la iglesia. Por ella los monjes podían pasar rápidamente a la iglesia para las funciones nocturnas y volver sin entrar en el claustro. Otra escalera desembocaba al claustro desde el dormitorio más allá de la sala capitular. En los países mediterráneos el claustro solía situarse al norte de la iglesia, para que los monjes tuvieran un paseo fresco y sombreado donde poder leer y escribir. En los países septentrionales, donde es más deseable el sol y la luz que la sombra, el claustro estaba norma mente situado al sur de la iglesia, pero determinadas circunstancias locales tales como la presencia de un cementerio anterior (Canterbury y Gloucester en Inglaterra) o las necesidades del alcantarillado y del suministro de agua (como en Buildwas), o la configuración del terreno, podían dar como resultado que los edificios monásticos estuvieran orientados hacia el norte. El claustro, además de su función como camino de paso, servía como zona de estudio, escritura y enseñanza. El paseo a lo largo de la iglesia, el más luminoso y caliente en la Europa septentrional, estaba reservado para los monjes que trabajaban, y los libros se amontonaban contra la pared de la iglesia. Durante siglos la arcada de los claustros estuvo abierta, pero a partir del siglo XIV las aberturas se taparon en la Europa septentrional, y en el siglo XV era normal que entre los pilares de los arcos, contra las ventanas, se colocara un banco y un pupitre para los monjes que escribían.
Más allá del claustro y de la iglesia, hacia el oeste, se abría el gran patio con la puerta principal de entrada a la abadía rodeado por dependencias de todas clases, establos, horno, almacenes de grano y los despachos de algunos de los funcionarios monásticos. Finalmente, un sólido muro con solo dos o más puertas y poternas rodeaba el conjunto, encerrando iglesia, monasterio, patios, jardines, huertos y cementerio. Así podemos verlo casi intacto en la Christ Church de Canterbury (el monasterio catedral) y en las fotografías aéreas de muchos otros lugares.
La traída de aguas y el alcantarillado eran esenciales, incluso en la Edad Media, para cualquier complejo de edificios. Cuando se buscaba un lugar virgen se procuraba ante todo que tuvieran un río en las proximidades el cual se canalizaba después para que corriera a través del recinto por debajo de los edificios, sobre todo de las cocinas, enfermería y letrinas para arrastrar los residuos de todo tipo. En esto demostraban tener un gran ingenio, y donde en la actualidad hay casas edificadas sobre antiguos lugares monásticos, ..., muchas veces se pueden ver corrientes subterráneas encauzadas por túneles de piedra sólidamente construidos o bien oírlas en bodegas y sótanos. Sin embargo, para beber y lavarse se utilizaba m manantial de agua totalmente diferente que generalmente se obtenía de una fuente situada a alguna distancia conducida mediante un acueducto o varias cañerías hasta una o más cisternas centrales, desde la cual era llevada por gravedad hasta las picas o fuentes del claustro, cocina, enfermería, sacristía y otras partes. (...)
Los rasgos principales de este trazado habían evolucionado desde principios del siglo IX, como puede verse en el famoso «plano de St. Gall», que puede muy bien haber sido una especie de "fotocopia" circulada a todas las abadías en el momento de la reforma del 817, pero que se extendió lentamente. (...). No obstante, algunos monasterios - Cluny por ejemplo - se desarrollaron dentro de las líneas «clásicas» desde el primer momento, ... Los benedictinos eran en esto como en otras cosas muy individualistas, y el moderno visitante debe estar preparado para encontrar emplazamientos irregulares. (...)
Al revés de las plantas irregulares e individualistas de los monjes negros, las casas cistercienses se parecen normalmente unas a otras con la exactitud de una copia fotográfica. Esto se debe a dos circunstancias. La primera es la autoridad estatutaria de la Carta de Caridad y de otros decretos que exigían absoluta uniformidad en la observancia y práctica en todas las casas derivadas de Citeaux. En la lista de objetos aludidos no estaban los edificios, pero la uniformidad de la planta era un corolario natural de la uniformidad espiritual y litúrgica. La segunda circunstancia, sin la cual los hechos materiales se hubieran opuesto a las disposiciones, era la libertad de que disponían los arquitectos cistercienses debida a la disposición general de los monjes blancos que les obligaba a buscar lugares abiertos lejos de las poblaciones. (...).
La planta cisterciense difería en varios aspectos de la de los monjes negros, aunque persiste un parecido familiar. Dos exigencias, sobre todo en los primeros días, son responsables de esa diferencia. Una fue el deseo cisterciense de separación y simplicidad ritual. Esto hizo que sus iglesias, por lo menos en los primeros años, se construyeran simplemente como un granero que para albergar el coro y las sencillas celebraciones. Por consiguiente, las iglesias cistercienses, en los días de máximo fervor de la orden, no tuvieron los grandes presbiterios o coros arquitectónicos ni los grandes y elaborados altares, capillas, ambulatorios y relicarios de las catedrales e iglesias de peregrinación. La segunda y más importante circunstancia fue la presencia de los hermanos legos religiosos pero no clérigos ni monjes de coro provenientes en general de un nivel social diferente, ocupados en trabajos de huerta y jardín y en el pastoreo, y con sencillas y cortas plegarias. Para ellos el plano preveía lo que en realidad era un segundo monasterio con dormitorio, refectorio y enfermería separados de los de los monjes, los cuales estaban situados en el lado occidental, ya que los cistercienses no necesitaban habitaciones para el abad y sus huéspedes. El dormitorio de los hermanos legos, en el primer piso, correspondía exactamente con el dormitorio de los monjes situado en el ala oriental. Abajo estaban las bodegas y, hacia la parte meridional, el refectorio de los hermanos, abastecido por la cocina común, y su enfermería al suroeste del ala occidental que correspondía con la de los monjes en el sureste del ala oriental. El paso occidental del claustro les daba acceso al extremo occidental de la iglesia sin molestar a los monjes, y la parte occidental de la nave estaba separada y contenía un altar y sencillas imágenes de madera ante las que los hermanos legos podían arrodillarse.
D. Knowles.- El monacato cristiano.Ed. Guadarrama. B.H.A. Madrid 1969. 98-106
Es el monarca Sancho el Mayor de Navarra quien entre 1016 y 1020 reconquista los condados cristianos de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza y repuebla los antiguos monasterios con monjes benedictinos. Muy pronto establecen los monjes negros una <<>> del monasterio de San Juan de Ruesta en el antiguo lugar de San Juan de la Peña, que el rey Sancho Ramírez convertiría en abadía el año 1071, introduciendo al mismo tiempo la reforma cluniacense y sustituyendo la liturgia hispano-mozárabe por la romana, dando así un ambiente europeísta al monasterio que comenzaba a ser centro religioso del reino de Aragón y lugar privilegiado por su monarquía, constituida en la cercana ciudad de Jaca. Su condición geográfica, en un lugar dificultoso para la agricultura, habitual modo de vida de los monjes, hizo que este monasterio fuese dotado con diversos beneficios en todo Aragón, lo que le dio gran influencia religiosa, social y económica en todo el reino. Pero su preponderancia, sin perderla nunca, comienza a decaer cuando en el siglo XII, conquistada la tierra baja, se va desplazando hacia Zaragoza el poder real. Al mismo tiempo los reyes comenzaron a tener otras preferencias devocionales: primero con la abadía agustina de Montearagón y posteriormente con Poblet.
Los monjes seguirán en su retiro y oración. Aunque su paz se turbará en ocasiones por los diversos pleitos que en defensa de derechos anteriores sostendrán, sobre todo, con el obispado de Jaca. Las dificultades se acrecientan con los incendios que sufre el recinto en 1395 y 1494. Una antigua tradición, documentada por el abad Briz, hace a San Juan de la Peña depositario durante varios siglos del Santo Cáliz de la Cena que habría sido enviado a España por el oscense diácono y mártir romano San Lorenzo. Es sorprendente que los documentos medievales pinatenses no recojan esta estancia ni su traslado a la Aljafería por los monjes como regalo al rey Martín I a finales del siglo XIV y su posterior traslado a la catedral de Valencia, donde ahora se conserva.
Buscando un mejor cobijo, en el año 1675, tras un gran incendio, con permiso del rey Carlos II, comienzan a construir el monasterio Alto que habitarán a partir del 3 de mayo de 1682, aunque seguían realizando el culto en la iglesia del antiguo cenobio, ya que hasta 1705 no se pudo terminar la nueva. En el Siglo de las Luces va a tener un gran benefactor el monasterio Bajo en la persona de don Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda y presidente del consejo de Castilla, que en 1767 realizará obras para preparar su futuro lugar de enterramiento. Hasta este lugar apartado llegaron en 1809 las tropas francesas del general Suchet que desvalijaron y quemaron el conjunto monacal, aunque respetaron la tumbas. Cuando los monjes, con grandes dificultades, iban rehaciendo este histórico lugar, en 1835 la Ley de Desamortización de Mendizabal dio el golpe de gracia al monasterio, que dejó de existir como cenobio vivo. Los monjes exclaustrados se dispersan para atender pastoralmente diversas parroquias de la Jacetania, mientras reliquias y ornamentos pasan a la Catedral de Jaca, donde todavía se conservan. Pero este penoso acontecimiento no podía suponer el abandono de un recinto que contenía tanto sabor histórico, artístico y sentimental para Aragón. Por ello ya en 1843 la Diputación Provincial de Huesca logró que por Real Orden se le cediesen los monasterios Viejo y Nuevo con la obligación de cuidar de su conservación y reparación. A petición de los obispos de Huesca y Jaca y de la Junta Provincial de Monumentos una Real Orden de 13 de Junio de 1889 declara Monumento Nacional al monasterio Viejo. Por Orden del 18 de febrero de 1890 cesa la protección de la Diputación Provincial de Huesca, que no había sido muy efectiva, y pasa todo el entorno, incluidos los monasterios, a depender del Distrito Forestal de Huesca. En 1915 se levanta la Casa Forestal, que fue sede de la Guardería y que en 1991 ha sido remodelada por la Diputación General de Aragón. Una Real Orden de 30 de Octubre de 1920 declaraba a todo el entorno Sitio Nacional. A instancias del diputado y deán del cabildo zaragozano don Santiago Guallar Poza y por Decreto del Ministerio de Instrucción Pública de 25 de octubre de 1935, se crea el Patronato del Monasterio Alto, ya que el monasterio Viejo, por ser monumento nacional, contaba con una especial protección de la Dirección General de Bellas Artes. Un Decreto de la Jefatura del Estado de 9 de noviembre de 1944 confirmaba la existencia de este Patronato, que tenía como presidente al rector magnífico de la Universidad de Zaragoza y por vocales al gobernador civil de Huesca, representantes de las diputaciones provinciales aragonesas, alcaldes de Huesca y Jaca, cronista de la provincia, delegados del Instituto de Estudios Oscenses, Patrimonio Forestal, Academia de Bellas Artes de San Luis, Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País y Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón. De la actividad del Patronato hay que destacar la visita que efectuó el Jefe del Estado el mes de Febrero de 1949, la conferencia que en el monasterio Alto pronunció en 1953 el arquitecto restaurador Fernando Chueca Goitia y la visita del Santo Cáliz de Valencia el 29 de junio de 1959.
El 10 de Agosto de 1982 se promulgaba el Estatuto de Autonomía de la Comunidad de Aragón, lo cual suponía la transferencia de responsabilidades artísticas y forestales al Gobierno de la Comunidad. Esta nueva situación ha sido positiva ya que se ha invertido continuamente en accesos, restauración e incluso en personal que atiende a quienes se acercan a este aragonesísimo enclave. Pero al mismo tiempo se realizan diversos proyectos que revitalizan el contenido histórico del lugar : Jornadas de Jóvenes Aragoneses, I Congreso de Casas Regionales de Aragón, etc.
Los monjes seguirán en su retiro y oración. Aunque su paz se turbará en ocasiones por los diversos pleitos que en defensa de derechos anteriores sostendrán, sobre todo, con el obispado de Jaca. Las dificultades se acrecientan con los incendios que sufre el recinto en 1395 y 1494. Una antigua tradición, documentada por el abad Briz, hace a San Juan de la Peña depositario durante varios siglos del Santo Cáliz de la Cena que habría sido enviado a España por el oscense diácono y mártir romano San Lorenzo. Es sorprendente que los documentos medievales pinatenses no recojan esta estancia ni su traslado a la Aljafería por los monjes como regalo al rey Martín I a finales del siglo XIV y su posterior traslado a la catedral de Valencia, donde ahora se conserva.
Buscando un mejor cobijo, en el año 1675, tras un gran incendio, con permiso del rey Carlos II, comienzan a construir el monasterio Alto que habitarán a partir del 3 de mayo de 1682, aunque seguían realizando el culto en la iglesia del antiguo cenobio, ya que hasta 1705 no se pudo terminar la nueva. En el Siglo de las Luces va a tener un gran benefactor el monasterio Bajo en la persona de don Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda y presidente del consejo de Castilla, que en 1767 realizará obras para preparar su futuro lugar de enterramiento. Hasta este lugar apartado llegaron en 1809 las tropas francesas del general Suchet que desvalijaron y quemaron el conjunto monacal, aunque respetaron la tumbas. Cuando los monjes, con grandes dificultades, iban rehaciendo este histórico lugar, en 1835 la Ley de Desamortización de Mendizabal dio el golpe de gracia al monasterio, que dejó de existir como cenobio vivo. Los monjes exclaustrados se dispersan para atender pastoralmente diversas parroquias de la Jacetania, mientras reliquias y ornamentos pasan a la Catedral de Jaca, donde todavía se conservan. Pero este penoso acontecimiento no podía suponer el abandono de un recinto que contenía tanto sabor histórico, artístico y sentimental para Aragón. Por ello ya en 1843 la Diputación Provincial de Huesca logró que por Real Orden se le cediesen los monasterios Viejo y Nuevo con la obligación de cuidar de su conservación y reparación. A petición de los obispos de Huesca y Jaca y de la Junta Provincial de Monumentos una Real Orden de 13 de Junio de 1889 declara Monumento Nacional al monasterio Viejo. Por Orden del 18 de febrero de 1890 cesa la protección de la Diputación Provincial de Huesca, que no había sido muy efectiva, y pasa todo el entorno, incluidos los monasterios, a depender del Distrito Forestal de Huesca. En 1915 se levanta la Casa Forestal, que fue sede de la Guardería y que en 1991 ha sido remodelada por la Diputación General de Aragón. Una Real Orden de 30 de Octubre de 1920 declaraba a todo el entorno Sitio Nacional. A instancias del diputado y deán del cabildo zaragozano don Santiago Guallar Poza y por Decreto del Ministerio de Instrucción Pública de 25 de octubre de 1935, se crea el Patronato del Monasterio Alto, ya que el monasterio Viejo, por ser monumento nacional, contaba con una especial protección de la Dirección General de Bellas Artes. Un Decreto de la Jefatura del Estado de 9 de noviembre de 1944 confirmaba la existencia de este Patronato, que tenía como presidente al rector magnífico de la Universidad de Zaragoza y por vocales al gobernador civil de Huesca, representantes de las diputaciones provinciales aragonesas, alcaldes de Huesca y Jaca, cronista de la provincia, delegados del Instituto de Estudios Oscenses, Patrimonio Forestal, Academia de Bellas Artes de San Luis, Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País y Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón. De la actividad del Patronato hay que destacar la visita que efectuó el Jefe del Estado el mes de Febrero de 1949, la conferencia que en el monasterio Alto pronunció en 1953 el arquitecto restaurador Fernando Chueca Goitia y la visita del Santo Cáliz de Valencia el 29 de junio de 1959.
El 10 de Agosto de 1982 se promulgaba el Estatuto de Autonomía de la Comunidad de Aragón, lo cual suponía la transferencia de responsabilidades artísticas y forestales al Gobierno de la Comunidad. Esta nueva situación ha sido positiva ya que se ha invertido continuamente en accesos, restauración e incluso en personal que atiende a quienes se acercan a este aragonesísimo enclave. Pero al mismo tiempo se realizan diversos proyectos que revitalizan el contenido histórico del lugar : Jornadas de Jóvenes Aragoneses, I Congreso de Casas Regionales de Aragón, etc.
LOS MONJES DE THIRON Y LOS MONJES NEGROS
Existe también en el reino de Francia, región de Chartres, unos monjes llamados de Thiron. Nacieron de la comunidad de los monjes negros, aunque cambiaron el color del hábito por el gris. Quieren hacer comunidad independiente para restaurar las observancias seguidas en los primeros tiempos, pues los monjes negros, según dicen, las habían abandonado por negligencia y relajamiento de la disciplina.
En verdad, si se estudia cuidadosamente y con rigor sus primeras instituciones, no habría que decir nada. Ninguna otra orden religiosa tuvo tantos santos y permaneció tanto tiempo en la santidad y rigor de la disciplina que la de los monjes negros. Numerosos prelados surgieron en su seno y están por todo el mundo; el ejemplo de una de vida perfecta y la santa predicación, arrebataron numerosas almas al diablo, extendiendo la luz en diversas regiones. Por mucho tiempo han cultivado y amado la pobreza agradable a Dios y querida en la vida religiosa; exentos del peso de las preocupaciones, de las inquietudes de la ambición, sirviendo a Dios humilde y devotamente, trabajaban para obtener el alimento imperecedero, de la mañana a la tarde y, a veces del anochecer hasta la aurora. Infligían severos ayunos y vigilias a sus cuerpos, rezaban sin cesar, perseveraban en himnos, salmos y alabanzas divinas y se entregaban con perseverancia a la lectura y meditación de las Santas Escrituras. Llenos de contrición, bajo el cilicio y la ceniza, lloraban no sólo por sus pecados, sino por los del mundo. Ejercían siempre la hospitalidad, manifestando entre ellos la caridad fraterna. Solidarios con los santos en sus necesidades, se regocijaban con los que estaban felices y lloraban con los afligidos; no tenían gusto por la grandeza, pero se sentían unidos a los humildes. En fervor de espíritu vivían alegres en la esperanza, pacientes en las angustias; no devolvían mal por mal y no adulaban a nadie.
Complacían a Dios. Su fama y el olor de santidad de sus vidas, atraían gente pobre y sencilla, pero también a reyes y príncipes. Después de haber renunciado a las riquezas y a los grandes patrimonios, adoptaron el hábito negro y se aprestaron a perseguir los hedores de la pobreza.
LAS RIQUEZAS DE LOS MONJES NEGROS
Sin embargo, se consideraban felices aquellos a quienes ellos recibían limosnas.
De resultas de esto, los monjes negros se enriquecieron sin medida, por ser entonces el suyo el único monasterio o comunidad de regulares; por esta razón y al haber sido la primera fundación, acapararon mayores bienes que los demás regulares. Una vez inoculado el veneno de la riqueza, se hincharon con la gordura de la abundancia: viñedos, diezmos y rentas, granjas y castillos, innumerables propiedades. La mayoría de ellos se insubordinaron. Embrutecidos por las borracheras y embriaguez, pero también con los cuidados del mundo, se unieron a los paganos y aprendieron sus prácticas; se iniciaron en los misterios de Baal-Peor y comieron sacrificios ofrecidos a los dioses muertos. El brillo del oro se apagó, su mejor color se alteró, las piedras del santuario se dispersaron por los rincones de las calles. Aquellos que se criaron vistiendo sedas azafranadas, se revuelcan en pilas de estiércol. El Señor los llamó a hacer penitencia y gemir, a rasurarse la cabeza, a vestir con telas burdas y, en cambio, he ahí que viven felices y alegres; matan terneros, degüellan ovejas, comen sus carnes, se beben los vinos. Por esta causa se hicieron despreciables a los ojos de Dios y mal vistos por los hombres. Todo el bien que habían hecho queda borrado por la rapiña y el pillaje, mientras que los grandes y poderosos no están menos inclinados a tomar lo que antes habían dado sin medida.
Al comienzo, pues, la pobreza inauguró la vida religiosa, ésta engendró la riqueza que, a su vez, trajo la ruina con la destrucción de la vida religiosa. A este punto, la religión retornó a la pobreza, pero no voluntariamente, sino obligada por las circunstancias y así, la cabeza se confundió con el rabo.
LA VIDA BUENA DE OTROS MONJES NEGROS
Sin embargo, como el vellón de lana extendido sobre terreno seco y la piedra preciosa en medio del basural; como el grano de trigo en su cáscara y una azucena entre espinos; como Lot en Sodoma y Job en el país de Hus, algunos de entre ellos, semejantes a un tizón extraído del fuego y al racimo de uvas salvado de la tormenta, reconstruyeron la casa derruida y la asentaron con sillares después que se cayeron los ladrillos. Mucho más probados y purificados que el oro en el crisol, ellos agradaron con su vida al Señor.
Lo que acabamos de narrar, no hace olvidar y deja a salvo la reverencia debida a los santos de esta orden y a la venerables comunidades que, aún hoy, perseveran en el proyecto de honestidad y en la elogiable vida que llevan cumpliendo rigurosamente su regla.
Tales son los Cluniacenses ubicados a la cabeza de la orden. Lo mismo digo para algunos de sus miembros que no son indignos de la cabeza: San Martín-des-Champs, en París; los monjes de Canterbury, en Inglaterra; también los de Afflighem, en Brabante; los monjes negros de Fontebrand y otras comunidades consagradas a Dios, de estos mismos. Para todos ellos, aquél que les concede paciencia y perseverancia, sabe de su caridad y humildad; de los trabajos asiduos y las pesadas cargas que soportan; éstos, a diferencia de quienes desfallecen en el camino, se apresuran a lograr el premio prometido, encaminándose hacia el fin señalado.
Existe también en el reino de Francia, región de Chartres, unos monjes llamados de Thiron. Nacieron de la comunidad de los monjes negros, aunque cambiaron el color del hábito por el gris. Quieren hacer comunidad independiente para restaurar las observancias seguidas en los primeros tiempos, pues los monjes negros, según dicen, las habían abandonado por negligencia y relajamiento de la disciplina.
En verdad, si se estudia cuidadosamente y con rigor sus primeras instituciones, no habría que decir nada. Ninguna otra orden religiosa tuvo tantos santos y permaneció tanto tiempo en la santidad y rigor de la disciplina que la de los monjes negros. Numerosos prelados surgieron en su seno y están por todo el mundo; el ejemplo de una de vida perfecta y la santa predicación, arrebataron numerosas almas al diablo, extendiendo la luz en diversas regiones. Por mucho tiempo han cultivado y amado la pobreza agradable a Dios y querida en la vida religiosa; exentos del peso de las preocupaciones, de las inquietudes de la ambición, sirviendo a Dios humilde y devotamente, trabajaban para obtener el alimento imperecedero, de la mañana a la tarde y, a veces del anochecer hasta la aurora. Infligían severos ayunos y vigilias a sus cuerpos, rezaban sin cesar, perseveraban en himnos, salmos y alabanzas divinas y se entregaban con perseverancia a la lectura y meditación de las Santas Escrituras. Llenos de contrición, bajo el cilicio y la ceniza, lloraban no sólo por sus pecados, sino por los del mundo. Ejercían siempre la hospitalidad, manifestando entre ellos la caridad fraterna. Solidarios con los santos en sus necesidades, se regocijaban con los que estaban felices y lloraban con los afligidos; no tenían gusto por la grandeza, pero se sentían unidos a los humildes. En fervor de espíritu vivían alegres en la esperanza, pacientes en las angustias; no devolvían mal por mal y no adulaban a nadie.
Complacían a Dios. Su fama y el olor de santidad de sus vidas, atraían gente pobre y sencilla, pero también a reyes y príncipes. Después de haber renunciado a las riquezas y a los grandes patrimonios, adoptaron el hábito negro y se aprestaron a perseguir los hedores de la pobreza.
LAS RIQUEZAS DE LOS MONJES NEGROS
Sin embargo, se consideraban felices aquellos a quienes ellos recibían limosnas.
De resultas de esto, los monjes negros se enriquecieron sin medida, por ser entonces el suyo el único monasterio o comunidad de regulares; por esta razón y al haber sido la primera fundación, acapararon mayores bienes que los demás regulares. Una vez inoculado el veneno de la riqueza, se hincharon con la gordura de la abundancia: viñedos, diezmos y rentas, granjas y castillos, innumerables propiedades. La mayoría de ellos se insubordinaron. Embrutecidos por las borracheras y embriaguez, pero también con los cuidados del mundo, se unieron a los paganos y aprendieron sus prácticas; se iniciaron en los misterios de Baal-Peor y comieron sacrificios ofrecidos a los dioses muertos. El brillo del oro se apagó, su mejor color se alteró, las piedras del santuario se dispersaron por los rincones de las calles. Aquellos que se criaron vistiendo sedas azafranadas, se revuelcan en pilas de estiércol. El Señor los llamó a hacer penitencia y gemir, a rasurarse la cabeza, a vestir con telas burdas y, en cambio, he ahí que viven felices y alegres; matan terneros, degüellan ovejas, comen sus carnes, se beben los vinos. Por esta causa se hicieron despreciables a los ojos de Dios y mal vistos por los hombres. Todo el bien que habían hecho queda borrado por la rapiña y el pillaje, mientras que los grandes y poderosos no están menos inclinados a tomar lo que antes habían dado sin medida.
Al comienzo, pues, la pobreza inauguró la vida religiosa, ésta engendró la riqueza que, a su vez, trajo la ruina con la destrucción de la vida religiosa. A este punto, la religión retornó a la pobreza, pero no voluntariamente, sino obligada por las circunstancias y así, la cabeza se confundió con el rabo.
LA VIDA BUENA DE OTROS MONJES NEGROS
Sin embargo, como el vellón de lana extendido sobre terreno seco y la piedra preciosa en medio del basural; como el grano de trigo en su cáscara y una azucena entre espinos; como Lot en Sodoma y Job en el país de Hus, algunos de entre ellos, semejantes a un tizón extraído del fuego y al racimo de uvas salvado de la tormenta, reconstruyeron la casa derruida y la asentaron con sillares después que se cayeron los ladrillos. Mucho más probados y purificados que el oro en el crisol, ellos agradaron con su vida al Señor.
Lo que acabamos de narrar, no hace olvidar y deja a salvo la reverencia debida a los santos de esta orden y a la venerables comunidades que, aún hoy, perseveran en el proyecto de honestidad y en la elogiable vida que llevan cumpliendo rigurosamente su regla.
Tales son los Cluniacenses ubicados a la cabeza de la orden. Lo mismo digo para algunos de sus miembros que no son indignos de la cabeza: San Martín-des-Champs, en París; los monjes de Canterbury, en Inglaterra; también los de Afflighem, en Brabante; los monjes negros de Fontebrand y otras comunidades consagradas a Dios, de estos mismos. Para todos ellos, aquél que les concede paciencia y perseverancia, sabe de su caridad y humildad; de los trabajos asiduos y las pesadas cargas que soportan; éstos, a diferencia de quienes desfallecen en el camino, se apresuran a lograr el premio prometido, encaminándose hacia el fin señalado.
LOS CISTERCIENSES
En primer lugar están los Cistercienses, los que cambiaron el hábito color nuez por uno gris, se aplicaron a reformar lo que había caído en desuso y de rechazar las novedades; podaron sin límites y con gran serenidad, muchas de las cosas permitidas, crucificaron las pasiones y deseos de su carne, y castigaron sus cuerpos reduciéndolos a la servidumbre. No usan pieles, camisas y tampoco calzado, a no ser aquéllos que tienen necesidad de montar a caballo. No comen carne, salvo en caso de grave enfermedad. En general, no consumen pescado, huevos, leche y queso. A veces, sin embargo, aunque excepcionalmente admitían esos refinamientos en su alimentación, por fraterno afecto o para fortificar alguna convalecencia. Los hermanos en graneros y casas fuera de la abadía, no bebían vino.
Ya se tratara de monjes o de otros hermanos legos, todos usan lechos de paja y mantas groseras, lechos más bien duros que no arrastran a la dejadez de la pereza: se acuestan vestidos con su túnica y cogullo y se levantan en medio de la noche; entonan salmos de alabanza, himnos y cantos sagrados, perseverando así hasta las primeras luces de la aurora. Alegremente completan su alabanza al Señor con el rezo de prima y la misa. Después de purificarse de sus pecados en el capítulo confesándose y recibiendo la penitencia, transcurren el resto de la jornada en trabajos manuales, lecturas y oraciones, sin permanecer ociosos y desocupados. En silencio la mayor parte del día, alguna vez se reservan una hora para el entretenimiento común, el consuelo y reuniones espirituales, como también para instruirse unos con otros. Desde ala festividad de la Santa Cruz, en setiembre, en que los cistercienses tienen capítulo general con la presencia de todos los abades, hasta Pascua, comen una sola vez por día.
Anualmente envían visitadores a todas las abadías sin excepción; la medida vale tanto para el superior como para todos los demás miembros, sin acepción de persona. Corrigiendo lo que corresponde, cuidando de no adular ni halagar a nadie, se conforman a las exigencias de rigor y severidad de la Orden: arrancan y destruyen, pierden, edifican y plantan según convenga. Por esta causa su Orden se mantiene fuerte en la verdad. Aunque son mesurados en todo, se muestran duros y austeros con sus cuerpos. No así con los pobres y los huéspedes, entre quienes distribuyen con gran liberalidad lo que tienen. Como vacas de las posesiones del Señor, ellos comen de la paja y reservan el grano para los que llegan. El peregrino no queda fuera, su puerta está abierta a los viajeros, no comen su pan ellos solos. Las entrañas de los pobres les bendicen porque los han calentado con el vellón de sus ovejas.
Toda la Iglesia de Jesucristo está tan penetrada por el nombre y buena opinión de la santidad de estos monjes, como de un aroma perfumado que todo lo invade, que no hay región donde esta viña bendita no haya extendido sus sarmientos. El Señor los ha puesto; su bienaventurada patrona la Virgen María, a la que sirven unánimemente y en todo lugar como un solo corazón en la mayor devoción, extendió el lugar de su tienda; su descendencia se expandió no sólo hasta el mar, también a ultramar. Así han visto cumplido en ellos lo que dijo el Señor en el Evangelio: recibieron el céntuplo en este mundo, y la vida eterna en el reino futuro. El Señor ha puesto allí desde el origen de su nueva plantación, un hábil jardinero, hombre prudente y santo según su corazón, muy fiel en su casa, obrero responsable y dedicado a su viña.
Sacando de su tesoro lo nuevo y lo viejo para darlo a la familia del Señor, distribuyó las raciones de trigo y dio el alimento en tiempo oportuno: se trata del santo abad de Claraval, Bernardo, la más preciada perla de la vida religiosa, luz de la Orden y estrella radiante en el firmamento de la Iglesia. No por obra ni inspiración del hombre, sino de Dios, adquirió un conocimiento eminente de las Sagradas Escrituras, bebiendo, como en la fuente misma del corazón del Señor, las aguas celestiales que él esparció en muchos lugares. Poderoso en acciones y palabras, por su santa y excelsa forma de vida, por la ciencia y la predicación celestial, por la virtud de milagros y acciones que movían al asombro, fue para muchos perfume de vida que conduce a la vida: abandonando las falaces tentaciones del mundo, muchos ingresaron en la vida religiosa, cambiando el áspero y pesante yugo de este mundo, por el muy dulce yugo de la Orden del Císter. Lo que es imposible para el hombre es posible y fácil para Dios.
¿A cuántos nobles y refinados personajes hemos visto degustando manjares siempre esmeradamente preparados y exquisitos, caer enfermos, volverse impotentes? Pues bien, éstos mismos, ingresados a la vía estrecha y ardua de esta Orden, se dedicaron a servir al Señor con ayunos, vigilias, frío y hambre, tomaron pobres e insípidos alimentos y así recobraron la salud.
Cierta vez un fraile que en el mundo fuera abogado y médico de renombre, rechazó despectivamente los alimentos de la Orden como contrarios a su complexión, constituyéndose en grave escándalo para el resto de los hermanos. La noche siguiente vio en sueños a la bienaventurada Virgen María, patrona de la Orden cisterciense, que repartía una dulce pócima en cuchara de plata y además un frasco de oro a cada hermano mientras desfilaban en procesión. Cuando le llegó turno a nuestro médico, al acercar la boca para recibir lo suyo, la bienaventurada Virgen retiró su mano como indignada y reprobándolo, mientras le decía: Médico, cúrate a tí mismo.
Hubo muchos hombres santos desde el inicio de la primera fundación de la orden cisterciense hasta nuestros días, que fueron eminentes por sus carismas, aparte de la práctica de la observancia religiosa. Si bien desearon de corazón permanecer ocultos, disimulados bajo el celemín, el Señor los puso sobre el candelabro para estar a la vista de todos. Algunos brillaron por la inteligencia de las Escrituras, otros fueron eminentes en la ciencia de la predicación y la gracia del buen ejemplo, otros más se distinguieron por los milagros obrados y el don de sanar enfermos, hubo quienes por acendrada virtud, vencieron los límites de la resistencia humana en la práctica de abstinencias y ayunos. También hubo quienes por aprecio a la oración, la salmodia y divinas alabanzas, vencidas las distracciones y pensamientos ajenos, y tanto fruto extrajeron, que hubieran deseado atrasar las horas, si posible fuera, para recomenzar la oración del oficio divino.
Supimos de un hermano admirable que por gracia del Señor le fue revelado que otro no había confesado todos sus pecados. Dios le reveló entonces el interior de este hombre para que lo incitara a manifestarlo en confesión.
En primer lugar están los Cistercienses, los que cambiaron el hábito color nuez por uno gris, se aplicaron a reformar lo que había caído en desuso y de rechazar las novedades; podaron sin límites y con gran serenidad, muchas de las cosas permitidas, crucificaron las pasiones y deseos de su carne, y castigaron sus cuerpos reduciéndolos a la servidumbre. No usan pieles, camisas y tampoco calzado, a no ser aquéllos que tienen necesidad de montar a caballo. No comen carne, salvo en caso de grave enfermedad. En general, no consumen pescado, huevos, leche y queso. A veces, sin embargo, aunque excepcionalmente admitían esos refinamientos en su alimentación, por fraterno afecto o para fortificar alguna convalecencia. Los hermanos en graneros y casas fuera de la abadía, no bebían vino.
Ya se tratara de monjes o de otros hermanos legos, todos usan lechos de paja y mantas groseras, lechos más bien duros que no arrastran a la dejadez de la pereza: se acuestan vestidos con su túnica y cogullo y se levantan en medio de la noche; entonan salmos de alabanza, himnos y cantos sagrados, perseverando así hasta las primeras luces de la aurora. Alegremente completan su alabanza al Señor con el rezo de prima y la misa. Después de purificarse de sus pecados en el capítulo confesándose y recibiendo la penitencia, transcurren el resto de la jornada en trabajos manuales, lecturas y oraciones, sin permanecer ociosos y desocupados. En silencio la mayor parte del día, alguna vez se reservan una hora para el entretenimiento común, el consuelo y reuniones espirituales, como también para instruirse unos con otros. Desde ala festividad de la Santa Cruz, en setiembre, en que los cistercienses tienen capítulo general con la presencia de todos los abades, hasta Pascua, comen una sola vez por día.
Anualmente envían visitadores a todas las abadías sin excepción; la medida vale tanto para el superior como para todos los demás miembros, sin acepción de persona. Corrigiendo lo que corresponde, cuidando de no adular ni halagar a nadie, se conforman a las exigencias de rigor y severidad de la Orden: arrancan y destruyen, pierden, edifican y plantan según convenga. Por esta causa su Orden se mantiene fuerte en la verdad. Aunque son mesurados en todo, se muestran duros y austeros con sus cuerpos. No así con los pobres y los huéspedes, entre quienes distribuyen con gran liberalidad lo que tienen. Como vacas de las posesiones del Señor, ellos comen de la paja y reservan el grano para los que llegan. El peregrino no queda fuera, su puerta está abierta a los viajeros, no comen su pan ellos solos. Las entrañas de los pobres les bendicen porque los han calentado con el vellón de sus ovejas.
Toda la Iglesia de Jesucristo está tan penetrada por el nombre y buena opinión de la santidad de estos monjes, como de un aroma perfumado que todo lo invade, que no hay región donde esta viña bendita no haya extendido sus sarmientos. El Señor los ha puesto; su bienaventurada patrona la Virgen María, a la que sirven unánimemente y en todo lugar como un solo corazón en la mayor devoción, extendió el lugar de su tienda; su descendencia se expandió no sólo hasta el mar, también a ultramar. Así han visto cumplido en ellos lo que dijo el Señor en el Evangelio: recibieron el céntuplo en este mundo, y la vida eterna en el reino futuro. El Señor ha puesto allí desde el origen de su nueva plantación, un hábil jardinero, hombre prudente y santo según su corazón, muy fiel en su casa, obrero responsable y dedicado a su viña.
Sacando de su tesoro lo nuevo y lo viejo para darlo a la familia del Señor, distribuyó las raciones de trigo y dio el alimento en tiempo oportuno: se trata del santo abad de Claraval, Bernardo, la más preciada perla de la vida religiosa, luz de la Orden y estrella radiante en el firmamento de la Iglesia. No por obra ni inspiración del hombre, sino de Dios, adquirió un conocimiento eminente de las Sagradas Escrituras, bebiendo, como en la fuente misma del corazón del Señor, las aguas celestiales que él esparció en muchos lugares. Poderoso en acciones y palabras, por su santa y excelsa forma de vida, por la ciencia y la predicación celestial, por la virtud de milagros y acciones que movían al asombro, fue para muchos perfume de vida que conduce a la vida: abandonando las falaces tentaciones del mundo, muchos ingresaron en la vida religiosa, cambiando el áspero y pesante yugo de este mundo, por el muy dulce yugo de la Orden del Císter. Lo que es imposible para el hombre es posible y fácil para Dios.
¿A cuántos nobles y refinados personajes hemos visto degustando manjares siempre esmeradamente preparados y exquisitos, caer enfermos, volverse impotentes? Pues bien, éstos mismos, ingresados a la vía estrecha y ardua de esta Orden, se dedicaron a servir al Señor con ayunos, vigilias, frío y hambre, tomaron pobres e insípidos alimentos y así recobraron la salud.
Cierta vez un fraile que en el mundo fuera abogado y médico de renombre, rechazó despectivamente los alimentos de la Orden como contrarios a su complexión, constituyéndose en grave escándalo para el resto de los hermanos. La noche siguiente vio en sueños a la bienaventurada Virgen María, patrona de la Orden cisterciense, que repartía una dulce pócima en cuchara de plata y además un frasco de oro a cada hermano mientras desfilaban en procesión. Cuando le llegó turno a nuestro médico, al acercar la boca para recibir lo suyo, la bienaventurada Virgen retiró su mano como indignada y reprobándolo, mientras le decía: Médico, cúrate a tí mismo.
Hubo muchos hombres santos desde el inicio de la primera fundación de la orden cisterciense hasta nuestros días, que fueron eminentes por sus carismas, aparte de la práctica de la observancia religiosa. Si bien desearon de corazón permanecer ocultos, disimulados bajo el celemín, el Señor los puso sobre el candelabro para estar a la vista de todos. Algunos brillaron por la inteligencia de las Escrituras, otros fueron eminentes en la ciencia de la predicación y la gracia del buen ejemplo, otros más se distinguieron por los milagros obrados y el don de sanar enfermos, hubo quienes por acendrada virtud, vencieron los límites de la resistencia humana en la práctica de abstinencias y ayunos. También hubo quienes por aprecio a la oración, la salmodia y divinas alabanzas, vencidas las distracciones y pensamientos ajenos, y tanto fruto extrajeron, que hubieran deseado atrasar las horas, si posible fuera, para recomenzar la oración del oficio divino.
Supimos de un hermano admirable que por gracia del Señor le fue revelado que otro no había confesado todos sus pecados. Dios le reveló entonces el interior de este hombre para que lo incitara a manifestarlo en confesión.
Estado de los cristianos de uno y otro sexo que, llamados monjes y monjas, se retiran en un monasterio o cenobio para profesar los consejos evangélicos —pobreza, castidad y obediencia— según las directrices de una o varias reglas monásticas. A partir del siglo XI la voz «monacato» se aplica para designar los monasterios que se organizan en órdenes monásticas: los que siguen la regla de San Benito —cluniacenses, camaldulenses, cistercienses—, los cartujos, los trapenses y los jerónimos.
—Los cluniacenses: Llamados también «monjes negros» por el color de su hábito. En el siglo x se produjo en el monasterio de Cluny (Borgoña) un movimiento en busca de la libertad de la Iglesia, la pureza monástica y la reforma de las costumbres eclesiásticas, extendiendo rápidamente su influencia en toda Europa. Movimiento que coincide con la desertización de los monasterios primitivos aragoneses y con la destrucción de los fundados en los condados de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza a causa de las incursiones de Almanzor y Abd al-Malik (999-1006). Planeando la restauración de éstos, el rey Sancho el Mayor de Navarra reclamó al abad Odilón de Cluny la repatriación de un grupo de monjes navarro-aragoneses que se habían refugiado en el monasterio borgoñón, los cuales, presididos por el abad Paterno, repoblaron San Miguel de Maltray (Ruesta) y otros monasterios que confederaron, hacia 1025, y en los que introdujeron la regla de San Benito según el espíritu cluniacense. El abad Paterno pasó a Castilla y sus discípulos continuaron su obra durante el reinado del rey Ramiro I de Aragón, en cuyo tiempo se fundaron dos nuevos monasterios, los de Samitier y San Juan de Pano.
Pero la plena implantación de la reforma cluniacense no se realizó en Aragón hasta el año 1071, en que monjes procedentes probablemente de este monasterio borgoñón fundaron las abadías benedictinas de San Juan de la Peña y San Victorián de Sobrarbe, a las que el rey Sancho Ramírez sometió la mayoría de los antiguos cenobios aragoneses. Pocos años después, dentro de la misma línea monástica, la condesa Sancha, hija de Ramiro I, fundó el primer monasterio femenino del Aragón medieval, el de Santa María de Santa Cruz de la Serós (Val de Atarés).
La expansión aragonesa de los monjes negros se vio frenada desde un principio por la aceptación de otro movimiento, la llamada reforma gregoriana, promovido por la Santa Sede, que pretendía el acercamiento del clero al monacato bajo la regla de San Agustín, que se introdujo en las catedrales y que informó la erección de las abadías de canónigos de San Pedro de Loarre (1071) y Montearagón (1086). La corriente cisterciense del siglo xii debió de impedir también la expansión de los monjes negros fuera del Alto Aragón, donde se mantuvieron hasta la Desamortización las tres grandes abadías de San Juan de la Peña, San Victorián de Sobrarbe y Santa María de Alaón, poseedoras de señoríos, iglesias y prioratos dependientes. Ajenas a ellas fueron las fundaciones de los prioratos benedictinos de San Pedro el Viejo de Huesca, perteneciente al monasterio de Saint Pons de Thomières (1097) y San Benito de Calatayud, que era del de Oña.
—Los cistercienses: Frente a la riqueza y poderío de Cluny, surgió la reacción del monasterio francés de Citeaux (lat. Cister) en defensa de la rigurosa observancia de la regla de San Benito y de una mayor dedicación de los monjes al trabajo agrícola. La reforma cisterciense o de los «monjes blancos», auspiciada por la casa real, se implantó en Aragón a partir de la fundación del monasterio de Veruela (Vera de Moncayo) en 1146 con monjes procedentes del cenobio francés de Scala Dei. Franceses fueron también —de Gimont— los que informaron las fundaciones de los monasterios del Salz (Zuera) en 1154, Juncería (Villanueva de Gállego) en 1166 y Rueda (Escatrón) en 1182. Se concibió como filial de Poblet el de Piedra (Nuévalos), fundado en 1194. En el siglo xiii se fundaron otros tres monasterios de monjes blancos: el de Santa Fe de Cadrete en 1223, gracias a Miguel de Zapata; el de Santa Susana de Zaragoza en 1227 por Jaime I; y el de Santa María de Gloria (Ara, Val de Abena) en memoria de los vizcondes de Bearn, por el bearnés Augerio de Olorón y monjes de la abadía navarra de Oliva en 1242.
El movimiento cisterciense aragonés dedicó especial atención a las fundaciones de monasterios femeninos; la de Trasobares de 1168 se confió a las monjas de Tulebras (Navarra); en 1173, el obispo de Huesca Esteban de San Martín, antiguo abad de Poblet, y la condesa Áurea de Pallars erigieron el de Casbas, poco después debió de establecerse el de Santa María de Iguacel (Garcipollera) cuyas monjas se trasladaron a Cambrón (Sádaba) en 1212. La abadesa Catalana de Casbas, con poco éxito y algún contratiempo, intentó una primera fundación en San Benito de Calatayud, monasterio de monjes que compró al abad de Oña, en 1202 y una segunda, la de Santa María de Burbáguena, en 1208.
—Cartujos y Jerónimos: Aunque la orden contemplativa de los cartujos, fundada por San Bruno en 1084 en Chartreuse (Grenoble), se introdujo a fines del siglo XII en la Corona de Aragón —la primera fundación cartujana fue la de Scala Dei (Tarragona) en 1194—, no se implantó en el reino aragonés hasta el siglo xvi con la fundación de los monasterios de Las Fuentes (Lanaja) en 1507 y Aula Dei (Peñaflor) en 1563. La orden castellana de los jerónimos, erigida en 1373, entró en Aragón en 1493, con monjes de Cotalba (Gandía, Valencia) que tomaron posesión de la iglesia de Santa Engracia de Zaragoza, perteneciente a la diócesis de Huesca.
Al margen del monacato, aunque influidos por él, aparecen los canónigos regulares en el siglo XI, las órdenes militares en el XII y las órdenes mendicantes en el XIII.
• Bibliog.: I Jornadas sobre el estado actual de los estudios sobre Aragón; Zaragoza, 1979, pp. 703-721.
—Los cluniacenses: Llamados también «monjes negros» por el color de su hábito. En el siglo x se produjo en el monasterio de Cluny (Borgoña) un movimiento en busca de la libertad de la Iglesia, la pureza monástica y la reforma de las costumbres eclesiásticas, extendiendo rápidamente su influencia en toda Europa. Movimiento que coincide con la desertización de los monasterios primitivos aragoneses y con la destrucción de los fundados en los condados de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza a causa de las incursiones de Almanzor y Abd al-Malik (999-1006). Planeando la restauración de éstos, el rey Sancho el Mayor de Navarra reclamó al abad Odilón de Cluny la repatriación de un grupo de monjes navarro-aragoneses que se habían refugiado en el monasterio borgoñón, los cuales, presididos por el abad Paterno, repoblaron San Miguel de Maltray (Ruesta) y otros monasterios que confederaron, hacia 1025, y en los que introdujeron la regla de San Benito según el espíritu cluniacense. El abad Paterno pasó a Castilla y sus discípulos continuaron su obra durante el reinado del rey Ramiro I de Aragón, en cuyo tiempo se fundaron dos nuevos monasterios, los de Samitier y San Juan de Pano.
Pero la plena implantación de la reforma cluniacense no se realizó en Aragón hasta el año 1071, en que monjes procedentes probablemente de este monasterio borgoñón fundaron las abadías benedictinas de San Juan de la Peña y San Victorián de Sobrarbe, a las que el rey Sancho Ramírez sometió la mayoría de los antiguos cenobios aragoneses. Pocos años después, dentro de la misma línea monástica, la condesa Sancha, hija de Ramiro I, fundó el primer monasterio femenino del Aragón medieval, el de Santa María de Santa Cruz de la Serós (Val de Atarés).
La expansión aragonesa de los monjes negros se vio frenada desde un principio por la aceptación de otro movimiento, la llamada reforma gregoriana, promovido por la Santa Sede, que pretendía el acercamiento del clero al monacato bajo la regla de San Agustín, que se introdujo en las catedrales y que informó la erección de las abadías de canónigos de San Pedro de Loarre (1071) y Montearagón (1086). La corriente cisterciense del siglo xii debió de impedir también la expansión de los monjes negros fuera del Alto Aragón, donde se mantuvieron hasta la Desamortización las tres grandes abadías de San Juan de la Peña, San Victorián de Sobrarbe y Santa María de Alaón, poseedoras de señoríos, iglesias y prioratos dependientes. Ajenas a ellas fueron las fundaciones de los prioratos benedictinos de San Pedro el Viejo de Huesca, perteneciente al monasterio de Saint Pons de Thomières (1097) y San Benito de Calatayud, que era del de Oña.
—Los cistercienses: Frente a la riqueza y poderío de Cluny, surgió la reacción del monasterio francés de Citeaux (lat. Cister) en defensa de la rigurosa observancia de la regla de San Benito y de una mayor dedicación de los monjes al trabajo agrícola. La reforma cisterciense o de los «monjes blancos», auspiciada por la casa real, se implantó en Aragón a partir de la fundación del monasterio de Veruela (Vera de Moncayo) en 1146 con monjes procedentes del cenobio francés de Scala Dei. Franceses fueron también —de Gimont— los que informaron las fundaciones de los monasterios del Salz (Zuera) en 1154, Juncería (Villanueva de Gállego) en 1166 y Rueda (Escatrón) en 1182. Se concibió como filial de Poblet el de Piedra (Nuévalos), fundado en 1194. En el siglo xiii se fundaron otros tres monasterios de monjes blancos: el de Santa Fe de Cadrete en 1223, gracias a Miguel de Zapata; el de Santa Susana de Zaragoza en 1227 por Jaime I; y el de Santa María de Gloria (Ara, Val de Abena) en memoria de los vizcondes de Bearn, por el bearnés Augerio de Olorón y monjes de la abadía navarra de Oliva en 1242.
El movimiento cisterciense aragonés dedicó especial atención a las fundaciones de monasterios femeninos; la de Trasobares de 1168 se confió a las monjas de Tulebras (Navarra); en 1173, el obispo de Huesca Esteban de San Martín, antiguo abad de Poblet, y la condesa Áurea de Pallars erigieron el de Casbas, poco después debió de establecerse el de Santa María de Iguacel (Garcipollera) cuyas monjas se trasladaron a Cambrón (Sádaba) en 1212. La abadesa Catalana de Casbas, con poco éxito y algún contratiempo, intentó una primera fundación en San Benito de Calatayud, monasterio de monjes que compró al abad de Oña, en 1202 y una segunda, la de Santa María de Burbáguena, en 1208.
—Cartujos y Jerónimos: Aunque la orden contemplativa de los cartujos, fundada por San Bruno en 1084 en Chartreuse (Grenoble), se introdujo a fines del siglo XII en la Corona de Aragón —la primera fundación cartujana fue la de Scala Dei (Tarragona) en 1194—, no se implantó en el reino aragonés hasta el siglo xvi con la fundación de los monasterios de Las Fuentes (Lanaja) en 1507 y Aula Dei (Peñaflor) en 1563. La orden castellana de los jerónimos, erigida en 1373, entró en Aragón en 1493, con monjes de Cotalba (Gandía, Valencia) que tomaron posesión de la iglesia de Santa Engracia de Zaragoza, perteneciente a la diócesis de Huesca.
Al margen del monacato, aunque influidos por él, aparecen los canónigos regulares en el siglo XI, las órdenes militares en el XII y las órdenes mendicantes en el XIII.
• Bibliog.: I Jornadas sobre el estado actual de los estudios sobre Aragón; Zaragoza, 1979, pp. 703-721.
Edimburgo es la capital de Escocia, pero no es la ciudad más grande, deriva su nombre del tiempo (alrededor A. D. 620) en que la fortaleza del burgo de Edwin fue levantada en una espuela alta de las montañas de Pentland dominando la primera de la Cuarta y establecida en el dominio anglicano en la parte norte del reino del norte de los umbrales. El castillo de Edimburgo fue una residencia real en el reino de Malcolm Canmore, esposo de Santa Margarita quien murió en 1093. Alrededor del castillo el pueblo creció y un poco mas bajo del colegio iglesia de San Giles, predecesor de la iglesia presente llevando ese nombre, fue erigida en el siglo doce. El hijo de Santa Margarita, el rey David I, fundo la abadía de Holyrood, en el pie de la montaña del castillo. 1128, pero el pueblo de Edimburgo sor algunos siglos no extendió hasta el cerro inclinado hacia el este del castillo. En la mitad del siglo quince, Edimburgo se volvió la capital real de Escocia, eso es, el asiento del Parlamento y el Gobierno así como la residencia de los reyes, y la escena de muchos y los más importantes concilios provinciales que regularon los negocios de la iglesia de Escocia. Jaime II, fue el primer rey coronado en Edimburgo en lugar del Abad de Scone, y el y sus sucesores confirieron muchos privilegios en la capital e hicieron todo en su poder para desarrollar y aumentar su prosperidad. El crecimiento de la ciudad gradualmente se extendió a los viejos muros, todo a lo largo del inclinado cerro que se extendía desde el castillo hasta lo alto de Holyrrod hasta el suelo. Y hacia el fin del siglo XIX, el nuevo pueblo fue construido hacia el norte entre los extensos lagos (desde el filtro) que se extendía bajo la montaña del castillo.
Durante los pasados 100 años, tuvo un incremento fuertemente en población y riqueza, no tan rápido como otras ciudades que son grandes centros de manufacturas y comercio. La belleza sin rival de esta situación y lo social y otros adelantos que se ofrecieron como la capital del país, tan bien como facilidades educativas remarcables, proporcionaron por sus muchas escuelas equipadas espléndidamente y colegios, tuvieron siempre hecho atractivos excepcionales como lugar de residencia. Literalmente el sabor y cultura fueron largamente la característica especial de la sociedad de Edimburgo y aun posee algunos de los encantos literarios que ganaron para la ciudad el titulo de la Atenas Moderna en el segundo cuarto del siglo diecinueve, Cuando Scott,, Wilson, Jeffrey Brougham y otros hicieron de famosos por su personalidad y genio. Facilidades modernas de viajar y de intercomunicaciones fueron dadas inevitablemente a Edimburgo como cada centro de población, en el reinado de fuera de Londres, una cierta nota de provincialismo, pero todas juntas no perdieron la dignidad y encanto propio de la capital. La población de Edimburgo, es ahora (1908) 317,000 e incrementaron en mas de 100,000 en los pasados treinta años, y es área total como cerca de 11000 acres. Regresan cuatro miembros del parlamente y es gobernado por un concilio del pueblo de cincuenta miembros precedido sobre el señor alcalde. Imprimiendo, elaborando cerveza y destilando a lo largo del tiempo ha sido y aun es la industria principal de la ciudad. Edimburgo es el asiento de la suprema corte de justicia, que en su forma externa como en muchos puntos esenciales difiere grandemente de la ley de Inglaterra. Los presidentes de las cortes son señores de justicia en general y el señor de justicia eclesiásticas, y los jueces propiamente llamados “ Senadores del colegio de justicia” disfrutan el titulo oficial de señor. La corte suprema ocupa la antigua casa del parlamento escocés elevada en el siglo diecisiete su construcción y bajo el mismo alojo esta la biblioteca de los abogados, una de las más extensas y validas colecciones de libros y manuscritos en el reino.
Universidad de Edimburgo.
La universidad de Edimburgo, la única de las cuatro universidades escocesas no fundada en los tiempos católicos, fue establecida en 1582, por carácter real, garantizado por Jaime VI, y fue aceleradamente enriquecida por muchos benefactores de prominentes ciudadanos. Sus edificios ocupan el sitio del colegio anciano de la Iglesia de Santa Maria en los campos, o los campos de Kirk, (bien conocidos como la escena de los asesinados misteriosos del Señor Darnley) y en recientes años ha sido grandemente extendida y embellecida. La universidad comprende las facultades usualmente de divinidad, ley, medicina y artes y ha producido muchos hombres eminentes. La escuela de medicina de Edimburgo, fue la de más amplia reputación y atrajo estudiantes de todas partes del imperio, como muchos extranjeros. Los tests religiosos no previenen a los católicos del disfrute de todos los beneficios de la educación universitaria en Edimburgo. Pero el numero de católicos frecuentemente, las escuelas son pequeñas remarcablemente. El numero total de estudiantes frecuentemente la universidad es entre tres y cuatro mil.
Historia Eclesiástica.
Edimburgo es naturalmente muy envuelta en la historia eclesiástica con el país entero. En los tempranos siglos de su existencia, perteneciendo como fue al Reinado del Norte de los umbrales, Edimburgo fue incluido en la Diócesis de Lindisfarne, como encontramos la lista de iglesias pertenecientes a esa santa compilación de San Simón de Durham en 854. La temprana conexión de la ciudad con Lindisfarne, es mostrada por la dedicación a San Cutberto por su iglesia antigua, fundada probablemente en el siglo nueve. La iglesia de San Cutberto, fue presentada a la nueva establecida Abadía de Holyrrod por el rey David. Fue la más rica iglesia en Edimburgo y posee algunas capillas extrínsecas, como San Ninian, San Roque y San Juan Bautista. Cuando el sistema diocesano vino totalmente establecido en Escocia bajo Malcolm y Margarita y sus hijos. Edimburgo fue incluido de la Diócesis metropolitana de San Andrés y continuo siendo así hasta la supresión de la jerarquía antigua en el siglo dieciséis. El arzobispo de la Sede, tan bien como residencia episcopal, fue en el curso de la ciudad principal de San Andrés entre el primero y el cuarto, y ahí no hubo construcción conocida como una catedral en Edimburgo antes de 1634, cuando la nueva diócesis anglicana de Edimburgo fue formada fuera del viejo archidiaconado de Lothian y Forbes se convirtió en el primer ocupante de la Sede. El viejo iglesia colegio de San Giles, fue en este tiempo y durante el revivir del episcopalismo en Escocia, usado como catedral de obispos protestantes. Con miras a que la Iglesia Católica, Edimburgo, fue el cuartel general de vicarios apostólicos del distrito del este de Escocia desde el tiempo de la fundación del vicariato en 1828, cuando la iglesia ahora conocida como La Catedral católica de Santa Maria, fue en existencia por algunos quince años. No tiene interés arquitectónico, pero un espacioso cancel fue agregado y otras mejoras llevadas a cabo en 1891. una catedral para el cuerpo episcopal (cuyos obispos residen en Edimburgo) Fue erigido alrededor de 1878 con un costo de $500,000.00 de fondos dejados por dos damas caritativas. Es la construcción gótica de mucha dignidad y por lejos fina construcción eclesiástica, tampoco vieja o moderna, ahora existente en Edimburgo. Los presbiterianos tienen ahora algunas iglesias bellas, pero la gran vieja iglesia de San Giles, ahora en sus manos, ha sido esperadamente vulgarizada por el restaurador. Una nueva iglesia construida por los Irvingitas es adornada con algunos finos murales pintados.
Las siete iglesias católicas que ( a un lado de la catedral) proveen las necesidades de la población católica de Edimburgo no son de particular merito arquitectónico, las de mas importante interés han sido últimamente erigidas San Pedro, que es la mas temprana del estilo bizantino y formas con su presbiteriado, un pequeño grupo de mucha originalidad y encanto. El arzobispado católico de San Andrés y Edimburgo (el cuarto que ha llevado el oficio en treinta años) reside en Edimburgo y tiene un asiento episcopal en la Catedral de Santa Maria. San Andrés (cuyo titulo de Edimburgo fue agregado a la restauración de la jerarquía en 1878) posee una iglesia católica pequeña. Pero la población católica de la primera ciudad es estimada en numero acerca de 20,000. En el reino de la reina Ana (1702-14) una lista fue enviada en el concilio privado del “Padres papistas y sus hijos en varios distritos de Escocia” dado el numero de católicos en Edimburgo como 160, incluyendo al duque y duquesa de Gordon con su familia y ama de llaves y algunos otros nobles de la familia. La mayoría de los católicos de Edimburgo al día son de las clases más pobres y origen irlandés, pero la pasada década testifico un considerable numero de conversiones entre el mas bullicio de los no habitantes de la ciudad. Desde el gran anticatólico tumulto de 1779 cuando las capillas y casas pertenecían al cuerpo insignificante de católicos fueron quemadas por los alborotadores, el espíritu de tolerancia fue haciendo progreso en Escocia capital, como en todas las partes del reino. Los católicos generalmente respetados y pudieron crecer a altas posiciones de verdad en lo comercial, legal y mundo municipal.
Algunas remembranzas a ser dichas de las casas religiosas que han florecido en Edimburgo en los viejos y tiempos modernos. El principal y opulento monasterio en días formales fue la Abadía de Holyrood, fundada por David I para los cánones agustinianos, quienes fueron traídos de San Andrés. Los monjes negros o monasterio dominico fue fundado por Alejandro II en 1230 en un sitio ahora ocupado por un hospital. Los monjes grises o iglesia franciscana ( de la rama de la orden de observantes) estuvo en el Grassmarket hasta que fue destruido por el fuego en 1845. Los monjes blancos o carmelitas no se asentaron en Edimburgo hasta 1518. Sus casas en el lado verde, cerca de la montaña de Calton, fueron transformadas por la disolución en hospitales para leprosos. Entre la casa Carmelita, Cercana a Leith estuvo la preceptoría de San Antonio, la única casa de la orden en Escocia. Las iglesias colegiales en y alrededor de Edimburgo incluyeron a San Giles y Los campos de Santa Maria ( ya mencionadas) La iglesia de la Trinidad, Restalrig, Corstorphine, Creihton y Dalkeith. La iglesia de la Trinidad, una de las más exquisitas construcciones góticas en Escocia, fue destruida en el siglo diecinueve por un deplorable acto de vandalismo, que hizo espacio para nuevos trabajos de ferrocarriles. Ninguno de los benedictinos ni monjes cistercianos, que tuvieron numerosas casas en Escocia, fueron establecidas en Edimburgo. Los cistercianos o monjes benedictinos sin embargo poseyeron el convento de Santa Maria en el sendero (o senda) cerca de los hospitales, donde las hermanas atendían a los enfermos. Los monjes dominicos tuvieron también un convento (llamado Sienes o Shenes de Santa Catalina de Siena) en las orillas de la ciudad. Numerosos hospitales en la iglesia católica comprendieron Santa Maria Magdalena en Cowgate, fundado en 1503 ( la capilla recuerda y ahora es usada como misión medica) San Leonardo al pie de Salisbury Crags, Santa Maria en Leith Wynd por doce mendigos (convertida en casa de trabajo por los magistrados de Edimburgo en 1619) Santo Tomas cercano a la puerta de agua fundada en 1541 por el Abad C Richton de Holyrood por siete hombres de caridad en vestidos rojos, y El hospital Ballantyne fundado por Robert Ballentyne o Bellenden, Abad de Holyrood. Las dos ordenes religiosas de hombres ahora trabajando en Edimburgo y su puerto de Leith son los jesuitas y los oblatos de Maria Inmaculada. Los formadores sirven a una de las mas grandes iglesia en la ciudad y los últimos tienen una casa en Leith. Hay ocho conventos de las Hermanas de la Caridad, pequeñas Hermanas de los Pobres, Hermanas del Sagrado Corazón, Pobres Clarisas, Orden de Maria Reparatriz, ayudadoras de las santas almas, y Hermanas de la Inmaculada Concepción, las otras instituciones católicas de la ciudad incluyen a niños de refugios, orfanatos para niños y niñas, casas de trabajo para niños, casas para niños destituidos, dispensarios y casas para penitentes.
Maitland Historia de Edimburgo 1754. Andrson. Historia de Edimburgo, (Edimburgo 1856)
D. O. Hunter Blair.Transcrito por W. G. KofronCon gracias a Fr. John Hilkert, Akron, Ohio.Traduccion Patricia Reyes
Durante los pasados 100 años, tuvo un incremento fuertemente en población y riqueza, no tan rápido como otras ciudades que son grandes centros de manufacturas y comercio. La belleza sin rival de esta situación y lo social y otros adelantos que se ofrecieron como la capital del país, tan bien como facilidades educativas remarcables, proporcionaron por sus muchas escuelas equipadas espléndidamente y colegios, tuvieron siempre hecho atractivos excepcionales como lugar de residencia. Literalmente el sabor y cultura fueron largamente la característica especial de la sociedad de Edimburgo y aun posee algunos de los encantos literarios que ganaron para la ciudad el titulo de la Atenas Moderna en el segundo cuarto del siglo diecinueve, Cuando Scott,, Wilson, Jeffrey Brougham y otros hicieron de famosos por su personalidad y genio. Facilidades modernas de viajar y de intercomunicaciones fueron dadas inevitablemente a Edimburgo como cada centro de población, en el reinado de fuera de Londres, una cierta nota de provincialismo, pero todas juntas no perdieron la dignidad y encanto propio de la capital. La población de Edimburgo, es ahora (1908) 317,000 e incrementaron en mas de 100,000 en los pasados treinta años, y es área total como cerca de 11000 acres. Regresan cuatro miembros del parlamente y es gobernado por un concilio del pueblo de cincuenta miembros precedido sobre el señor alcalde. Imprimiendo, elaborando cerveza y destilando a lo largo del tiempo ha sido y aun es la industria principal de la ciudad. Edimburgo es el asiento de la suprema corte de justicia, que en su forma externa como en muchos puntos esenciales difiere grandemente de la ley de Inglaterra. Los presidentes de las cortes son señores de justicia en general y el señor de justicia eclesiásticas, y los jueces propiamente llamados “ Senadores del colegio de justicia” disfrutan el titulo oficial de señor. La corte suprema ocupa la antigua casa del parlamento escocés elevada en el siglo diecisiete su construcción y bajo el mismo alojo esta la biblioteca de los abogados, una de las más extensas y validas colecciones de libros y manuscritos en el reino.
Universidad de Edimburgo.
La universidad de Edimburgo, la única de las cuatro universidades escocesas no fundada en los tiempos católicos, fue establecida en 1582, por carácter real, garantizado por Jaime VI, y fue aceleradamente enriquecida por muchos benefactores de prominentes ciudadanos. Sus edificios ocupan el sitio del colegio anciano de la Iglesia de Santa Maria en los campos, o los campos de Kirk, (bien conocidos como la escena de los asesinados misteriosos del Señor Darnley) y en recientes años ha sido grandemente extendida y embellecida. La universidad comprende las facultades usualmente de divinidad, ley, medicina y artes y ha producido muchos hombres eminentes. La escuela de medicina de Edimburgo, fue la de más amplia reputación y atrajo estudiantes de todas partes del imperio, como muchos extranjeros. Los tests religiosos no previenen a los católicos del disfrute de todos los beneficios de la educación universitaria en Edimburgo. Pero el numero de católicos frecuentemente, las escuelas son pequeñas remarcablemente. El numero total de estudiantes frecuentemente la universidad es entre tres y cuatro mil.
Historia Eclesiástica.
Edimburgo es naturalmente muy envuelta en la historia eclesiástica con el país entero. En los tempranos siglos de su existencia, perteneciendo como fue al Reinado del Norte de los umbrales, Edimburgo fue incluido en la Diócesis de Lindisfarne, como encontramos la lista de iglesias pertenecientes a esa santa compilación de San Simón de Durham en 854. La temprana conexión de la ciudad con Lindisfarne, es mostrada por la dedicación a San Cutberto por su iglesia antigua, fundada probablemente en el siglo nueve. La iglesia de San Cutberto, fue presentada a la nueva establecida Abadía de Holyrrod por el rey David. Fue la más rica iglesia en Edimburgo y posee algunas capillas extrínsecas, como San Ninian, San Roque y San Juan Bautista. Cuando el sistema diocesano vino totalmente establecido en Escocia bajo Malcolm y Margarita y sus hijos. Edimburgo fue incluido de la Diócesis metropolitana de San Andrés y continuo siendo así hasta la supresión de la jerarquía antigua en el siglo dieciséis. El arzobispo de la Sede, tan bien como residencia episcopal, fue en el curso de la ciudad principal de San Andrés entre el primero y el cuarto, y ahí no hubo construcción conocida como una catedral en Edimburgo antes de 1634, cuando la nueva diócesis anglicana de Edimburgo fue formada fuera del viejo archidiaconado de Lothian y Forbes se convirtió en el primer ocupante de la Sede. El viejo iglesia colegio de San Giles, fue en este tiempo y durante el revivir del episcopalismo en Escocia, usado como catedral de obispos protestantes. Con miras a que la Iglesia Católica, Edimburgo, fue el cuartel general de vicarios apostólicos del distrito del este de Escocia desde el tiempo de la fundación del vicariato en 1828, cuando la iglesia ahora conocida como La Catedral católica de Santa Maria, fue en existencia por algunos quince años. No tiene interés arquitectónico, pero un espacioso cancel fue agregado y otras mejoras llevadas a cabo en 1891. una catedral para el cuerpo episcopal (cuyos obispos residen en Edimburgo) Fue erigido alrededor de 1878 con un costo de $500,000.00 de fondos dejados por dos damas caritativas. Es la construcción gótica de mucha dignidad y por lejos fina construcción eclesiástica, tampoco vieja o moderna, ahora existente en Edimburgo. Los presbiterianos tienen ahora algunas iglesias bellas, pero la gran vieja iglesia de San Giles, ahora en sus manos, ha sido esperadamente vulgarizada por el restaurador. Una nueva iglesia construida por los Irvingitas es adornada con algunos finos murales pintados.
Las siete iglesias católicas que ( a un lado de la catedral) proveen las necesidades de la población católica de Edimburgo no son de particular merito arquitectónico, las de mas importante interés han sido últimamente erigidas San Pedro, que es la mas temprana del estilo bizantino y formas con su presbiteriado, un pequeño grupo de mucha originalidad y encanto. El arzobispado católico de San Andrés y Edimburgo (el cuarto que ha llevado el oficio en treinta años) reside en Edimburgo y tiene un asiento episcopal en la Catedral de Santa Maria. San Andrés (cuyo titulo de Edimburgo fue agregado a la restauración de la jerarquía en 1878) posee una iglesia católica pequeña. Pero la población católica de la primera ciudad es estimada en numero acerca de 20,000. En el reino de la reina Ana (1702-14) una lista fue enviada en el concilio privado del “Padres papistas y sus hijos en varios distritos de Escocia” dado el numero de católicos en Edimburgo como 160, incluyendo al duque y duquesa de Gordon con su familia y ama de llaves y algunos otros nobles de la familia. La mayoría de los católicos de Edimburgo al día son de las clases más pobres y origen irlandés, pero la pasada década testifico un considerable numero de conversiones entre el mas bullicio de los no habitantes de la ciudad. Desde el gran anticatólico tumulto de 1779 cuando las capillas y casas pertenecían al cuerpo insignificante de católicos fueron quemadas por los alborotadores, el espíritu de tolerancia fue haciendo progreso en Escocia capital, como en todas las partes del reino. Los católicos generalmente respetados y pudieron crecer a altas posiciones de verdad en lo comercial, legal y mundo municipal.
Algunas remembranzas a ser dichas de las casas religiosas que han florecido en Edimburgo en los viejos y tiempos modernos. El principal y opulento monasterio en días formales fue la Abadía de Holyrood, fundada por David I para los cánones agustinianos, quienes fueron traídos de San Andrés. Los monjes negros o monasterio dominico fue fundado por Alejandro II en 1230 en un sitio ahora ocupado por un hospital. Los monjes grises o iglesia franciscana ( de la rama de la orden de observantes) estuvo en el Grassmarket hasta que fue destruido por el fuego en 1845. Los monjes blancos o carmelitas no se asentaron en Edimburgo hasta 1518. Sus casas en el lado verde, cerca de la montaña de Calton, fueron transformadas por la disolución en hospitales para leprosos. Entre la casa Carmelita, Cercana a Leith estuvo la preceptoría de San Antonio, la única casa de la orden en Escocia. Las iglesias colegiales en y alrededor de Edimburgo incluyeron a San Giles y Los campos de Santa Maria ( ya mencionadas) La iglesia de la Trinidad, Restalrig, Corstorphine, Creihton y Dalkeith. La iglesia de la Trinidad, una de las más exquisitas construcciones góticas en Escocia, fue destruida en el siglo diecinueve por un deplorable acto de vandalismo, que hizo espacio para nuevos trabajos de ferrocarriles. Ninguno de los benedictinos ni monjes cistercianos, que tuvieron numerosas casas en Escocia, fueron establecidas en Edimburgo. Los cistercianos o monjes benedictinos sin embargo poseyeron el convento de Santa Maria en el sendero (o senda) cerca de los hospitales, donde las hermanas atendían a los enfermos. Los monjes dominicos tuvieron también un convento (llamado Sienes o Shenes de Santa Catalina de Siena) en las orillas de la ciudad. Numerosos hospitales en la iglesia católica comprendieron Santa Maria Magdalena en Cowgate, fundado en 1503 ( la capilla recuerda y ahora es usada como misión medica) San Leonardo al pie de Salisbury Crags, Santa Maria en Leith Wynd por doce mendigos (convertida en casa de trabajo por los magistrados de Edimburgo en 1619) Santo Tomas cercano a la puerta de agua fundada en 1541 por el Abad C Richton de Holyrood por siete hombres de caridad en vestidos rojos, y El hospital Ballantyne fundado por Robert Ballentyne o Bellenden, Abad de Holyrood. Las dos ordenes religiosas de hombres ahora trabajando en Edimburgo y su puerto de Leith son los jesuitas y los oblatos de Maria Inmaculada. Los formadores sirven a una de las mas grandes iglesia en la ciudad y los últimos tienen una casa en Leith. Hay ocho conventos de las Hermanas de la Caridad, pequeñas Hermanas de los Pobres, Hermanas del Sagrado Corazón, Pobres Clarisas, Orden de Maria Reparatriz, ayudadoras de las santas almas, y Hermanas de la Inmaculada Concepción, las otras instituciones católicas de la ciudad incluyen a niños de refugios, orfanatos para niños y niñas, casas de trabajo para niños, casas para niños destituidos, dispensarios y casas para penitentes.
Maitland Historia de Edimburgo 1754. Andrson. Historia de Edimburgo, (Edimburgo 1856)
D. O. Hunter Blair.Transcrito por W. G. KofronCon gracias a Fr. John Hilkert, Akron, Ohio.Traduccion Patricia Reyes
La Orden de Cluny
En el año 911 el rey Guillermo de Aquitania cede unos terrenos en Borgoña al monje Bernon para fundar un monasterio.
De esta forma comienza la andadura de una de las organizaciones más decisivas en la historia de Occidente: la Orden benedictina de Cluny.
Desde es primer momento fundacional la Orden de Cluny alcanza una absoluta independencia respecto de cualquier poder laico o eclesiástico.
Esta independencia temporal de la orden se debe a que el abad Bernon exigió el derecho de ser sólo tributario del Papado y responder de sus actos únicamente ante el Papa, lo que le permitió una gran cantidad de privilegios y de donaciones, saltándose la autoridad de señores laicos y obispos. Con tamaña libertad de acción, la abadía se involucró en decisiones de ámbito social, político, económico e incluso militar en los distintos reinos europeos.
El otro factor que permitió el engrandecimiento de la Orden de Cluny fue el acierto de crear una estructura orgánica centralizadora, frente a la habitual dispersión y disgregación que los monasterios benedictinos habían tenido hasta entonces. Esto sólo fue posible gracias a la "inmunidad" internacional frente a reyes y nobles que la dependencia papal le había conferido.
El siglo XI fue el de máximo esplendor para la Orden, y en ello intervino la extrema longevidad y estabilidad de los mandatos de dos abades que abarcaron todo el siglo XI. Nos referimos al abad Odilón (994-1049) y a Hugo el Grande (1049-1109)
En este lapso de máximo desarrollo, la abadía de Cluny llegó a contar entre 400 y 700 monjes, y extendía su absoluto poder sobre 850 casas en Francia, 109 en Alemania, 52 en Italia, 43 en Gran Bretaña y 23 en la Península Ibérica, agrupando a más de 10.000 monjes, sin contar su innumerable personal subalterno.
Los principales aspectos organizativos, políticos y religiosos de los "monjes negros" se pueden resumir en los siguientes puntos:
Vasallaje exclusivo a Roma y defensa de su primacía moral
Predominio de una férrea estructura jerárquica piramidal entre prioratos, abadías subordinadas y abadías afiliadas.
Organización feudal interna y apoyo a la sociedad feudal de la época, manteniendo buenas relaciones con nobles y obispos (a pesar de su inmunidad frente a ellos)
Intensificación decisiva de la clericalización del monacato. Cluny multiplicó el número de sacerdotes entre sus miembros.
Predominio en la vida monástica del rezo litúrgico y la celebración coral de la eucaristía, frente a los trabajos físicos que eran irrelevantes, y que eran realizados por personal subalterno.
Conservación y difusión de la cultura gracias a labor de sus scriptoria donde se realizaban permanentemente copia de manuscritos.
La crisis de la Orden de Cluny llega en las primeras décadas del siglo XII. Las razones del declive de la Orden en estos años se puede resumir en:
Excesiva rigidez de su propia estructura que impedía la más mínima flexibilidad entre las distintas casas, paralizando así a toda la orden.
Incorporación masiva de nobles sin vocación para beneficiarse de los privilegios y comodidades de la vida monástica. Ello llevó a una progresiva relajación de costumbres.
Progresiva orientación -durante el siglo XII- del monaquismo occidental hacia aspectos eremíticos y ascéticos, lo que influyó en el nacimiento de las nuevas órdenes, como la del Císter.
Influencia de la Orden de Cluny en la España Medieval
La influencia de los monjes cluniacenses en España se puede clasificar en tres puntos esenciales:
Impulso del Camino de Santiago
Indudablemente, la Orden de Cluny fue uno de los principales motores de dinamización del Camino de Santiago.
Fiel a la regla benedictina, la abadía cluniacense se autoinvistió como difusora del cristianismo, sobre todo a lo largo del Camino. Desde ese punto de vista, resulta comprensible su interés por el Camino de Santiago, donde se fraguaban la Reconquista y la cristianización del sur musulmán.
También es posible que tal devoción jacobea se debiera en parte al anhelo de poder, ya que durante los siglos XI y XII, la orden duplicó sus propiedades gracias a las generosas donaciones realizadas por los monarcas hispanos. La orden de Cluny alzó monasterios, puentes, iglesias y hospitales, pero también recibió infinidad de edificios, tierras, prioratos y villas a través de decretos reales. Abolición del rito mozárabe
Otra influencia de Cluny ejerció sobre la España cristiana del siglo XI fue el apoyo a Roma para la abolición del rito mozárabe y la reorganización eclesiástico-monástica.
Fundación de MonasteriosCluny encontró en los reyes de León del siglo XI el apoyo necesario para el establecimiento o reforma de varios monasterios en Tierra de Campos.
Entre estos monasterios destacan San Zoilo en Carrión de los Condes, San Isidro de Dueñas (Palencia) y por supuesto, San Benito de Sahagún, que fue el monasterio más poderoso de ese periodo.
En estos tres monasterios se producen manifestaciones románicas valiosísimas.
De San Benito de Sahagún (Anteriormente llamado "San Facundo y Primitivo) se conserva la lauda sepulcral de Alfonso Ansúrez más una Virgen procedente del tímpano de una portada que se exponen en el Museo Arqueológico Nacional.
San Isidro de Dueñas tiene una iglesia transformada que debió ser muy similar a San Martín de Frómista. Afortunadamente, la portada occidental se conserva bien.
Por último, en San Zoilo de Carrión de los Condes, se descubrió en 1993 una portada oculta de excelente calidad artística. Tiene cinco arquivoltas y cuatro columnas con capiteles relacionados con Jaca y San Isidoro de León.
Cluny y el románico
En el año 910 se comienza la construcción del primer templo de Cluny, denominada "Cluny I" que fue consagrada en el año 927. Debió ser un edificio de estilo otoniano.
Años más tarde se acomete la segunda obra del Monasterio de Cluny ("Cluny II") que es consagrada en el año 981 y que fue abovedada en 1010.
Se ha podido reconstruir la distribución interior del templo por el reflejo que dejó en varios edificios cluniacenses, principalmente de la zona suiza.
Se trataba de una iglesia sin pórtico, sólo con una especie de atrio abierto con galerías porticadas.
Por este atrio se accedía a la iglesia, que tenía tres naves, seguramente separadas por pilares de sección circular.
Había un crucero destacado en planta y una cabecera muy compartimentada con siete capillas en torno a la cabecera. El presbiterio estaba dividido en tres naves. Tenía dos torres a los pies y otra en el crucero, seguramente con influencia decorativa lombarda.
A finales del siglo XI aparece la necesidad no sólo de ampliar la iglesia de Cluny II sino también el resto de dependencias del recinto.
Entre 1088 y 1118 se edificó una nueva inmensa iglesia, "Cluny III", pero durante su construcción, Cluny II sigue en funcionamiento hasta su desaparición casi por completo para ampliar el claustro.
La construcción fue financiada por el rey de Inglaterra y el rey Alfonso VI de Castilla Y León, hecho favorece que la orden se extienda rápidamente en la Península.
Cluny III, fue expropiada, vendida y estúpidamente derribada a comienzos del siglo XIX, salvo algunos fragmentos del crucero,indudablemente se puede considerar como una de las obras cumbres del románico europeo.
Cluny III era un enorme templo de casi 200 metros de longitud. Tenía un pórtico de tres naves precedido por dos torres. Desde este pórtico se accedía a la iglesia de cinco naves de gran altura, dos cruceros con dos capillas. La cabecera tenía una girola y cinco absidiolos. El crucero más cercano a la nave era más alto, largo y ancho. Tenían un gran número de ventanas, especialmente en la cabecera. No hay tribuna, pero se empiezan a utilizar los arbotantes. Tenía decoración de arquillos lombardos.
Parece que en el gran edificio de Cluny III influyeron algunos edificios, tales como:
Charité Sur LoireSe comienza hacia el 1080 y se concluye en el 1135. Tiene cinco naves. La articulación del muro era de tres pisos: arcadas, triforio ciego y ventanas (no hay tribuna). También tenía una girola con absidiolos, y sólo 3 torres.
Saint Etienne de NeversSe construyó entre el 1063 y el 1097. Tiene tres naves, girola con tres absidiolos y transepto marcado en planta. La articulación del muro también tiene tres pisos: arcos, tribuna y ventanas (similar a las iglesias de peregrinación). La cubrición era la característica del románico: en la nave central cañón, en las laterales arista y en la tribuna cuarto de cañón. Toda la iglesia destaca por su perfecta sillería.
Por su parte, Cluny III influyó arquitectónicamente en algunos edificios románicos de Borgoña, donde el visitante puede hacerse una idea aproximada de cómo era la última iglesia abacial cluniacense:
Saint Benît Sur LoireIglesia de tres naves con un solo crucero y un presbiterio muy profundo con girola. Es una iglesia ad triangulum. Tiene una sólo una torre en el cimborrio. Articulación del muro en tres pisos: arcadas, triforio ciego muy alto y ventanas. Está precedida por una torre pórtico.
Paray-Le-MonialFue una fundación directa de Hugo el Grande, promotor de las obras de Cluny III. Es el mejor ejemplo de cómo debía ser Cluny III.
Edificio con tres torres, dos a los pies, entre las que se desarrolla un pórtico. La cabecera también tiene girola, con tres absidiolos, y una capilla en cada brazo del crucero, que destaca en planta.
Esta iglesia forma un juego de volúmenes muy marcado y se ilumina con numerosas ventanas.
Utiliza arcos apuntados y está cubierta por bóveda de cañón apuntado. La articulación del muro es igual a la que debía haber en Cluny: piso de arcadas (con arcos apuntados), triforio ciego (tres arcos ciegos por cada arcada) y piso de ventanas.
El triforio de las naves se convierte en una galería en la cabecera. Los pilares son compuestos con columnas embebidas y pilastras con acanaladuras de tipo clásico adosadas, que también se daba en Cluny.
En el año 911 el rey Guillermo de Aquitania cede unos terrenos en Borgoña al monje Bernon para fundar un monasterio.
De esta forma comienza la andadura de una de las organizaciones más decisivas en la historia de Occidente: la Orden benedictina de Cluny.
Desde es primer momento fundacional la Orden de Cluny alcanza una absoluta independencia respecto de cualquier poder laico o eclesiástico.
Esta independencia temporal de la orden se debe a que el abad Bernon exigió el derecho de ser sólo tributario del Papado y responder de sus actos únicamente ante el Papa, lo que le permitió una gran cantidad de privilegios y de donaciones, saltándose la autoridad de señores laicos y obispos. Con tamaña libertad de acción, la abadía se involucró en decisiones de ámbito social, político, económico e incluso militar en los distintos reinos europeos.
El otro factor que permitió el engrandecimiento de la Orden de Cluny fue el acierto de crear una estructura orgánica centralizadora, frente a la habitual dispersión y disgregación que los monasterios benedictinos habían tenido hasta entonces. Esto sólo fue posible gracias a la "inmunidad" internacional frente a reyes y nobles que la dependencia papal le había conferido.
El siglo XI fue el de máximo esplendor para la Orden, y en ello intervino la extrema longevidad y estabilidad de los mandatos de dos abades que abarcaron todo el siglo XI. Nos referimos al abad Odilón (994-1049) y a Hugo el Grande (1049-1109)
En este lapso de máximo desarrollo, la abadía de Cluny llegó a contar entre 400 y 700 monjes, y extendía su absoluto poder sobre 850 casas en Francia, 109 en Alemania, 52 en Italia, 43 en Gran Bretaña y 23 en la Península Ibérica, agrupando a más de 10.000 monjes, sin contar su innumerable personal subalterno.
Los principales aspectos organizativos, políticos y religiosos de los "monjes negros" se pueden resumir en los siguientes puntos:
Vasallaje exclusivo a Roma y defensa de su primacía moral
Predominio de una férrea estructura jerárquica piramidal entre prioratos, abadías subordinadas y abadías afiliadas.
Organización feudal interna y apoyo a la sociedad feudal de la época, manteniendo buenas relaciones con nobles y obispos (a pesar de su inmunidad frente a ellos)
Intensificación decisiva de la clericalización del monacato. Cluny multiplicó el número de sacerdotes entre sus miembros.
Predominio en la vida monástica del rezo litúrgico y la celebración coral de la eucaristía, frente a los trabajos físicos que eran irrelevantes, y que eran realizados por personal subalterno.
Conservación y difusión de la cultura gracias a labor de sus scriptoria donde se realizaban permanentemente copia de manuscritos.
La crisis de la Orden de Cluny llega en las primeras décadas del siglo XII. Las razones del declive de la Orden en estos años se puede resumir en:
Excesiva rigidez de su propia estructura que impedía la más mínima flexibilidad entre las distintas casas, paralizando así a toda la orden.
Incorporación masiva de nobles sin vocación para beneficiarse de los privilegios y comodidades de la vida monástica. Ello llevó a una progresiva relajación de costumbres.
Progresiva orientación -durante el siglo XII- del monaquismo occidental hacia aspectos eremíticos y ascéticos, lo que influyó en el nacimiento de las nuevas órdenes, como la del Císter.
Influencia de la Orden de Cluny en la España Medieval
La influencia de los monjes cluniacenses en España se puede clasificar en tres puntos esenciales:
Impulso del Camino de Santiago
Indudablemente, la Orden de Cluny fue uno de los principales motores de dinamización del Camino de Santiago.
Fiel a la regla benedictina, la abadía cluniacense se autoinvistió como difusora del cristianismo, sobre todo a lo largo del Camino. Desde ese punto de vista, resulta comprensible su interés por el Camino de Santiago, donde se fraguaban la Reconquista y la cristianización del sur musulmán.
También es posible que tal devoción jacobea se debiera en parte al anhelo de poder, ya que durante los siglos XI y XII, la orden duplicó sus propiedades gracias a las generosas donaciones realizadas por los monarcas hispanos. La orden de Cluny alzó monasterios, puentes, iglesias y hospitales, pero también recibió infinidad de edificios, tierras, prioratos y villas a través de decretos reales. Abolición del rito mozárabe
Otra influencia de Cluny ejerció sobre la España cristiana del siglo XI fue el apoyo a Roma para la abolición del rito mozárabe y la reorganización eclesiástico-monástica.
Fundación de MonasteriosCluny encontró en los reyes de León del siglo XI el apoyo necesario para el establecimiento o reforma de varios monasterios en Tierra de Campos.
Entre estos monasterios destacan San Zoilo en Carrión de los Condes, San Isidro de Dueñas (Palencia) y por supuesto, San Benito de Sahagún, que fue el monasterio más poderoso de ese periodo.
En estos tres monasterios se producen manifestaciones románicas valiosísimas.
De San Benito de Sahagún (Anteriormente llamado "San Facundo y Primitivo) se conserva la lauda sepulcral de Alfonso Ansúrez más una Virgen procedente del tímpano de una portada que se exponen en el Museo Arqueológico Nacional.
San Isidro de Dueñas tiene una iglesia transformada que debió ser muy similar a San Martín de Frómista. Afortunadamente, la portada occidental se conserva bien.
Por último, en San Zoilo de Carrión de los Condes, se descubrió en 1993 una portada oculta de excelente calidad artística. Tiene cinco arquivoltas y cuatro columnas con capiteles relacionados con Jaca y San Isidoro de León.
Cluny y el románico
En el año 910 se comienza la construcción del primer templo de Cluny, denominada "Cluny I" que fue consagrada en el año 927. Debió ser un edificio de estilo otoniano.
Años más tarde se acomete la segunda obra del Monasterio de Cluny ("Cluny II") que es consagrada en el año 981 y que fue abovedada en 1010.
Se ha podido reconstruir la distribución interior del templo por el reflejo que dejó en varios edificios cluniacenses, principalmente de la zona suiza.
Se trataba de una iglesia sin pórtico, sólo con una especie de atrio abierto con galerías porticadas.
Por este atrio se accedía a la iglesia, que tenía tres naves, seguramente separadas por pilares de sección circular.
Había un crucero destacado en planta y una cabecera muy compartimentada con siete capillas en torno a la cabecera. El presbiterio estaba dividido en tres naves. Tenía dos torres a los pies y otra en el crucero, seguramente con influencia decorativa lombarda.
A finales del siglo XI aparece la necesidad no sólo de ampliar la iglesia de Cluny II sino también el resto de dependencias del recinto.
Entre 1088 y 1118 se edificó una nueva inmensa iglesia, "Cluny III", pero durante su construcción, Cluny II sigue en funcionamiento hasta su desaparición casi por completo para ampliar el claustro.
La construcción fue financiada por el rey de Inglaterra y el rey Alfonso VI de Castilla Y León, hecho favorece que la orden se extienda rápidamente en la Península.
Cluny III, fue expropiada, vendida y estúpidamente derribada a comienzos del siglo XIX, salvo algunos fragmentos del crucero,indudablemente se puede considerar como una de las obras cumbres del románico europeo.
Cluny III era un enorme templo de casi 200 metros de longitud. Tenía un pórtico de tres naves precedido por dos torres. Desde este pórtico se accedía a la iglesia de cinco naves de gran altura, dos cruceros con dos capillas. La cabecera tenía una girola y cinco absidiolos. El crucero más cercano a la nave era más alto, largo y ancho. Tenían un gran número de ventanas, especialmente en la cabecera. No hay tribuna, pero se empiezan a utilizar los arbotantes. Tenía decoración de arquillos lombardos.
Parece que en el gran edificio de Cluny III influyeron algunos edificios, tales como:
Charité Sur LoireSe comienza hacia el 1080 y se concluye en el 1135. Tiene cinco naves. La articulación del muro era de tres pisos: arcadas, triforio ciego y ventanas (no hay tribuna). También tenía una girola con absidiolos, y sólo 3 torres.
Saint Etienne de NeversSe construyó entre el 1063 y el 1097. Tiene tres naves, girola con tres absidiolos y transepto marcado en planta. La articulación del muro también tiene tres pisos: arcos, tribuna y ventanas (similar a las iglesias de peregrinación). La cubrición era la característica del románico: en la nave central cañón, en las laterales arista y en la tribuna cuarto de cañón. Toda la iglesia destaca por su perfecta sillería.
Por su parte, Cluny III influyó arquitectónicamente en algunos edificios románicos de Borgoña, donde el visitante puede hacerse una idea aproximada de cómo era la última iglesia abacial cluniacense:
Saint Benît Sur LoireIglesia de tres naves con un solo crucero y un presbiterio muy profundo con girola. Es una iglesia ad triangulum. Tiene una sólo una torre en el cimborrio. Articulación del muro en tres pisos: arcadas, triforio ciego muy alto y ventanas. Está precedida por una torre pórtico.
Paray-Le-MonialFue una fundación directa de Hugo el Grande, promotor de las obras de Cluny III. Es el mejor ejemplo de cómo debía ser Cluny III.
Edificio con tres torres, dos a los pies, entre las que se desarrolla un pórtico. La cabecera también tiene girola, con tres absidiolos, y una capilla en cada brazo del crucero, que destaca en planta.
Esta iglesia forma un juego de volúmenes muy marcado y se ilumina con numerosas ventanas.
Utiliza arcos apuntados y está cubierta por bóveda de cañón apuntado. La articulación del muro es igual a la que debía haber en Cluny: piso de arcadas (con arcos apuntados), triforio ciego (tres arcos ciegos por cada arcada) y piso de ventanas.
El triforio de las naves se convierte en una galería en la cabecera. Los pilares son compuestos con columnas embebidas y pilastras con acanaladuras de tipo clásico adosadas, que también se daba en Cluny.
La Orden de San Benito es una orden religiosa fundada por Benito de Nursia, y que sigue la Regla dictada por éste en 529 para la abadía de Montecasino. Benito de Nursia contribuyó decididamente en la evangelización de Europa por lo que se lo ha declarado Patrono de Europa.
Actualmente la Orden está esparcida por todo el mundo, con monasterios masculinos y femeninos.
Siguiendo su ejemplo e inspiración, diversos fundadores de ordenes religiosas han basado la normativa de sus monasterios en la Regla dejada por Benito, cuyo principio fundamental es Ora et labora, es decir, reza y trabaja.
Los monasterios benedictinos están siempre dirigidos por un superior que, dependiendo de la categoría del monasterio, puede llamarse prior o abad; este es escogido por el resto de la comunidad. El ritmo de vida benedictino tiene como eje principal el Oficio Divino, también llamado Liturgia de las Horas, que se reza siete veces al día, tal como San Benito lo ordenó. Junto con la intensa vida de oración en cada monasterio se trabaja arduamente en diversas actividades manuales, agrícolas, etc. para el sustento y el autoabastecimiento de la comunidad.
Actualmente la Orden está esparcida por todo el mundo, con monasterios masculinos y femeninos.
Siguiendo su ejemplo e inspiración, diversos fundadores de ordenes religiosas han basado la normativa de sus monasterios en la Regla dejada por Benito, cuyo principio fundamental es Ora et labora, es decir, reza y trabaja.
Los monasterios benedictinos están siempre dirigidos por un superior que, dependiendo de la categoría del monasterio, puede llamarse prior o abad; este es escogido por el resto de la comunidad. El ritmo de vida benedictino tiene como eje principal el Oficio Divino, también llamado Liturgia de las Horas, que se reza siete veces al día, tal como San Benito lo ordenó. Junto con la intensa vida de oración en cada monasterio se trabaja arduamente en diversas actividades manuales, agrícolas, etc. para el sustento y el autoabastecimiento de la comunidad.
